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Cien años, dos epidemias y un trombón: “¡Jazz, na’ más!”

por Leisa Sánchez

Texto y fotografía: Marcos Echeverría Ortiz.

Edición 459 – agosto 2020.

Musica Jazz 1

Hace cien años, durante los días más oscuros de la gripe española, nació quien se convertiría en una de las piezas más importantes del jazz cubano. Hoy, en medio de otra pandemia, aún vive y está en Nueva York, epicentro de la crisis mundial de la covid-19. 

—¡Pucho es un viejito espectacular! Uno de los músicos más importantes en la historia del jazz cubano —me dice Orlando, un hombre bajito, compacto y pelado, de sesenta y pico de años, mientras viaja sentado en la línea A del estrepitoso y sucio metro de Nueva York.

Conocí a Orlando durante una investigación acerca de la historia salsera en Nueva York. Tiene videos inéditos, capturados por él mismo, de Lavoe y de toda la escena setenta-ochenta. ¡Los vi y son increíbles!

Tras nuestro primer encuentro me pide que lo acompañe a visitar a un amigo.

Acepto.

—Tienes que conocerlo, además, acabó de cumplir cien años —añade mientras se baja en la parada de la calle 175, en Washington Heights, un barrio mayoritariamente latino y afro ubicado en la parte alta de Manhattan.

Al salir del metro por las empinadas gradas que dan a la calle, lo primero que se ve es una ventana borrosa con rejas.

—¡Pucho! Ya llegué —dice Orlando, y golpea el vidrio de la ventana. Por entre las rejas veo a un viejito que delicadamente saluda con la mano y trata de incorporarse con la ayuda de su andador—. No se levante que ya entro —dice Orlando.

Damos vuelta al edificio antiguo y entramos: un hall amplio y madera tallada en las paredes. Es una construcción post Segunda Guerra Mundial y tiene renta estabilizada. Es decir que, por ley, el dueño no puede elevar arbitrariamente el precio de los arriendos, como pasa usualmente en esta ciudad. Esto impide que viejitos como Pucho y familias que han vivido en estos espacios por generaciones sean desalojadas al no poder pagar las descaradas rentas neoyorquinas.

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Entramos a un departamento largo y espacioso (escasos en esta ciudad). En una pared está un diploma enmarcado que dice: “A Leopoldo Pucho Escalante por su aporte al desarrollo del jazz y el trombón en Cuba”. Él está sentado a un costado de su cama destendida. No parece haber vivido un siglo entero. Aunque tiene los ojos cansados y los dientes separados, su cara es dulce, pálida y redonda. Lo que resalta son sus manos de vampiro: manchadas, venosas y con dedos alargados. 

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Para ser una leyenda del jazz cubano y latinoamericano, como dice Orlando, existe muy poca información sobre Pucho en Internet. No encuentro más que un par de menciones biográficas inconclusas o un par de canciones en YouTube de una banda formada por Pucho y por la cual se lo conoce: El Noneto de Jazz Cubano. Pero El Noneto está más vinculado al nombre de Rubén González, el célebre pianista.

González retomó presencia internacional cuando apareció en Buena Vista Social Club (1999), el reconocido documental dirigido por Wim Wenders. Rubén es el pianista que aparece tocando en una de las escenas más enigmáticas de la película: aquel plano-secuencia en un elegante gimnasio de paredes color salmón en La Habana. Un año después, el sello discográfico cubano Egrem reeditó con Rubén un álbum de éxitos de El Noneto. En él se exalta a Rubén y no a Pucho. Casi una década más tarde, en 2009, Plaza Mayor Company (PMC Ltd), un sello discográfico con base en Inglaterra y Canadá, reeditó otro disco de El Noneto. Aunque Pucho fue quien escribió la mayoría de los temas en la década de los sesenta, no recibió ninguna regalía. El caso es conflictivo, pero Pucho responde:

—No me molesta, porque a Rubén lo quiero. Bueno, lo quería como a un hermano, porque ya murió.

Musica Jazz 2
Jazz Cuba (1964), el primer LP de El Noneto.

Orlando sirve chorros de vodka en dos vasos de plástico. Después, rebusca entre la modesta colección de discos y saca Jazz Cuba (1964), el primer LP de El Noneto.

—Este disco es una reliquia —dice mientras suelta la aguja del tocadiscos.

Pucho sonríe y ambos escuchan callados hasta que Orlando grita: —¡Ahí viene tu solo!

—¡Sí! —responde Pucho balanceando su cabeza. Con cada nota, Pucho hace muecas y encoge sus hombros, levanta su mano y recoge sus dedos. Se manda el solo completo. Orlando ríe. 

Antes de hablar sobre El Noneto, Pucho lleva la conversación a los primeros recuerdos con su padre. Gonzalo Escalante fue un fotógrafo y pintor de origen mexicano, quien llegó a ser conocido como uno de los paisajistas más famosos de Cuba. Además, dirigió a dos grupos de música de cámara a principios del siglo pasado: la Banda de Conciertos de Guantánamo y la Banda Infantil de Yateras.

—Él le hacía tocar la trompeta [a su hermano Luis] clandestinamente porque la gente creía que aquel que soplaba un instrumento se iba a tuberculizar. ¡Ideas más raras! —dice Pucho. A sus doce años, su padre le compró su primer trombón y en los años posteriores perfeccionó su técnica con la ayuda de un maestro. Pero no fue sino hasta sus diecisiete cuando descubrió la vida que transmitía con sus pulmones. 

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La primera vez que Pucho, todo enternado, afeitado y con brillantina en su pelo negro, tocó el trombón en vivo, fue en 1937 en un baile, como parte de The Red Devils, su primera banda. —

Toqué en esa orquesta que no tenía fama y cuando vi que la gente comenzó a bailar sentí una emoción grande. Dije: “Mira, nosotros estamos haciendo esto”.

Fue un momento apoteósico, pudo ver la influencia de la música en la vida de la gente y ganó sus primeros cinco pesos.

Pucho sigue en un estado etéreo mientras escucha el disco. Orlando ojea un libro llamado En idioma de jazz. Memorias provisorias de Jacques Braunstein, escrito por Jacqueline Goldberg. Revisa las hojas asiduamente. Murmura y, en medio de una canción, interrumpe el trance de Pucho. —Mira lo que dice en este capítulo.

“En los años cincuenta, en Venezuela no existía creación jazzística original. Los músicos agarraban un tema de Charlie Parker o arreglaban un tema de Benny Goodman, o un tema de Count Basie o Duke Ellington. Hacían un arreglo, lo tocaban o improvisaban. Eran muy pocos los que creaban música nueva”.

—¡Ajá!

“Uno de ellos era Eduardo Cabrera…”.

—¡Cabrera!

… “otro de ellos era Leopoldo Pucho Escalante, un excelente trombonista de origen cubano que vivió muchos años en Venezuela. Fue uno de los pilares del Caracas Jazz Club (que desarrolló el jazz venezolano) y más que un amigo, fue casi mentor de Paquito de Rivera. A través de Pucho conocí al gran saxofonista cubano, director del grupo musical Irakere”. —

¿Queda claro? —pregunta Pucho. 

Sí, queda claro

Cuando explotó la Segunda Guerra Mundial, a comienzos de los cuarenta, Pucho trabajaba en Cuba y el casino donde tocaba cerró. Entonces migró y trabajó en la orquesta de un cabaret en la ciudad de Colón, Panamá. Cuando la guerra terminó, Pucho regresó a Cuba, “pensando que no iba a volver a salir más”. Se equivocó. Al poco tiempo el famoso director musical venezolano, Luis Alfonso Larrain, fue a Cuba expresamente a reclutar a Pucho para su orquesta.

—No sabía qué hacer. Hablamos, nos pusimos de acuerdo y acepté.

—¿Y cuándo pasó lo de El Noneto, Pucho? —pregunto.

—Cuando me regresé de Venezuela.

En los cincuenta, la isla era el escaparate gringo. El sitio del relajo. Las playas estaban repletas de casinos lujosos que a su vez estaban llenos de mafias, dinero sucio y grandes orquestas de jazz. Todo esto sostenido por el glamur y la ilegalidad del capitalismo. 

Cuando triunfó la revolución, Pucho decidió volver a Cuba. A principios de los sesenta, muchos de estos casinos, resorts y hoteles cerraron, otros fueron incautados y la mayoría de las grandes bandas de jazz desaparecieron. Varios músicos emigraron y los que se quedaron sostuvieron la escena en pequeños grupos que se juntaban en bares hasta 1963, cuando Pucho entró en la historia.

—No se puede decir que yo lo creé, El Noneto se formó de casualidad. Fue formado por gente que le gustaba el jazz. No lo hicimos por dinero sino porque realmente nos gustaba la música.

Pucho se juntó con un grupo de músicos a los que no les interesaba fusionar el jazz con la música cubana: querían “hacer jazz na’ más”. Durante los primeros ensayos, la banda llegó a tener hasta once músicos. Finalmente quedaron nueve.

—Ah, y también me pusieron como director de la orquesta y arreglista porque era el más viejo del grupo —dice riendo.

Aunque el jazz no estaba prohibido en Cuba (como sí lo estaba el rock, por ejemplo), Pucho recuerda que hubo recelo porque el sonido de su banda era muy puro, “muy imperialista”.

—Al principio el Gobierno no estaba de acuerdo de que se le diera tanto énfasis al jazz. Ellos querían imponer la música cubana y querían que mezcle el jazz con la música cubana. Yo me negué.

El objetivo de Pucho era grabar un LP de jazz puro, alejado de experimentos proselitistas. —Y entonces, ¿cómo logró grabar?

—Bueno, les dije [a la disquera manejada por el Estado] que después yo podría grabar un LP de música cubana, pero que el primero era de jazz na’ más.

Musica Jazz 4
Pucho y Leonardo Timor con la orquesta Somavilla.

Durante el proceso asomó Rafael Somavilla, un muy influyente director de orquesta. Fue él quien los escuchó, se entusiasmó y finalmente los metió al estudio. El primer disco tuvo mucha repercusión y Somavilla hizo las gestiones para un segundo disco llamado El Noneto de Jazz Cubano de Pucho Escalante (1964). De nuevo: solo jazz.

Hoy, ambos discos son fundamentales en la historia del jazz cubano. No solo porque revivieron la escena durante los primeros años de la revolución, sino también porque demostraron que la muchachada estaba interesada en consumir música menos tradicional. Eran los sesenta y la juventud de la isla se estaba perdiendo de la otra revolución, liderada por Los Beatles. Después de dos álbumes, Pucho dice que “no le dio fuego” al Noneto. Su hermano le propuso que fuera parte de un proyecto más grande.

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La Orquesta Cubana de Música Moderna

Si buscas este nombre en YouTube te va a salir una nota loquísima. Es 1967 y la textura negra y ruidosa de la película revela en letras blancas el siguiente texto: “El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica presenta”. Sobre un escenario elegantón aparecen varios músicos. Al inicio parece una típica big band jazz de los años treinta o cuarenta, como las de Glenn Miller o Louis Armstrong. Todos están uniformados con camisa blanca, terno y corbata negra. Pero si miras más detenidamente, todo cambia. No tienen pelo largo como Los Beatles, pero sí gafas Wayfarer como Bob Dylan. No tienen a un vocalista que muestra sus partes íntimas sobre el escenario, pero sí un órgano que suena a The Doors. No tienen al movimiento hippie bailando a sus pies, pero sí a un grupo de jóvenes que se retuercen en sus asientos. Les encanta el sonido pero no saben cómo bailarlo: me asusta pero me gusta, como se dice.

Es un sonido totalmente nuevo. Junten todos los instrumentos de una típica banda de rock de la época: batería, órgano, bajo y guitarra eléctrica, con los vientos y la percusión de una orquesta latina. En el video tocan Guantamera con arreglos más ácidos y psicodélicos. Es una agrupación de rock tropicalizada al servicio de la revolución para mitigar la influencia extranjera de sonidos imperialistas.

—Los Beatles nunca fueron invitados a tocar en Cuba, lo que fue un gran error, pero estuvo la Orquesta Cubana de Música Moderna, que ayudó a la juventud. De eso no hay duda —dice Pucho. 

—¿Y tiene fotos de eso?

—Sí, ahí están.

Orlando se levanta y trae un álbum grande de cartulina negra

Juntos abren el álbum y el registro es sorprendente. Toda esta evidencia personal también es parte de la memoria colectiva del jazz latinoamericano. En esas fotos se ve a un Pucho elegante y sofisticado. Hay fotos de él en varios clubes y teatros que hoy ya no existen. Fotos de Pucho con su hermano compartiendo tarima, y fotos, junto a Mario Bauzá, la leyenda cubana del latin jazz neoyorquino. 

—A ver, Pucho, ¿quiénes están en esta foto? —pregunta Orlando señalando con su dedo índice las fotos.

A Pucho le cuesta reconocerse. Se fija en las caras de los músicos, pero no puede identificarlos. Toma una lupa con luz incorporada, lucha. —Ajá. ¡Esto es con la Billo’s Caracas Boys en Venezuela!

Pasan las hojas y aparecen recortes de periódico emplasticados y fotos familiares. —Fui envejeciendo sin darme cuenta —dice. Aparecen fotos de su hijo y de su esposa—. A mi hijo le salió una beca porque él sabía tocar el piano. Vino a estudiar a Estados Unidos, se quedó y mi mujer tuvo la idea de venir.

Su mujer vuelve a aparecer en otras Polaroid. Parecen fotos tomadas en el Nueva York de los ochenta. Al igual que su LP, estas fotos abren memorias no tan placenteras.

—Murió mi hijo, murió mi mujer, y yo me quedé solo. Bueno, no solo, porque tengo grandes amigos, como Orlando.

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Pasan unas semanas y la ciudad está en cuarentena. Llamo a Pucho. Me dice que está bien y que su enfermera, que lo cuida desde hace catorce años, lo acompaña. Tras un silencio, añade: —Hace cien años la gente rica se mataba porque perdieron todo por la gripe [española], eso me lo contó mi madre.

Hasta finales de mayo, en Nueva York había alrededor de 196 098 casos confirmados de covid y 16 482 muertos. Los barrios con más casos son Brooklyn, Queens, el Bronx y el alto Manhattan, espacios habitados por migrantes y gente de color. —Vamos a salir de esto, pero a costilla de millones de muertos. No puedo pensar en esa gente que pierde familiares, yo sigo llorando la muerte de mi hijo todos los días. Pero vamos a salir de esta, ya lo hemos hecho antes —dice Pucho. Ojalá.

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Los Billo’s, Chicos de Caracas. Pucho es el segundo músico en cuclillas, y Tata Palau, el octavo a la derecha, está de pie.
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Alrededor de 1948, en Venezuela, Pucho dirige la nueva orquesta Sans Souci.

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Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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