Mientras desayunamos, descubro que el WhatsApp tiene una nueva función. Se trata de una ventana de chat que te invita a preguntar lo que quieras y que ofrece todas las respuestas posibles. Una especie de ChatGPT en el celular. Emocionados, mi esposo, mi hijo y yo empezamos a chatear con ella. Pregúntale cómo se creó el mundo, dice el Lucas. Al instante, la máquina nos lanza varios párrafos. El Lucas queda decepcionado, en lugar de la clave del universo, se trata de un chorro de datos acartonados sin ningún misterio. “Qué chafa este robot”, dice el Lucas. Y yo no sé en qué momento sucedió que empezamos a hablar con robots mientras desayunamos.
Pertenezco a una generación que vio muchos cambios en poco tiempo. El Lucas, como cualquier niño de siete años, ya no sabe qué es un teléfono fijo. Yo aún recuerdo cuando discaba los números uno por uno, con el corazón en la boca, para preguntar por el chico que me gustaba y tener que pasar la prueba de hablar antes con sus padres. “¿De parte de quién?”, decían con voz grave. Las conversaciones por teléfono fijo duraban horas. El Facebook de esa época eran las llamadas a Don Eloy, una línea de entretenimiento que ofrecía opciones como “cachos” (en mi época en lugar de ver memes llamabas a que te cuenten cachos), “adivinanzas” o, mi opción favorita, una línea que te conectaba con otros desocupados para hablar de cualquier cosa. La diversión duraba hasta que algún pervertido salía con una patanada y, claro, hasta que llegaba la cuenta del teléfono.
Cuando Internet apareció venía por horas, a través de planes. No todas las casas lo tenían. Mi madre llevaba la ropa a una lavandería que también ofrecía un par de computadoras “con Internet”, desde las que enviábamos los primeros correos electrónicos de Hotmail. Más tarde contratamos “el plan vampiro” que te daba Internet por la noche, de 19:00 a 07:00. Allí descubrí el LatinChat, otra plataforma superunder que proponía salas temáticas por color. Mi favorita era la sala negra, la dark, donde podía intercambiar palabras con otros desadaptados a través de un nickname. No me importaba tanto la conversación en sí. Lo que me alucinaba era el hecho de comunicarme en tiempo real con personas de otras partes del mundo. Imaginaba Internet como una especie de viaje en el tiempo. Para mí había algo de magia futurista en esas cutres ventanas de chat.
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