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Nuestro viaje de verano consistió en seguir los pasos de Tintín. Fuimos a Machu Picchu para cumplir un sueño del Lucas sembrado por los cómics de infancia: conocer el Templo del Sol. Nuestro viaje estuvo guiado por el juego. Desde que salimos, el Lucas ya era no era Lucas sino Tintín; su papá, el Capitán Haddock, y, como Hergé no es que era feminista, no quedó otro personaje para mí que el Profesor Tornasol.
Desde que pisé el avión estuve atrapada en la paradoja propia de todo ser humano que lleva una cámara al cuello. Por un lado, obligada a mirar, a recorrer lugares que quizá sin la cámara no hubiera recorrido nunca. Más que el resultado, lo que me gusta de la fotografía es la actitud que trae consigo, el pequeño flâneur en que te convierte, la predisposición que otorga de estar atenta a la belleza del mundo.
Pero, por otro lado, a veces pasa que la realidad se reduce al visor. Se ve el mundo por esa ventana chiquita de 3:2 y se deja de participar en él. Hace unos años conocí a un documentalista que, después de pasar décadas con sus múltiples cámaras al hombro, había decidido dejar de llevarlas con él. En la era de las redes sociales, se había prometido a sí mismo no hacer imágenes, a menos que fuera estrictamente necesario. En un mundo donde hay una imagen para todo, no hacerlas puede ser también un acto revolucionario.
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