Sam
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Sam

Por Abril Altamirano

Edición 458 – Julio 2020.

Hay personas que deciden seguir viviendo, aun cuando los doctores les dicen que no deberían. Estas personas habitan un planeta distinto al nuestro: más real, más complejo, más urgente. Sam no podía saber que le pasaría lo que le pasó. Y ahora, que lo sabe, quiere conocerse de nuevo, quererse de nuevo y seguir viviendo.

Tenemos el poder para escoger, a cada momento,
quién y cómo queremos ser en el mundo.
Jill Bolte Taylor (neuróloga)

Sam tiene el cabello oscuro, los ojos marrones y las nueve fases de la luna tatuadas en la espalda. Es adicta a la Coca-Cola, a Harry Potter y a la música de Ella Fitzgerald. Los demás la llaman fuerte, valiente e inspiradora. Pero Sam solo quiere ser ella; volver a ser ella “pasito a pasito”.

Samanta Caicedo empezó a estudiar Cine a los diecisiete años. Llevaba el cabello corto y andaba en un Volkswagen rojo con negro que era su segunda casa. Descubrió el otro lado de la pantalla gracias a la directora de casting Marcia Pinto, que en 2014 la seleccionó como actriz para el reparto de la película UIO: Sácame a pasear, de Micaela Rueda.

Aquella primera cinta, premiada en varios festivales de cine en Estados Unidos, la impulsó a continuar en la actuación. A los veintitrés años obtuvo el rol principal en Cenizas, de Juan Sebastián Jácome. La cinta, que aborda el abuso sexual en el núcleo familiar, ganó el Premio Andes a mejor película de ficción en el Festival Cine de las Alturas, en 2019.

La primera escena de Cenizas muestra una oscuridad funesta, acompañada solo por el murmullo del viento y los rugidos lejanos de un volcán: metáfora del silencio siempre al borde de la explosión que envuelve a los personajes en el drama. Este paisaje, desolado y abrumador, bien podría ilustrar lo que Sam vivió diez meses antes del estreno de la película, en una camilla de hospital.

3 de agosto de 2017, jueves.

Cerca de las 10:00, Santiago Caicedo recibió una llamada de Samanta. Él y Lorena Viteri, sus padres, sabían que estaba en un retiro espiritual con su novio, Nico, en una hacienda cerca de Ibarra. Santiago contestó el teléfono, pero no hubo respuesta desde el otro lado de la línea.

Veinticuatro horas antes, Sam descendía de la montaña junto a quienes la acompañaban en un ritual conocido como El Camino Rojo; bajo la guía de Mauro Mera, el chamán, y Arturo Chiriboga, médico homeópata.

Mientras disfrutaba de su primer platillo luego de cinco días de ayuno, Sam se desmayó. Al despertar, aunque totalmente consciente, no podía mover la mitad derecha de su cuerpo.

El accidente cerebrovascular (ACV) amenaza principalmente a pacientes mayores de sesenta años. No se sabe qué lo provoca, pero se manifiesta cuando se obstaculiza el paso de oxígeno a cierta parte del cerebro. Sus síntomas son evidentes a los pocos minutos y se agravan con el paso de las horas, con enorme riesgo de muerte.

Sam recuperó la conciencia y fue atendida por Mauro, con quien había compartido alrededor de un año experimentando con la ayahuasca y otras sustancias. A pesar de su estado, él y Arturo, el médico, decidieron que la situación no era de gravedad y le sugirieron que durmiera.

UIO: sácame a pasear (2016). De la directora Micaela Rueda, película que juega con los silencios casi más abundantes que los diálogos, una sutil historia de amor del Ecuador.

“Esa parte es la que no entiendo. Cómo un médico, que está ejerciendo y que habla todo el tiempo de los beneficios de estas ceremonias, no actuó”, dice Santiago. Conversamos en la cocina de su casa, en Carcelén, y todavía no puede creer que su hija esté sentada a su lado. Luego de un ACV, la atención médica debería brindarse dentro de las primeras tres horas para evitar daños permanentes. Sam llegó al hospital la tarde del día siguiente.

Por la mañana, al ver que la parálisis persistía, los responsables del grupo alertaron a Nico, que se encontraba todavía en la montaña. Sam intentó acercarse al teléfono para hablar con sus padres, pero no pudo emitir palabra. Nico le quitó el celular y le contó a su padre lo que sucedía. Aunque Santiago le pidió que la llevara de inmediato al hospital, Nico consiguió sacarla de la hacienda en un taxi dos horas después. Mauro y Arturo no los acompañaron.

Llegaron al Hospital de Ibarra cerca de las dos de la tarde. Sam recuerda que sus padres la esperaban allí, y que la ingresaron en una silla de ruedas. Luego, la nada.

—¿Cuál fue tu primera impresión cuando la conociste? ¿Qué te atrajo?

—Su forma de sentir las cosas, su sensibilidad, sus colores. Me sentí identificada, era como ella a su edad. Me resulta familiar y a ella le pasa algo similar, como que yo podría ser la hermana mayor. Además, cuando te conoces por medio de la actuación, conectas desde otro lugar. Pasas a conocer lugares más íntimos e, inevitablemente, alguna conexión se genera.

A Marcia y Samanta las separa una década. Bonaerense de nacimiento, Marcia se radicó en el Ecuador hace ocho años y se dedica al cine, la publicidad y el arte plástico. En la planta baja de la primera casa que alquiló, en Guápulo, había dos apartamentos: uno lo usaba como taller, mientras que el otro fue el primer hogar de Sam cuando decidió independizarse, a los dieciocho años.

—Allá vivió como un año. Después fue muy loco, ella estaba reenamorada y me dijo que se quería mudar: “encontramos un departamento con Nico, acá, superlindo”.

Dio la casualidad de que, cerca de aquel departamento, ubicado también en Guápulo, se arrendaba otra casa, en la que hoy vive Marcia. “Por un tiempo, seguimos siendo vecinas. Hasta que tuvo el accidente”.

—¿Viste un cambio en la personalidad de Sam en esa época?

Suspira. “Yo no sé hasta qué contarte”, dice. Su tono cambia: escoge palabras entre un mar de alfileres.

—Sí. De hecho, varias veces le dije que no me gustaba mucho. Yo también había hecho ayahuasca y no entendía cómo podían hacerlo tan seguido. Por qué estaba tan metida. Esto de buscar algo forzadamente es peligroso. Cuando le pasó, cuando estaba en terapia intensiva, sentí que se había quedado en algún lugar de la cabeza, como endulzada con esos símbolos.

A inicios de agosto de 2017, desde la terraza de su casa, Marcia notó que las luces del departamento de Sam y Nico permanecieron apagadas por varios días.

Un tragaluz triangular deja pasar los rayos de sol desde el techo. En el escritorio se despliegan lápices, acuarelas y crayones pasteles. La puerta de vidrio da a un balcón desde donde se alcanzan a ver, a lo lejos, las parcelas y bosques a las faldas del Casitagua.

Retratos de familiares y amigos se reparten en las paredes, el librero y algunas esquinas del cuarto de Sam. La mayoría los pinta basándose en fotografías. Otros salen de su cabeza, sobre todo aquellos que dibuja en su diario: autorretratos, por lo general.

De entre los libros saca un cuaderno que tiene grabado el escudo de Hogwarts en la pasta. A los quince empezó a llenar sus hojas con las historias de Dorothi, Renata, Beatriz, Sofía y otros personajes que conforman sus nueve alter egos: las fases de la luna que lleva tatuadas a lo largo de la columna.

Sam se inscribió en el Incine con el objetivo de convertirse en guionista. Luego vinieron la fotografía y el teatro. Los primeros proyectos audiovisuales en los que se involucró le abrieron un camino más amplio, y fue asistente de dirección en la serie El hombre que encantaba a las mujeres y en la película Los ángeles no tienen alas, de Enrique Boh. A la par empezó a dar talleres de cine, y en 2016 ingresó al Instituto Superior de Artes Visuales de Quito (IAVQ) como profesora de dirección, guion y actuación.

—Antes escribía mucho. Poemas, montones —dice Sam.

Cenizas (2017). Del director Sebastián Jácome, es un filme que se construyó en la cabeza de su director hace más de diez años, pero que tuvo que esperar a la erupción volcánica del Cotopaxi en 2015 para cristalizarse y ver la luz.

Antes es, todavía, una palabra que duele. Las últimas hojas de su diario muestran una caligrafía quebrada e irregular, como la de los niños cuando aprenden a escribir.

Sam tiene dos hermanos, Andrés y Joaquín, y una hermana, Daniela. Por los retratos que ha pintado y que comparte constantemente en Facebook, se intuye que en su familia hay cariño y apoyo. Son pocas las amistades del círculo del cine con quienes mantiene relación. Recuperó, en cambio, el contacto con amigas de la época de colegio con las que sale de vez en cuando.

—No todo el mundo está dispuesto —comenta Marcia—. Creo que, en el camino, mucha gente dejó de hacer el trabajo. También, Sam es radical, porque viene y te dice: “Bueno, a esta persona no la quiero ver más”, cosa que está bien. Quizá, no todo el mundo está preparado para enfrentar que a un amigo le haya pasado algo.

Sam no evita mencionar a Nico, y, casi siempre, su nombre viene acompañado de la palabra amor. Él estuvo a su lado durante los primeros meses de recuperación. Luego, decidió continuar la búsqueda que ambos iniciaron con la medicina ancestral y los viajes astrales, y Sam no quiso seguirlo. “Ahora, ya no”, resume.

Antes del accidente no pintaba. “Solo garabatos”, dice, que aparecen en algunas páginas de su viejo diario. Uno de aquellos dibujos muestra a una mujer gritando. De su boca sale una humareda púrpura y caen lágrimas desde los ojos cerrados. Una garra se introduce en la garganta. Y le arranca la voz.

—Mi hija llegó prácticamente agonizando al hospital.

La voz de Santiago se acelera, pero no tiembla. En el Hospital de Ibarra le realizaron la primera tomografía. A la medianoche tuvo que ser trasladada a Quito.

—Llegó el viernes de madrugada a la clínica Colonial. Le hicieron más exámenes y una nueva tomografía, y se dieron cuenta de que era un tema extremadamente grave. De milagro, conseguimos que le den el pase al Eugenio Espejo. Esa noche conseguimos ingresarle y dijeron que tenían que operarle ese rato.

Ahora sí, la voz se quiebra. Sam le sirve un vaso con agua.

Los médicos hicieron una craneotomía, que consiste en remover una parte del hueso del cráneo para liberar la presión del cerebro. El procedimiento se complicó, al día siguiente fue intervenida por una hemorragia y pasó a un coma inducido durante una semana. Cuando intentaron reanimarla, Sam no reaccionó. Los psicólogos del hospital se contactaron con Lorena, su madre, para explicarle que, por la gravedad de su estado, debían considerar el desconectarla de las máquinas que la asistían.

—El jefe de Terapia Intensiva nos llamó, después y nos dijo: “Todavía tengo esperanzas de que podamos recuperarle”.

El médico recomendó iniciar la rehabilitación, pues el daño en el hemisferio izquierdo del cerebro le quitó a Sam la movilidad de la parte derecha del cuerpo. Además de la terapia física, su familia acudió diariamente al hospital para hablar con ella, leerle fragmentos del Quijote y ponerle música clásica y sus canciones favoritas de Mercedes Sosa. Alrededor del día 15, Sam abrió los ojos. Aunque no pudo hablar, reconoció a sus padres enseguida.

Una semana después, salió de Cuidados Intensivos y empezó a recuperar las funciones básicas de su cuerpo. “Le quitaron el respirador. Fue un proceso triste, duro, porque se ahogaba”, cuenta Santiago. Cuando pudo respirar sola, pasó a una terapia de deglución para que volviera a comer. El panorama que les pintaron los expertos no era alentador: “El médico dijo que era muy probable que Samanta tuviera que usar la sonda por el resto de su vida. Que no volvería a caminar”. Ambos se miran y Sam sonríe. “Logró comer desde el primer día. Ella veía comida y se abalanzaba, tenía un apetito increíble”.

Al mes pudo salir del hospital y se instaló en la casa familiar.

Se preveía que Sam permaneciera en silla de ruedas por largo tiempo, y las adecuaciones técnicas en casa se convirtieron en un nuevo trabajo. Afortunadamente, la rebeldía de Sam hizo que los cambios más complejos para facilitar la subida a su cuarto, ubicado en el tercer piso, no fueran necesarios. Con ayuda de la terapia física diaria, pudo caminar en un mes y, poco tiempo después, subir y bajar las gradas sin ayuda. “No quiso saber nada de la silla de ruedas”, recuerda su padre, y ríe.

En mayo de 2018 le realizaron una craneoplastia para reubicar la parte del hueso que fue extraída en la primera cirugía. En junio del mismo año asistió al estreno de Cenizas y a varios eventos relacionados con su promoción; como el festival de cine Kunturñawi, en Riobamba, al que Sam acudió como representante del equipo de producción para recibir las cuatro estatuillas que se llevó la cinta. Tiempo después fue invitada a un conversatorio en España sobre la temática del filme, pero rechazó la propuesta: no se sentía lista para hablar ante un público.

—Esa parte fue una dualidad: fue lindo ver el triunfo de ella como actriz, y también supertriste ver que no pudo disfrutarlo —dice Santiago.

Él es programador y trabaja desde casa, mientras que Lorena realiza dulces y catering bajo pedido; así, ambos han podido organizar su tiempo para cumplir con el cuidado y las terapias: “Esto nos ha unido muchísimo. Con Samanta y, también, como familia”, agrega. Ambos destacan su gratitud con el Sistema de Salud Pública, del cual Sam sigue siendo paciente.

La recuperación acelerada en los primeros meses fue una ola de esperanza. El paso más difícil hasta ahora ha sido el lenguaje, en el que sigue trabajando. Santiago cuenta que el primer año hablaba muy poco, palabras sueltas, y no podía estar en una reunión “porque se desesperaba al no entender”. Ahora se le dificulta mucho menos mantener una conversación larga, escribe con la mano izquierda y ha reaprendido a leer acompañada por clásicos como El mundo de Sofía o las piezas de teatro de Jean-Paul Sartre.

—Son libros difíciles, pero conversamos de los temas y ella tiene todo superclaro en su cabeza. Lo que le frustra es no poder expresarse de manera fluida. Tiene que pensar mucho para hablar.

Su nueva forma de expresión es la pintura, que está aprendiendo de forma autodidacta. Además, se ha dedicado a investigar sobre experiencias similares y descubrió una voz de aliento en Jill Bolte Taylor, neuroanatomista estadounidense que sufrió un ACV y logró recuperarse luego de ocho años. Siguiendo sus recomendaciones, Sam encontró alivio en la meditación.

—Estoy seguro de que va a superar esto, viendo cómo ha avanzado —dice Santiago, mientras le acaricia el cabello—. Es superfuerte, mi hija.

—Sam no cambió, la esencia es exactamente la misma.

Marcia extraña las conversaciones largas y la complicidad que mantenía con Sam cuando eran vecinas. Pero aquella conexión “medio telepática” que las unió en un inicio logró sortear la falta del lenguaje. A ella le confesó uno de sus miedos: no poder volver a actuar.

—Yo le digo: “Pero, quizá puedes actuar de otra forma. Hablar con gente que está en tu misma situación, pero que no tiene tu valentía”. Ahora, los avances son más pequeños. A veces se impacienta o se pone triste, lo cual es normal. Pero la admiro, porque tiene ganas de salir, de trabajar, de enamorarse. No había visto un espíritu tan fuerte frente a algo así. La admiro.

Sentada frente al caballete, junto al ventanal de su cuarto, Sam deja en el lienzo un pedazo de aquello que le retumba adentro y todavía no puede decir con palabras. Sus historias regresan de a poco en los cuentos que vuelven a llenar las páginas de su diario. Y ella, con la mano izquierda y esa letra de niña pequeña, mira una luna nueva.

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