Roberto Carlos se equivocó. O, al menos, calculó mal. Era otra época. Ahora, querer un millón de amigos, como él anhelaba en su canción, no suena tan… prometedor. Mucho menos rentable. Las amistades adultas cuestan. Y bastante. “No son fáciles de mantener”, como sentencia un artículo de 2024 de The New York Times, "Las diferencias económicas pueden complicar las amistades". Graciosos —y dolorosos— son los reels y los memes que escenifican estas brechas: mientras una de las amigas acerca la botella de champú casi vacía a la ducha para que se llene y haga espuma con los últimos restos, la otra la invita, por mensaje de voz, a celebrar su cumpleaños en París. Las amistades —como todo vínculo humano— pueden volverse incómodas, demandantes. Tóxicas.
Hemos idealizado la amistad como una relación incondicional, exenta de drama, libre de ataduras. La hemos erigido como una conexión más suave, desprovista del celo y las paranoias del amor romántico. Pero eso, para la filósofa española Marina Garcés, es apenas un “espejismo de bienestar garantizado”. La amistad, dice ella en su libro La pasión de los extraños: una filosofía de la amistad, es un espacio “tan temible como inquietante, afectado por un deseo y por un miedo (...): el deseo de ser amados porque sí y el miedo a no serlo”. Las apariencias engañan: como la amistad no está atravesada por una “finalidad ni productiva ni reproductiva”, parece un nexo liviano, siempre reconfortante. Hemos cuidado y mimado tanto a este núcleo en apariencia pacífico que, como escribe Garcés, es el único al que no hemos encerrado en ninguna ley. “Para ser amigos no nos casamos ni necesitamos firmar documentos”. No por ahora.
Amparados en las supuestas bondades de las amistades forever and ever, nos hemos dedicado, muy capitalistas, a acumular “sin criterio” presuntos amigos y amigas por doquier, sobre todo en las redes sociales (Roberto Carlos, me corrijo, fue un profeta apocalíptico). La amistad, así, ha quedado reducida a un “remedio terapéutico: salvavidas de una vida huérfana, refugio de una vida amenazada”. ¡Auch! Garcés explica que esto es un signo de nuestro tiempo. Frente a la crisis de los modelos de pareja y la familia tradicional, tras un divorcio, una ruptura o hasta el inicio de la jubilación, los amigos aparecen como esos salvavidas ante la soledad y el silencio; dones tan malentendidos, tan mal aprovechados. Exactamente de qué nos tiene que curar la amistad, se pregunta la filósofa. ¿De qué?
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