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Colores verdaderos

por María Fernanda Ampuero

Por María Fernanda Ampuero

Ilustración: Mauricio Maggiorini
Edición 461-Octubre 2020

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La pandemia ha cambiado tantas cosas en un instante que a veces siento que los cuerpos las están procesando más rápido que los cerebros. Al fin y al cabo somos los perritos de Pavlov del coronavirus. Se volvió mecánico lo de ponerse la mascarilla, no tocarse la cara, lavarse las manos a cada rato y alejarse al menos dos metros de todo el mundo.

Salir, aquello que antes hacíamos todo el tiempo sin pensar, se ha convertido en lo que es: una actividad inusual que requiere concentración y agilidad. Ninjas del exterior, es necesario tener el rostro cubierto, moverse con cuidado, actuar con velocidad, no dejar huellas y, sobre todo, huir lo antes posible.

Quién hubiese imaginado que cambiaríamos tanto en apenas cinco meses. La enfermedad y la muerte son maestras severas que siguen aplicando la pedagogía de la letra con sangre entra. Nos castigaron a todos dejándonos dentro del salón durante el recreo.

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Con tanta conciencia del miedo y de la precariedad de todas las vidas, una podría pensar que esa nueva especie que somos las personas del año 2020 iba a ser más humana que nunca.

La mortalidad, la fragilidad, la desgracia, yo creía, son los grandes vehículos de la bondad.

Sin embargo, como siempre, la realidad desmiente las ilusiones y me entero de que, aprovechando la coyuntura del encierro, muchas familias decidieron deshacerse de las personas que trabajaban para ellos sin indemnización y sin siquiera una llamada cada cierto tiempo a preguntar si viven o mueren, si comen o si están pidiendo caridad en la calle.

Estamos hablando de personas a las que veían todos los días, que cocinaban los alimentos que comían, que cuidaban a sus bebés, que limpiaban los traseros de sus papás o mamás. Estamos hablando de gente que era como de la familia, frase que les encanta repetir a los falsos benefactores, a los hipócritas de esta sociedad. 

Me gusta la expresión gringa de show the true colors, mostrar los colores verdaderos, para hablar de la naturaleza genuina de las personas más allá de lo que pretendan proyectar. La pandemia también ha despintado las fachadas de todos nosotros y ha mostrado, sin trampa ni cartón, de qué estamos hechos.

El trato al servicio doméstico durante estos meses de confinamiento ha sido para mí como un proyector de luz infinita sobre la miseria de algunos corazones. Podemos ver con absoluta claridad que el color verdadero de muchos y muchas de este país es muy parecido al color de una cloaca.

Hemos visto que muchos, además de ser oscurísimos, apestan a porquería.

Autor

Acerca de María Fernanda Ampuero

(Guayaquil, 1976). Escritora y periodista. Su último libro es Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021).
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