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Fui, como muchos, ese niño. Aún lo soy. Me fascinaron desde siempre. Esas mandíbulas estupendas, esas escamas de hechizo mineral, esas colas y esos cuellos vigorosos, y esas crestas con donaire de realeza. Mis animales totémicos –una parte de ellos– son los dinosaurios. Papá me llevó a conocerlos en el antiguo cine Colón de Quito sin saber, sin siquiera sospechar de mi futuro embeleso (tampoco presagiaría muchos otros). Desde entonces, cada que puedo, peregrino hasta donde haya un rastro de sus huesos prehistóricos o me encojo entre la butaca y la oscuridad del cine para contemplarlos una vez más. Y ahí están: el mismo embrujo, la misma adrenalina y el mismo frenesí de la primera vez.
Los estudios, a veces, respaldan lo evidente. Muchos coinciden en que ese mix de “fascinación y terror” que provocan los dinosaurios entre niños y adultos se debe a su fiereza, su tamaño, su velocidad y, sobre todo, a su misterio. Sabemos tan poco sobre ellos que, por eso mismo, aún los seguimos descubriendo. Las últimas huellas se encontraron en Texas, tras las inundaciones de agosto. El paleontólogo Matthew A. Brown dijo que las pisadas de cincuenta centímetros son de un dinosaurio carnívoro y tienen 115 millones de años. Los dinosaurios —su ausencia omnipresente— también despiertan el interés científico de los niños y los ayuda a diferenciar entre “lo real y lo imaginario”. Yo me volví más fantasioso. Hasta ahora imagino lo mismo que cuando iba en el balde de la camioneta, junto con mis primos, timoneando la noche húmeda por la carretera: eso que parecen montañas son realmente lomos de dinosaurios dormidos que en cualquier momento despertarán para perseguirnos.
Han pasado 32 años desde el estreno de la primera película de Jurassic Park y casi el mismo tiempo desde que papá me sentó en sus piernas para ir juntos, acompañados por mamá y mi hermano mayor, en ese viaje a otra era. Es 2025 y la séptima película de la saga —Jurassic World Rebirth— está en cartelera. De no ser porque se trata de mis idolatrados animales fabulosos, no hubiera aceptado venir un sábado por la tarde a esta sala olorosa a mantequilla, queso fundido y pollo frito de contrabando, empachada por la reverberación de las vocecitas de niños y niñas con sobredosis de azúcar. Desde hace años, mi esnobismo cinéfilo, agravado por mi (in)voluntaria condición de periodista cooltureta, me ha alejado de estos espacios y de su oferta desnutrida, baja en documentales, películas de autor u óperas primas alabadas por la crítica europea. Hago excepciones con las películas de X-Men (por su vibra queer), con cualquiera de Meryl Streep, con las premiadas en los Óscar y con mis dinos.
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