El arte de lograr lo imposible
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El arte de lograr lo imposible

La cinta Sumergible, del ecuatoriano Alfredo León, habla de claustrofobia y narcos en un momento de plataformas mixtas y una nueva manera de experimentar el cine dentro y fuera de casa.

SUMERGIBLE un thriller de Alfredo León: cuatro personajes, una sola locación. Foto: Cortesía.

Por Abril Altamirano

Un narcosumergible navega a la deriva en el Pacífico. Dentro, cuatro personas luchan por sobrevivir al encierro y la locura. En una época marcada por el derrumbe que atraviesan nuestras instituciones culturales, Alfredo León apuesta por el regreso al cine con un drama de suspenso sobre los límites que estamos dispuestos a romper en situaciones de crisis.

Antes de ver Sumergible, la nueva película del director de Mono con gallinas (2013), es posible que la mayoría de citadinos no sepamos de la existencia de este medio de transporte de carga, aprovechado por su tamaño y discreción para movilizar desde pequeñas cantidades hasta toneladas de droga por el océano. Un objeto que parece existir solo en los noticieros, solo en ese universo idealizado que la ficción latinoamericana crea y alimenta alrededor del narcotráfico.

Uno de tantos sumergibles artesanales —que van a parar a Norteamérica, en los mejores casos, y en los peores al fondo del mar—, fue para León la semilla de una inquietud que creció, luego de enterarse por la prensa de su captura en la frontera entre el Ecuador y Colombia, hace casi una década.
Sumergible no pretende sumarse a las historias de villanía y heroísmo que abundan en la temática del narco. No vemos los lujos que seducen al inocente a sumarse a las filas del crimen, ni la sagacidad del agente antinarcóticos que le pisa los talones. La cinta es, más bien, una mirada hacia las vidas ocultas detrás de la leyenda que sobrevive a los grandes capos. Las vidas de abajo, la carne de cañón, que asumen el trabajo sucio con la esperanza puesta en una vida mejor. Esta es, al fin y al cabo, una historia sobre la libertad.

Tráiler oficial de la película Sumergible 2021.

Junto con el productor de la cinta, Sebastián Cordero (Carnaval Cine), Alfredo León devela el enorme trabajo detrás de la realización de este proyecto descomunal, que transporta al espectador de entrada, sin preámbulos ni mesura, a un punto en medio de la nada junto con la tripulación de El Guadalupe: un sumergible averiado, cargado hasta el tope con droga y dos jóvenes secuestradas.
*

—¿Qué provocó, qué removió en ti la noticia del narcosumergible capturado? ¿Cuándo empezó este a convertirse en El Guadalupe?


—Alfredo León (AL): Estaba en posproducción de Mono con gallinas y alguien me preguntó si tenía algún nuevo proyecto. No tenía nada en marcha, pero estaba seguro de que quería hacer una historia contenida: pocos personajes en pocos lugares. En ese momento, en que estaba abierto a cosas que me llamaran la atención, vi en la prensa la noticia de la captura de un narcosumergible en nuestras costas. Me intrigó, porque no sabía de su existencia; evidentemente, no era la primera noticia que salía al respecto, pero fue la primera que me llamó la atención. Empecé a leer, a investigar; me di cuenta de que estaba sucediendo mucho más seguido de lo que pensábamos, y que en Colombia lo venían combatiendo hace mucho rato. Me metí en ese tema, me fascinó la audacia, todo el tema de ingeniería, de cómo funcionan estos aparatos. Esa investigación me llevó a preguntarme quiénes son las personas que los tripulan, quiénes van ahí adentro. Poco a poco nació esta idea de cómo será hacer un viaje en estos sumergibles, en esas circunstancias, y ahí empezó a aparecer una posible película.

—Hablemos del guion, tu trabajo con Daniela Granja; y luego, las revisiones con Sebastián Cordero. ¿Cómo dieron forma a la historia?

—AL: Empecé a trabajar los primeros borradores del guion, y llegó un momento en el que necesité otra mirada. Había conocido poco tiempo antes a Dani, me pareció una gran guionista, colaboramos en algunas cosas, nos hicimos muy amigos y le lancé la idea. Le dije que me encantaría tener una visión, además, femenina en el proyecto; yo sentía que todavía el personaje de La Reina no llegaba a ser lo que necesitaba. Ahí fue que ella se sumó; ella escribía una versión, me la rebotaba y así. Estuvo involucrada en todo el proceso, trabajó conmigo las últimas versiones, inclusive en preproducción, y creo que eso ayudó a que la historia crezca en muchas medidas.



—Sebastián Cordero (SC): Me atraía mucho el potencial de una historia en un espacio contenido, con pocos personajes. Es una fórmula que puede funcionar muy bien, pero que exige que cada personaje, cada actor, cada elemento funcione; no puede haber fallas. Donde más me divertí y me involucré es diseñando cómo se iba a filmar la película, porque podía hacerse de muchas maneras. Alfredo había explorado la idea de irse a trabajar en los estanques de Baja California, donde hicieron Titanic, porque se buscaban lugares que permitan tener un set y tomas submarinas. Finalmente hubo un punto en que dijimos “cuánto de esto es necesario”. Usamos como referente lo que pasó cuando hice Europa Report, en Estados Unidos, que era un set del interior de una nave espacial con muchas cámaras. El tener un set completo ayudó muchísimo con las actuaciones y a creerse lo que estaba sucediendo. Con Arturo (Yépez) y Alfredo hablamos de la posibilidad de construir un narcosumergible, que sea un espacio reducido donde la cámara la sientas casi de documental, que esté metida con ellos y sientas la claustrofobia.

El director Alfredo León (izq.) junto a la actriz colombiana Natalia Reyes y el productor Sebastián Cordero (der.) durante el rodaje de la película. Foto; Cortesía.
—¿Cuáles fueron los mayores retos al filmar en un escenario tan reducido?

—AL: Fueron como veinticinco días en total de rodaje, de los cuales dos fueron en Manabí. Fue un reto interesante tener un set chiquitito, donde entrábamos muy pocas personas. Ese fue el mejor entrenamiento para la pandemia, porque pasamos encerrados durante un mes en un lugar superreducido, todo el día, con los actores y un grupo muy pequeño del equipo técnico. Era incómodo en todo sentido, y sobre todo para el manejo de cámara. Si bien ese lenguaje era necesario para incorporarlo en la historia, no era un espacio apto para colocar luces adicionales o retirar paneles. Lo hicimos así a propósito; el sumergible estaba compuesto por tres partes desmontables si es que lo requeríamos, pero llegó un momento en el que dijimos “no hace falta, eso va a romper la magia del encierro y nos va a alejar demasiado”. Había que estar cerca de los personajes.

—¿Hubo un modelo para la creación de El Guadalupe?

—AL: Fue una mezcla. Hicimos una investigación y nos dimos cuenta de que los sumergibles han ido evolucionando, cada vez son más modernos, pueden controlar si sumergirse o no. Los sumergibles más artesanales no tienen esa capacidad, simplemente van rasantes bajo el nivel del agua; el piloto y las ventanas siempre están sobre la superficie. Lo que hicimos fue agarrar elementos de varios sumergibles reales y hacer el que servía para nosotros. Nos tomamos ciertas libertades; por ejemplo, para poder contar la historia lo dividimos en cuatro espacios: la sala de carga, la sala de máquinas y la sala central que tenía dos pisos: el asiento del piloto y donde los personajes conviven. En un sumergible real, esa área no sería tan grande porque no desperdiciarían área de carga. Nosotros sí ampliamos ese espacio porque es donde estos personajes interactuaban y donde muchas escenas sucedían. Con base en eso, Emilia Dávila, la diseñadora de producción, y su equipo realizaron un modelo en 3D. Así podíamos hacer un viaje en el set antes de construirlo y lo fuimos modificando. Fue todo un proceso primero de investigación; luego, de adueñarnos de ese espacio y convertirlo en un personaje, para finalmente diseñarlo y construirlo.

—SC: Había cosas superinteresantes dentro de la propuesta de Emilia; por ejemplo, el piso que divide el sillón del capitán con el espacio comunal de abajo, Emi propuso que fuera de reja, o sea, que tenga su transparencia. Ese tipo de elemento era absolutamente viable, no fue planteado con base en una foto o algo que vimos en otro sumergible, pero nos emocionamos porque vimos que esto nos iba a permitir jugar con la luz, tener planos de arriba o de abajo, que a mí son de los que más me gustan en la película. Además, están detalles que te dan la idea de la precariedad de la situación, que te hacen caer en cuenta de lo heavy que es. Creo que una película así, de encierro, la construyes mucho con los detalles.

—El encierro no solo se siente por el espacio reducido, también están en la música, los olores, los sonidos. Oportunamente, con el contexto de la pandemia, se trabaja el tema de que en una crisis, en el encierro, sale lo peor del ser humano y también un poco de lo mejor…

—AL: Es curioso, porque es más relevante que nunca, pero cuando la hicimos ese no era un tema. Lo que nos preocupaba era cómo llevamos al espectador adentro del sumergible y lo hacemos partícipe del viaje. Entonces, era superimportante la verosimilitud del lugar, que te creas que estás en alta mar y no en un estudio en Quito, a 2850 msnm. Ese era el primer punto, la credibilidad. El segundo, era ¿qué elementos ayudan a que eso suceda?; obviamente uno es la imagen, pero uno superimportante fue el sonido: la construcción sonora ayuda a que te sientas encapsulado en una caja de fibra de vidrio, flotando y rodeado de agua. La música fue un proceso muy interesante, porque no quería que la película fuera demasiado musical, quería que no tuviera una música demasiado evidente. Felipe Linares, el compositor, propuso que la música fuera invisible, que se mezclara, se confundiera con los sonidos del motor, del agua, los ruidos metálicos. A veces es difícil saber si lo que estás escuchando es música o es ambiente, fue un proceso de creación que buscaba que la música fuera un sostén emocional para la historia, que ayuda a ir llevado al espectador de emoción en emoción, pero que casi ni lo sientas, que sea imperceptible.

—SC: La película empieza en un momento de conflicto muy grande, donde hay un tema de supervivencia y el riesgo de tener que abandonar el sumergible. Las cosas por un rato mejoran y se empieza a jugar con el tema del encierro con el olor, con el hecho de que hay algo dentro del sumergible que empeora cada día que pasa. Cuando entré como coeditor, más adelante en el proceso, me pareció superpotente que el momento en el que más se reafirma el encierro, cuando parece que no va a tener salida, es justo cuando ves el plano más amplio desde arriba, donde le ves al sumergible pequeñito en el mar. Todo este conflicto está sucediendo dentro, pero te alejas un poquito y son prácticamente insignificantes, invisibles; pueden desaparecer de un rato a otro. Pero claro, emocionalmente estás adentro.

—Alfredo, tanto en Mono con gallinas como en Sumergible tus personajes representan el último nivel en la jerarquía de los grandes conflictos. Son los de abajo, la gente común que se ve envuelta en estas situaciones como por accidente. ¿Qué historias hay detrás de los personajes de Félix, Kléber, Aquiles y La Reina?

—AL: Llegó un momento en que me di cuenta de que Sumergible era una historia coral; es la historia de los cuatro haciendo este viaje. Tuvimos que construirlos desde quiénes son y por qué llegaron ahí; qué tuvo que pasar en su vida para que lleguen ahí. No quería hablar del mundo del narcotráfico desde los buenos y los malos, no era ese el mundo. Era un mundo de cuatro seres humanos, a los que las situaciones de la vida los han llevado a estar ahí metidos, y cada uno de ellos es una víctima de esa situación. La frase que usamos en el afiche, “Entrar es fácil”, se refiere al sumergible en sí y al mundo del narcotráfico: entrar es fácil, pero salir es lo complicado. Hay una cosa muy interesante, y es que la película la rodamos en 2017, a poco más de un año del terremoto, y como Manabí fue tan golpeada, creo que eso fue algo que Carlos (Valencia) utilizó para crear a Kléber, cómo esa carga de que quizás el personaje había sufrido algo, o algo había sucedido, que le hizo jugarse el todo por el todo. Todos son víctimas de esa situación, y hay momentos en los que tú como espectador sientes un mínimo de compasión y empatía por cada uno de ellos. Hay momentos en que los amas y hay momentos en que los odias, y ese juego emocional es lo que permite que empatices con ellos.

Foto; Cortesía.
—Otro asunto común con Mono con gallinas es el mostrar la historia que compartimos con nuestros países vecinos; Sumergible, con su elenco internacional, es más sobre Latinoamérica que sobre el conflicto del narco en el Ecuador. ¿Esa preocupación persiste en ti como creador?

—AL: Sí, creo que es absurdo pensar que las cosas que nos preocupan solo nos pasan a los ecuatorianos. Entre latinoamericanos compartimos un montón, más allá del idioma o la zona geográfica donde estamos; compartimos las cosas hermosas y las horribles. Como esto, por ejemplo, el tema del narcotráfico. En Mono con gallinas era la guerra; las guerras territoriales han marcado a Latinoamérica y han definido cómo somos y cómo nos relacionamos entre vecinos. Es interesante pensar más allá y eso abre la posibilidad de ampliar públicos, buscar coproducciones. No sé si es algo que me pongo como objetivo, pero sí aparece naturalmente en los temas que me interesan.

Sumergible se desarrolló en poco menos de una década. ¿Cómo viste la evolución de la industria cinematográfica en el Ecuador en este tiempo?

—AL: El avance es casi nulo. Si bien en algo creció el fondo público, la situación es igual o peor que la que había hace diez años, cuando hice Monos con gallinas. El cine ecuatoriano sigue existiendo gracias a la Ley de Cine que logramos tener en 2006, y a la creación de los primeros fondos, pero luego poco o nada se ha hecho para tener un crecimiento sostenido, para crear políticas públicas que permitan el involucramiento de la empresa privada, por ejemplo, con incentivos fiscales u otros caminos que se han puesto en práctica en los países vecinos. La inestabilidad de nuestras instituciones solo demuestra que el cine no es importante para el Estado, y quizá ahora es menos importante que hace diez años, cuando empecé a desarrollar este proyecto. Es triste, porque uno creería que ahora hay más facilidades y la verdad no; no sé si ahora sería posible hacer una película como esta.
*
Sumergible se estrenó en julio de 2020 en el Festival de Cine Fantástico de Bucheon, en Corea del Sur, e inició su recorrido por Latinoamérica en el Festival de Cine de La Habana. La película está en cartelera en Multicines y en la plataforma de video.

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