Después de semanas de trabajar en la computadora, salgo a caminar. Quiero escuchar a los pájaros, ver las montañas, sentir el sol en la espalda. Necesito ver flores, relacionarme con seres vivos, tener contacto con eso que llamamos bios. Me doy cuenta de que he pasado encerrada entre paredes frías, viendo pantallas, tocando teclas inertes. Me siento como una planta que necesita hacer fotosíntesis. Disfruto de los rayos de luz que encandilan los ojos, como quien sale de la Caverna de Platón. “Qué lindo día”, comento en voz alta para mí misma. De repente, una voz masculina y grave me responde. “Tienes razón, Ana, es un hermoso día soleado en Quito. ¿Hay algo en particular que te gustaría hablar en este lindo día?”. No es mi voz interior, es Gemini, el bot del celular que es como esa tía inoportuna que opina cuando nadie la llama.
Una cosa es clara: convivimos con robots. Y no son como los habíamos imaginado, tipo Bender de Futurama, con cabeza y patitas de lata (aunque también los hay). Tenemos a Alexa, a Gemini, a Siri. Si son un programa que solo agrupa ideas, ¿qué los diferencia de Google? Que te tratan de tú a tú, que se dirigen a ti por tu nombre, ese mínimo hecho aparentemente simple es el que hace toda la diferencia.
En el caso puntual de ChatGPT, creo que uno de sus principales aciertos es precisamente el formato de chat. La ilusión de mantener un diálogo en tiempo real con “alguien” que se dirige a ti, que cada vez te conoce mejor, que “habla contigo”, que te escucha. Ya hay varios casos de gente que ha reemplazado al psicoanalista por este programa, comprobando la teoría de que más que recibir consejos, los seres humanos necesitamos “ser escuchados”. O, por lo menos, la “sensación” de… la “ilusión” de... Olvidamos que tratamos con una máquina y le inventamos una voz, un género, un rostro. Le pedimos disculpas por quitarle tiempo y nos da ternura cuando se equivoca. Tal vez el hecho de que se equivoque sea lo que más nos hace tenerle empatía. El error nos hace humanos y la IA también sabe errar, se inventa cosas o, en palabras más científicas (y poéticas), alucina. ¿Por qué alucina una máquina?, ¿somos nosotros parte de esa alucinación?, ¿desde dónde imagina? Imposible no pensar en la película Her, en la que un hombre se enamora de su sistema operativo.
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