Mi hijo se ha vuelto fan del fútbol, cuando le meten un gol a la Tri, llora a mares. Es un drama. Yo lo abrazo y le digo que, cuando yo era niña, el Ecuador no solo perdía una vez, sino todas las veces (y eso que no solo perdía partidos, sino también territorios, Gobiernos, luz eléctrica, entre otras cosas). “¡Sí se puede!”, era el lema de ese entonces, y la plena es que no se podía… En cualquier caso, yo crecí en un país que perdía, es decir que —como todos los de mi generación— crecí perdiendo, sin embargo, no me acabo de acostumbrar a ese saborcillo del fracaso… ¿Quién sí?
Digo que no me importa la trascendencia, pero no puedo evitar sonreír cuando alguien me hace un cumplido sobre mis churos o cuando recibo un premio. Obviamente mi aspiración sería llegar al estado que define Woody Allen, en el que el acto creativo es lo único importante y no el resultado. Sería un lujo que me resbalen las opiniones de mi trabajo. Pero a veces me identifico más con Bolaño, cuando decía: “Cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?”.
Pienso en la película You heart me, donde una escritora cincuentona (interpretada por Julia Scarlett Elizabeth Louis-Dreyfus, de Seinfeld) descubre que a su marido psicoanalista no le ha gustado su último libro. Este hecho —y no un affaire— es el que desata la crisis matrimonial. Al mismo tiempo, el hijo de la pareja escribe su primera novela y tiene mucha expectativa de las reacciones de sus padres, sobre todo de su madre. En una escena el hijo le reclama a su madre llorando. Le dice que ella siempre le vio con ojos de amor y, a través de esos ojos él se vio a sí mismo ante los demás. Esto podría sonar positivo, pero también es peligroso. Porque el chico creció pensando que era especial. Pero puede que no haya sido un genio. Siempre hay esa posibilidad. La película da el mensaje de que los seres queridos nos van a amar, independientemente del talento... Pero también deja estas preguntas: ¿puedo seguir con alguien que no me admira?, ¿es lo mismo la admiración que el amor?, ¿por qué necesitamos que nos aplaudan?, ¿se trata de una herida enorme que intentamos cubrir con aplausos?, ¿una herida que nunca va a sanar?, ¿o se trata, más bien, de un instinto de supervivencia, una de sed de trascendencia, de querer hacer historia?
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