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Debilidades que son fortalezas

por Ana Cristina Franco Varea

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Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Estaba en cuarto curso, sentada en mi pupitre de siempre. El reloj redondo que estaba en la pared de la clase marcaba las ocho, lo que quería decir que faltaban siete horas para salir de la jaula. Soportar al profesor de física hacer dibujos que nada tenían que ver con el movimiento de los planetas, aguantar que el maestro de educación física (la peor materia) me aleccionara con 120 “sapitos”, hacer sumas que no le sumaban nada a mi vida, y restas que solo me restaban ilusiones, fingir desmayo para pasar el día en la Enfermería. Entonces, una voz me dijo al oído: “También puedes irte”. A pesar de que la puerta siempre había estado abierta, nunca había pensado en esa posibilidad. Pero era cierto. La libertad estaba a un paso, el candado era invisible y mental, “la vida era una jaula con las puertas abiertas”. Agarré mi mochila, atravesé el colegio, abrí la puerta y salí a la calle. A las nueve de la mañana ya estaba de vuelta en casa con una sola convicción: nunca más regresaría al colegio.

¿Por qué los niños dejan de ser fabulosos cuando crecen?, se preguntaba Alicia Yánez Cossío, en la famosa y bellísima carta que le escribió a su nieto cuando él estaba a punto de entrar al colegio y así terminar la etapa a la que ella denominó “la edad feliz”. Pienso en mi hijo de seis años, el Lucas, que el otro día me enseñó un dibujo suyo lleno de garabatos y rayones. ¿Por qué no dibuja una casita, una palomita y un árbol?, pensé, y me preocupé y lloré, e incluso le dije que se esforzara más e intentara hacer algo más “legible” y luego volví a llorar, sintiéndome culpable por haberme convertido en todo lo que odio. ¿Por qué hay algo en mí que intenta normar?, ¿será tal vez porque intuyo que el camino para alguien diferente en una sociedad como esta es más difícil?

“Escribo porque nadie me nombra”, dijo la escritora Gabriela Cabezón Cámara. No sentirme nombrada en películas ni en libros también es lo que me llevó a escribir. Hoy en día hay miles de videos en Instagram y TikTok sobre el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en adultos, cuando me identifico con cada síntoma pienso si mi infancia habría sido más llevadera si hubiera existido esta información, o si, al contrario, ese diagnóstico me hubiera llevado a la exclusión.

Por un lado, siento alivio de que mi personalidad tenga un nombre porque eso significa que de alguna manera ha sido, al fin, aceptada por la sociedad. Se enorgullece la chica que se autodenomina pansexual, se vanagloria aquel que se identifica como ginosexual. En cuanto a las diversidades psicológicas, ahora existe un término que las engloba a todas psicodiverso (incluye bipolaridad, depresión, etc.). Necesitamos la etiqueta para sentirnos apadrinadas por el Gran Otro, para existir con un nombre frente a la sociedad, pero las etiquetas tienen su otro lado, también determinan, limitan, sesgan y junto a ellas llega, por lo general, un diagnóstico que puede ser de doble filo. Entonces, yo antes de autodenominarme como una adulta con TDAH y seguir las instrucciones que debería seguir una persona adulta con TDAH, prefiero pensar como Dav Pilkey (autor de El capitán calzoncillo, libro que leemos con el Lucas) que dice que su superpoder para escribir y dibujar es el déficit de atención y la dislexia. Claro, nuestras dificultades, llámense como se llamen, siempre serán nuestros lentes para ver el mundo.

Le pido perdón a mi hijo por haberle dicho que dibujara una casita que se parezca a una casita. Es lo más horrible que he hecho en la crianza. Pego su dibujo en la pared de mi oficina para recordarme a mí misma que un pájaro siempre será un río y un río puede tener forma de pez. “Mami, tus dibujos también son con garabatos, como el mío”, me dice el Lucas. Tengo suerte, después de todo, mis dibujos todavía son garabatescos y es ahí, en esa línea tembleque, donde se encuentra su fuerza expresiva. Espero que el Lucas siga encontrando monitos en las rayas de colores y espero nunca más volver a cortar sus alas. Otra vez recuerdo las palabras de Alicia Yánez: “Educar en la libertad no es fácil, pero es el único principio válido para arreglar el mundo”.

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Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Nací en 1985. Soy columnista en Mundo Diners. Estudié cine. Escribo guiones. Edito un documental sobre maternidad y desarrollo una película de ficción.
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