Cine documental ecuatoriano: rodar la vida cuesta arriba

Los documentales nacionales hacen eco internacional. Quienes forman parte de este sector consideran que el Estado tiene una deuda con su actividad.

La playa de los enchaquirados, de Iván Mora Manzano, fue uno de los 14 documentales seleccionados en la Competición Oficial Internacional del festival IDFA, en Ámsterdam. Fotografías: Cortesía.

Vicky es una pescadora transexual. Tiene un bar en la zona costera de Engabao, posiblemente el lugar más manso del manso Guayas o, por lo menos, uno de los territorios más tolerantes. Ella es parte de la comunidad de enchaquirados, término que se refiere a la agrupación polisexual del período precolombino huancavilca, y como tal es heredera y portadora de la cultura queer ancestral. En el Ecuador es una desconocida, pero su historia tuvo repercusión en Cannes y otras aguas internacionales gracias al cine. Aun así, es probable que no la veamos en salas de cine nacionales y siga siendo una desconocida.

El cineasta guayaquileño Iván Mora Manzano dirige La playa de los enchaquirados, un documental que juega con el tiempo y tiene a Vicky como protagonista, en un espacio donde habitan la aceptación y la tolerancia. En noviembre de 2021 la película fue una de las catorce seleccionadas en la Competición Oficial Internacional del festival IDFA, en Ámsterdam, el evento más prestigioso del mundo en su clase. Antes, en julio, participó del mercado del Festival de Cannes como parte del Showcase del Sheffield Doc Fest. La película fue desarrollada, además, gracias a un premio otorgado en Portugal por otro festival, el DocLisboa.

Pese a su buena racha internacional, ya se dijo, le costaría estrenarse en el Ecuador. “Obvio que buscamos que nuestro país sea un público potencial, pero las condiciones no siempre son las mejores”, dice Alfredo Mora Manzano, productor del filme. “Soy un fiel creyente en que el Estado debe invertir en el cine. Un documental puede rodarse, pero qué pasa en la posproducción o en la distribución y exhibición. Se trata de invertir en una producción, pero también en acompañarla en todo su recorrido”.

Lo mencionado por Alfredo se palpa fácilmente. Uno puede atravesar la avenida Naciones Unidas, en Quito, y hacer un recorrido por las salas de cine. El ingreso del Cinemark cuenta con dieciocho afiches de películas: ninguna es ecuatoriana. Multicines da la bienvenida al público con dieciséis afiches: ningún filme es ecuatoriano. En Supercines hay treinta afiches contando los exteriores y los que adornan el ingreso a las salas, y la historia se repite.

Todo podría justificarse al señalar que no hay ningún estreno nacional. Pero ese mismo día en La Floresta, a unos pocos kilómetros de este circuito, se encuentra el Ochoymedio, un cine de barrio que da la bienvenida con el afiche de Libre, documental que narra la hazaña de Sebastián Zuko Carrasco, quien pese a su cuadriplejia asciende el Cayambe (la cinta estuvo tres días en una sala comercial); mientras que en su boletería se destaca la coproducción ecuatoriana-argentina Miró: las huellas del olvido (2018) de Franca González. Allí, todos los meses, se proyectan pelis ecuatorianas.

Un secreto en la caja, de Javier Izquierdo, cuenta la historia del ficticio de Marcelo Chiriboga desde un falso documental.

Nudo

Sentado en una butaca, o cómodamente en un sillón de casa, uno mira una película sin percatarse de todas las personas que trabajaron en ella. De hecho, la mayoría difícilmente lee los créditos, y es normal.

Una película documental involucra a varios trabajadores y cumple una serie de procesos. Arranca con la etapa de desarrollo, donde nacen las ideas, se construye el guion y se tramitan los derechos. De ahí, el productor busca la financiación. La preproducción prepara todo el terreno para el rodaje y en la producción inicia recién la etapa de filmación. Sigue la posproducción, el montaje, y así hasta llegar a la distribución, donde se busca promocionar el filme, llevarlo a salas, lanzarlo en video y presentarlo en televisión y otras plataformas. El desarrollo y la distribución, inicio y final de la cadena, son los momentos en que menos apoyo recibe el cine nacional.

Pocho Álvarez lleva más de cuarenta años en el cine documental. The Green Deal in Cambodia, Texaco Tóxico, Un largo lagarto verde, Nosotros, una historia, son parte de su veintena de películas, caracterizadas por la denuncia social y la preocupación por el medioambiente. Ha rodado con cámaras de cine y con celulares, y opina que toda actividad cultural y artística necesita un marco legal que responda a sus necesidades: “El Estado ha sido mezquino e ineficiente en sus políticas. Con la eliminación de la Ley de Cine, retrocedimos cuarenta años. En 1977 fundamos Asocine [Asociación de Autores Cinematográficos del Ecuador], y desde entonces peleamos por ese marco legal, que lo tuvimos (en 2006) y que nos arrebató la Ley de Cultura”.

La Ley de Cine propiciaba incentivos por parte del Estado para una industrialización y aseguraba la participación de directores, guionistas y trabajadores de los equipos artísticos y técnicos en la producción nacional; además de que instituciones financieras debían facilitar créditos con un interés bajo y plazos preferenciales.

Pero 2016 resultó un año de quiebre, más allá de que la Ley de Cultura absorbió a la de Cine. El Estado redujo en 60 % su presupuesto a la industria audiovisual. Al revisar los últimos años, vemos que en 2019 hubo un presupuesto de 1 411 506 dólares para 57 proyectos; en 2020 fueron 1 932 813 dólares para 91 proyectos; en 2021 se contó con 1 417 000 distribuidos en quince categorías y 85 proyectos.

Este año, al revisar las líneas de fomento del IFCI [Instituto de Fomento a la Creatividad y la Innovación hay un fondo de 1 565 000 dólares para trece proyectos en cinco categorías. Las cifras podrían sonar escandalosas, si no supiéramos que en promedio *una cinta latinoamericana pasa del millón de dólares por sí misma. *A esto se suma la eliminación del CNCine [Consejo Nacional de Cinematografía del Ecuador], que dio paso al ICCA [Instituto de Cine y Creación Audiovisual], y que derivó en la fusión con el Ifaic [Instituto de Fomento para las Artes, Innovación y Creatividad] para convertirse en el IFCI.

Lorena Robalino, directora del IFCI, dice que entiende “el malestar del sector cinematográfico, porque tienen un bagaje de lucha, que viene desde su conquista con el Consejo de Cine, y de repente el fomento al cine se fusionó con otras artes”, pero “hay que entender que queremos construir las mejores condiciones para todas las artes… y que nuestras líneas de fomento son montos que impulsan, no son subvenciones”.

Punto de giro

Mariana Andrade, directora del mencionado Ochoymedio, además, preside la Copae [Corporación de Productores y Promotores Audiovisuales del Ecuador]. Para dar una solución a la problemática del sector audiovisual, opina que es un momento para repensarse. “Desde la Copae buscamos alternativas más allá del plano cultural. Debemos dar el salto de una mirada culturalista del cine. Está bien el documental ambientalista y de denuncia, pero debemos abrir más espectros. Llegó un momento en que el Estado debe darnos las herramientas y condiciones para crear, que tenga sus líneas de fomento, pero también el que existan condiciones para generar alianzas privadas que nos quiten la dependencia estatal (…). Al sector privado no puedes obligarle, pero puedes incentivarle.

En la Ley de Crecimiento Económico logramos incluir artículos que tienen que ver con la deducción del 250 % para patrocinios, eventos culturales y obras cinematográficas. Desde Copae hemos propuesto un capítulo en el proyecto de Ley de Inversiones, con artículos clarísimos para motivar a la inversión nacional y extranjera”, explica Mariana.

Alfredo Mora está convencido de que el Ecuador debe seguir el ejemplo de Colombia, Francia y Corea del Sur. ¿Qué han hecho? El productor lo sintetiza rápidamente: “Primero, contar con un marco legal que responda realmente a las necesidades del cine. Tener una institución que se dedique exclusivamente a nuestra actividad. Se debe conseguir que un considerable porcentaje de la taquilla del cine comercial extranjero, considerando su tiempo en cartelera, vaya directamente a la producción de cine nacional. Hay que fortalecer incentivos tributarios para que la empresa privada invierta.

También debe existir un mayor apoyo a los productores para viajar a mercados internacionales y promocionar las películas; y se debe consolidar un plan estratégico para que las producciones lleguen a la televisión luego de pasar por salas y lo digital”. A esto agrega apoyar a festivales como los EDOC [Encuentros del Otros Cine], que no solo ha formado al público por dos décadas, sino que se ha convertido en la solitaria vitrina para exhibir documentales ecuatorianos, y que se propicien las condiciones para que todo filme nacional tenga un espacio en las salas comerciales.

¿Desenlace?

En 2021 el cine nacional (ficción y documental) tuvo un saldo positivo: La piel pulpo de Ana Cristina Barragán se presentó en el Festival de San Sebastián, a través de WIP Latam; José M. Avilés tuvo su paso en Venecia con Al Oriente; Lo invisible de Javier Andrade fue seleccionada por el Festival Internacional de Toronto; y a esto se suma el ya señalado éxito de La playa de los enchaquirados.

Pese a esto, en nuestro país la industria cinematográfica, por ahora, es un multiverso ajeno. Dr. Strange, el personaje de Marvel, tiene fuego en las manos, pero aún él no podría quemar a la burocracia y otras problemáticas que atraviesan a los realizadores ecuatorianos. Productores se las ingenian para levantar dinero y no solo depender de fondos concursables, mientras que el Estado es un rompecabezas que continúa rearmándose tras eliminaciones y fusiones institucionales. Pese a ello, los cineastas prosiguen con su trabajo. Los documentalistas no dan tregua y siguen rodando la vida, aunque eso implique un proceso de cadáver exquisito.

¿Por qué jugársela por un documental que tendría menos probabilidades de llegar a una sala de cine? “Porque se trata de la posibilidad de mostrar el lado íntimo de los personajes, una narrativa de nuestra realidad, de los hechos cotidianos reales que nos conforman. No hay grandes presupuestos, pero hay mucha honestidad”, sostiene Alfredo Mora.

Una honestidad que se evidencia, para terminar citando el largo catálogo de documentales nacionales, en El grill de César de Darío Aguirre; en La muerte de Jaime Roldós de Manolo Sarmiento y Lisandra I. Rivera, que cuenta entre sus méritos su calidad de memoria histórica; en Abuelos de Carla Valencia, sobre nuestra naturaleza migrante y bipolar; que se une al desparpajo de Javier Izquierdo, que abordó la idiosincracia en un falso documental sobre Marcelo Chiriboga llamado Un secreto en la caja. La honestidad que han celebrado los miles de espectadores que ha convocado Con mi corazón en Yambo de María Fernanda Restrepo. Un sentimiento necesario.

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