Yo rezo. Sí. Rezo cada noche con mi familia. Una mezcla de padrenuestro, oraciones a los ángeles de la guarda y otras plegarias arregladas y fusionadas por mí durante mis años de angustia existencial terrestre. Los tres rezamos. Primero mi hijo de siete años, luego yo, luego mi esposo. Me sorprenden las maneras en las que cada uno de nosotros le habla a Dios. Recuerdo cuando empecé a rezar con mi abuelita; como el Lucas, yo también tenía siete años y me daba miedo y acholo dirigirme al señor Dios, ¿cómo hay que dirigirse a él?, ¿se le trata de usted?, ¿de tú?, ¿se pueden contar chistes mientras se reza? Mi esposo, de hecho, lo hace. Se permite un par de bromas mientras lanza sus oraciones y a veces yo le interrumpo, hey, no, shhh, más respeto. Mi esposo, cuando le habla a Dios, le cuenta lo que ha sucedido en el día, como quien le habla a un ciego o a un pariente lejano con el que siente el deber de ponerse al día. Le cuenta cada detalle del pasado, como si Dios no lo supiera. Claro, pienso yo, él piensa que Dios no nos ve. En cambio yo, aunque no sé si Dios existe, imagino que sí y doy por hecho que ya sabe lo que hacemos. Por eso, en mis rezos, intento ir al grano, bueno, intento agradecer primero, siempre polite, ya saben. Mi hijo en cambio le pide de memoria un combo básico parecido al mío: que toda la familia esté junta, que no tengamos pesadillas, que estemos bien, pero luego añade de pasada y en velocidad más rápida: “Y que se suspendan las clases mañana” o “Y que vuelvan a abrir el Mr. Joy”.
Hablarle a Dios es un poco como escribir. Últimamente he pensado que leo (y escribo) solamente para leer y escribir. Pensé en esto cuando leía un fragmento de La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro. Lo empezaba a leer con esa cierta pereza que provoca leer un diario. ¿Para qué leer un diario?, decía una parte de mí. ¿Para qué adentrarse en un texto fragmentado, incompleto, demasiado personal? Yo misma escribo diarios y soy fan de este género. Pero claro que me pregunto: ¿A quién le escribimos cuando escribimos un diario? , ¿al viento?, ¿a la historia?, ¿a la madre, al padre, al hijo? ¿A nuestro propio fantasma?
¿Escribimos un diario para soñarnos muertos?
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