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Y entonces sucedió: cumplí cuarenta años. Desde el mes pasado soy, oficialmente, una “señora de las cuatro décadas”. De niña, las personas de los treinta para arriba me parecían ancianas. Luego fui cambiando de opinión. Recuerdo una ocasión en la que unos alumnos de Guion, casi colegiales, describían a sus personajes así: “Juanito (de treinta a sesenta)”, es decir que para ellos daba exactamente igual tener treinta que sesenta. No hacían distinciones. Todos estaban mezclados en un solo costal: el de los viejos.
Sabes que vas camino a la vejez cuando los mayores te parecen jóvenes. ¿Sesenta?, chamo, ¿cincuenta?, ¡guagüito!, ¿treinta?, ¡un bebé!
Al principio eres la menor del grupo, hasta que un día te das cuenta de que casi todos los que te rodean tienen tu misma edad o, incluso, son menores. El cajero del banco, tu doctor, tu psicóloga, el panadero, el dentista y el presidente son tus cotejas. La “señora” de la fila del banco tiene tu edad, corrección, es menor que tú. Todas esas personas que parecían tan lejanas, y a las que atribuías su solvencia a la edad, son iguales a ti, solo que tienen mejores carros. Por cierto, ¿por qué todos andan en tan buenos carros?, ¿en qué trabajan?
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