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El derecho a imaginar

por Ana Cristina Franco Varea

Derecho a imaginar
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

El otro día fuimos al cine a ver la última película del director japonés Miyazaki, El niño y la garza. Cuando le dijimos al Lucas que la película era “de los mismos que hicieron Totoro”, dijo, al frente de nuestros amigos intelectuales y sus hijos: “Ay, no. Yo odio esas películas”. Y la verdad es que de alguna manera lo puedo entender. Aunque las pelis de Miyazaki me parecen obviamente interesantes, recuerdo el horror y la confusión que me generó, por ejemplo, la escena de los padres convertidos en chanchos en El viaje de Chihiro. Sin embargo, las películas de Miyazaki, con garzas con dientes de humano, padres con rostros de cerdo y personajes que se desangran son menos violentas que las de Disney o Pixar.

Tal vez solo desde que soy mamá puedo ver por primera vez la violencia que hay en las películas de Disney, Pixar y otras cadenas similares. Y por violencia no me refiero necesariamente a escenas de golpes, sangre o matanzas. Me refiero al trato que se dan los personajes; ositos, cachorros, princesas, leoncitos, unicornios que se gritan, se aporrean y se golpean en la cabeza para expresar su amor, se hacen bromas pesadas; relaciones donde el bullying es parte de la vida. Esto apoyado de efectos visuales y sonoros que hacen saltar. Sobrecarga de estímulos sensoriales que opacan la capacidad de imaginar. A todo esto hay que sumarle la nueva tendencia “políticamente correcta” que se ha puesto tan de moda y que es, de hecho, la mayor de las estrategias de marketing. Una Sirenita, que por más afro, sigue atrapada en una narrativa convencional que continúa reproduciendo valores hegemónicos.

El remake de La dama y el vagabundo (2019) tiene un estilo de animación mucho más moderno y sofisticado que la primera película, además, los dueños de Reina, la perrita protagonista, como la Sirenita, también son afro. Aunque la historia argumentalmente es la misma, la película antigua, con un estilo muchísimo más sencillo (animación 2D), transmite más ternura. En esa primera versión todavía hay inocencia. El remake, en cambio, aunque cumple con todas las normas para ser una película “inclusiva”, es mucho más sosa. La violencia de las películas de niños de hoy no radica en el argumento (aparentemente inofensivo y siempre proclamando una falsa inclusión), sino en la forma, en una narrativa que, por más inclusiva que pretenda ser, limita la imaginación. Una narrativa que, en lugar de abrir ventanas, se encarga de sobrenarrar todo, con excesivos diálogos, excesiva música, excesivos efectos. Una narrativa que no respeta la inocencia y que trata a niñas y niños como adultos. Entonces, la violencia está en quitar al espectador, en este caso un niño o una niña, su derecho a imaginar. ¿Y qué es más violento que privarle a un niño o niña de su derecho a imaginar?

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Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Guionista, realizadora audiovisual, escritora y actriz. En abril del 2023 publicó “Diario Blanco”, libro de No-Ficción. Actuó y dirigió, “Queremos Tanto a Helena”, el primer mediometraje que conforma la película “Los Canallas” por la que obtuvo el Premio Colibrí a Mejor Actriz y el Cenit de Bronce a Mejor Película. Es directora y guionista de “El invento de la Soledad”, cortometraje de ficción (2022)
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