Cien años con el fantasma del Titanic - Revista Mundo Diners
Cien años con el fantasma del Titanic
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Cien años con el fantasma del Titanic

Cien años con el fantasma

Se cumplió un siglo del naufragio del trasatlántico

“insumergible” y su recuerdo sigue presente en

la prensa, la historia, el cine, la literatura,

la música y el interés de los ciudadanos.

Por Daniel Samper Pizano

El 14 de abril de 1912, poco antes de la medianoche, chocó contra un témpano de hielo en el océano Atlántico el buque más famoso de su tiempo, el R. M. S. Titanic. Aunque tenía reputación de insumergible, antes de tres horas se hundía en dirección al fondo del mar. De más de 2 000 personas que llevaba a bordo (915 de ellas, tripulantes) perecieron dos terceras partes y solo se salvaron algo más de 700. Un dato curioso: en la tragedia murieron estadounidenses, británicos, italianos, polacos, españoles, un mexicano y pasajeros de muchas otras nacionalidades. Pero no un solo ciudadano negro, punto que ha sido fijación de los historiadores.

El centenario del Titanic dará mucho que hablar, que escribir, que recordar y, sobre todo, que imaginar. Ya han surgido nuevas teorías sobre aquel accidente, uno de los más famosos de la historia. Como aperitivo para las conmemoraciones, los astrónomos de la Universidad de Texas acaban de lanzar la tesis de que la Luna contribuyó decididamente a la tragedia. Según ellos, aquella noche coincidieron la proximidad de la Luna (perigeo) y la lejanía del sol (perihelio), lo que provocó una marea tan alta que numerosos icebergs se desplazaron hacia el sur, donde toparon al Titanic.

Otra hipótesis, que apenas merece dudosa aparición en blogs, denuncia que el trasatlántico fue víctima de una bomba que puso a bordo un sacerdote a quien la Compañía de Jesús confió la misión de hundir la nave para liquidar a los poderosos multimillonarios que viajaban en ella. Según este dislate, los jesuitas querían apoderarse de una parte de la banca de Estados Unidos y les sobraban los magnates John Jacob Astor, Benjamin Guggenheim e Isador Strauss y George Widener, todos los cuales perecieron en el naufragio.

A lo largo de un siglo, el Titanic ha dado pábulo a toda suerte de leyendas y teorías conspiratorias. Pero los historiadores creen que, habiendo localizado y examinado los restos del buque en el fondo del mar hace ya 27 años, lo que se sabe sobre lo acaecido durante esas horas fatídicas permite pensar que el caso está cerrado. Así lo declara un amplio documental a preparado por el Canal de Historia con motivo de los cien años bajo el título Titanic, misterio resuelto.

Un misterio que obsesiona al mundo

El misterio, en efecto, está resuelto. La portentosa nave, que se hundió en su viaje inaugural, fue víctima de una serie de circunstancias dignas de la ley de Murphy: la poca atención que dispensó el capitán a los avisos que indicaban la vecindad de hielo en la zona del Atlántico norte; la alta velocidad que, con la intención de batir un récord, llevaba el trasatlántico; la falta de prismáticos en la gavia de vigilancia que impidió ver a tiempo el témpano; la equivocada maniobra del primer oficial que expuso el flanco vulnerable a la masa de hielo, y el diseño de los compartimentos estanco que permitía el paso del agua sucesivo.

En cuanto al alto número de víctimas, fue también resultado de otra coincidencia de fallas. Por un lado, que no existía la obligación legal de llevar botes salvavidas para todos los ocupantes de la nave; por otro, que algunos de los botes descendieron al agua con pocos náufragos, porque inicialmente nadie creyó que el barco estaba en peligro; la temperatura del mar era tan fría que quien cayera en ella estaba condenado a morir por hipotermia; finalmente, el Californian, un buque que se hallaba a 18 kilómetros, nunca entendió que los cohetes que lanzaba el Titanic eran de emergencia y fue preciso esperar la llegada del Carpathia, que tardó cuatro horas en desplazarse.

El misterio, decíamos, está despejado. Pero un siglo después aún hay datos sin precisar. Todavía existen, por ejemplo, cifras discordantes sobre el número de víctimas. Según la biblia del accidente —Una noche que jamás se olvidará, de Walter Lord (en inglés, A Night to Remember, 1955)— murieron 1 502. Según la investigación adelantada en Estados Unidos, 1 571. Según las pesquisas británicas, 1 503 y 1 490. Según la Enciclopedia Británica, murieron “cerca de 1 500” y se salvaron cerca de 700. Wikipedia ofrece las siguientes cifras: 2 222 a bordo, 1 517 víctimas mortales y 705 náufragos rescatados.

Algo que sí se ha ajustado con precisión es la bitácora del Titanic durante los días previos a la tragedia y los acontecimientos que ocurrieron minuto a minuto entre el 14 y el 15 de abril. Es esta, quizás, la mejor manera de observar lo que pasó entonces (Ver recuadro).

A lo largo de cien años, el espectro del Titanic ha invadido muchos rincones, alimentado, además, por las exhibiciones de objetos recuperados del fondo del mar. Ha sido y sigue siendo una obsesión mundial. Aunque se registran accidentes náuticos peores, las características de este aparato perfecto que se hundió en su debut no cesa de atraer a historiadores, periodistas, artistas, músicos, novelistas y poetas.

Optimismo en las primeras noticias

El naufragio suscitó durante meses cotidianas informaciones de prensa. De hecho, desde el lunes en que se hundió el buque, los principales diarios de Estados Unidos aparecieron con titulares enormes… aunque no necesariamente acertados. El Evening Sun, de Nueva York, ofreció a todo lo ancho de la primera plana una noticia totalmente equivocada: SE SALVAN TODOS LOS DEL TITANIC TRAS UN CHOQUE.

La dura realidad solo se conoció cuando el Carpathia, que había guardado silencio telegráfico desde que rescató a los ocupantes de los botes, ancló en Nueva York tres días después del increíble naufragio.

Desde entonces el fantasma de este buque todopoderoso que no logró acabar su primer viaje ronda en la conciencia y el morbo de la humanidad.

Un barco de celuloide

No habían pasado dos meses del suceso cuando se estrenó la primera película basada en él. Dorothy Gibson, actriz de segunda, viajaba en primera en el buque náufrago, y logró salvarse. Un productor emprendedor inmediatamente rodó una película muda con la diva rescatada: Salvada del Titanic. La curiosidad llenó varias noches la sala, pero Dorothy acabó naufragando en el anonimato.

Fue la primera de una larga serie de películas a la que en 1933 se agrega Cavalcade, sobre una familia británica deshecha por el accidente y en 1943 una cinta de propaganda nazi ordenada por Joseph Goebbles. Diez años después, una paupérrima versión de la Fox ganó varios Óscares, y en 1958 se rodó en Inglaterra A Night to Remember, basada en la obra de Lord, una de las cintas más ajustadas a la verdad histórica.

La televisión ha producido un puñado de docudramas y el cine rodó varias novelas “titánicas”, como La camarera del Titanic (1997) y ¡Levanten al Titanic! (1980), basada en una truculenta obra de ficción de Clive Cussler. Finalmente, al monstruo hundido le llegó su mejor momento cinematográfico en 1997 con la superproducción de James Cameron, Titanic, que reunió un puñado de estrellas en torno a una trama de amor, celos y clases sociales a la que sirve de escenario el buque desfondado. Aunque es posible poner peros al argumento, se justifica como fórmula para una espectacular reconstrucción del naufragio, a la que ayudan las técnicas digitales, los efectos especiales y la habilidad del director.

Abunda también la lírica sobre el Titanic. El drama marino disparó el numen poético de comienzos de siglo XX, y los lectores tuvieron que soportar un naufragio de poemas que asolaban los correos de los periódicos. Durante meses, diarios y revistas acogieron los versos llorosos de quienes habían quedado hondamente impresionados por el episodio. La marea bajó poco a poco y a partir del estallido de la Primera Guerra (1914) el tema del Titanic quedó sepultado bajo los avatares de dos conflagraciones mundiales y un crac económico.

Entre 1915 y 1955, el Titanic prácticamente no se asoma más que a las pantallas de cine y el interés por su historia se adormece. Es entonces cuando se publica el libro de Walter Lord (1917-2002), que atrae de inmediato a los lectores y recibe toda clase de elogios por la calidad periodística y literaria del relato. Estrictamente documentado y elaborado mediante una técnica que, según un crítico, “contrasta trozos de hechos y de emociones de modo que transmite una vívida impresión de realidad”, sigue siendo el clásico insuperable sobre lo que ocurrió hace cien años en la posición 41,44 norte y 50,24 oeste.

La historia al detalle

La manía del Titanic no solo ha llenado el cine y la poesía. También la historia y la literatura. Hay decenas de libros que intentan dar nueva vida a los insucesos del 14 y 15 de abril de 1912. Unos pocos son relatos en primera persona y otros corresponden a investigaciones adelantadas por terceros. La Sociedad Histórica del Titanic, con sede en Estados Unidos, se ha encargado de publicar muchas de estas páginas en volúmenes autónomos o en su revista institucional.

Algunos textos son tan especializados que solo interesan a los fanáticos en el tema: por ejemplo, los materiales con los que estaba fabricado el casco. Colombia, modestamente, ha aportado un estudio sobre las bacinillas que viajaban en el trasatlántico (Ver La mica del Titanic, libro publicado en 2010 por el mismo autor de este artículo).

También abunda la literatura de ficción, base de muchas de las películas, como la ya citada novela de intriga internacional ¡Levanten el Titanic! y una francesa, Los hijos del Titanic, de Elisabeth Bouillon, que cuenta la historia de los niños que viajaban a bordo y que se salvaron en los botes mientras perecían sus padres.

Homenaje a la banda

El centenario despierta nuevas nostalgias. Una de ellas se recoge en el reciente disco y espectáculo de Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina La orquesta del Titanic, homenaje a la banda que tocó hasta cuando el barco se fue a pique. En la canción que lleva tal título, los dos populares músicos dicen:

Hasta que se inundó

de sal el diapasón del violonchelo

la orquesta del Titanic no dejó de tocar

El fox de los ahogados sin consuelo.

El espectáculo, el CD y la canción son unas más entre la multitud de obras musicales que ha inspirado la tragedia. Entre 1912 y 1913 se publicaron más de cien canciones dedicadas al episodio. En 1994 el compositor Gavin Bryars compuso un húmedo concierto titulado El hundimiento del Titanic. Tres años después, en abril de 1997, se estrenó el que era hasta entonces el musical más caro de la historia (10 millones de dólares). Este Titanic de Broadway no naufragó, pues ganó un premio Tony, pero hizo agua y nunca llegó a convertirse en un éxito de taquilla.

Una de las últimas aventuras teatrales relacionadas con la malhadada nave se estrenó en mayo de 1998 en Valencia, España. Se trata de una comedia psicológica en torno a seis pasajeros que viajan a bordo del Titanic.

Casi todas las canciones lamentan la desaparición del buque y alaban el heroísmo de sus víctimas. Pero una pieza folclórica del sur de Estados Unidos, interpretada por los Hermanos Dixon, se refiere al Titanic como una “vieja canoa” y recuerda que Dios es más poderoso que cualquier orgullosa máquina fabricada por el hombre.

Al final, este es el mensaje que más veces se ha extraído del hundimiento del Titanic en los cien años que han bastado para convertir una tragedia en leyenda y una leyenda en mito comparable a algunas grandes batallas de la Antigüedad o algunos sucesos de trascendencia milenaria.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de
Revista Mundo Diners en tu correo