2.2.22: Cien años de Ulysses

Ulises.
Ulysses, Shakespeare & Company, París, 1922.

Ulysses de James Joyce, que cumple cien años desde su primera publicación como libro (la edición de Shakespeare & Company apareció el día de su cumpleaños cuarenta, el 2 de febrero de 1922), está hecha para no leerse. Quizás su mayor logro sea haber convencido a la comunidad de letrados de que era una obra maestra, escrita por un genio artístico, y que, por lo tanto, no se le debe pedir ni más ni menos (¡ni siquiera hay que leerla!).

Un libro con el cual su autor burlonamente quiso dejar boquiabiertos a los académicos durante varios siglos corre el riesgo, en un siglo, de volverse legible solo a partir del filtro académico, el mismo que insiste en señalar cuántas referencias hay en una página determinada o cómo una línea en realidad es una cita de una cita de una cita. Por otro lado, una apreciación fresca de la novela de Joyce pone a prueba los fundamentos mismos de la literatura. ¿Cuál es la función de lo literario? ¿Ser un instrumento ideológico o ser el lugar donde se revelan las artimañas de la ideología?

La lectura de Joyce (¡en efecto no se le puede pedir más!) ofrece de todo. Por un lado, la sensación de que estás entrando a una catedral y, por otro, que estar ahí sentado, mirando un trabalenguas sinsentido, es una pérdida de tiempo. Tener una revelación trascendental, de repente, resolver una cuestión que te había estado molestando por mucho tiempo, pero sin la necesidad de tener que salir corriendo ni hacer gran cosa al respecto, eso (también) es la literatura.

Ulysses está hecho para no leerse porque otros ya lo han leído por nosotros. Una de las mejores maneras de experimentar el libro es escuchando la brillante versión en audio producida por la radio pública irlandesa, RTÉ, en 1982. La clave de esta versión es que pone en relieve una de las grandes inquietudes del autor y del movimiento de arte moderno al que perteneció: la relación entre las llamadas “alta” y “baja” culturas. Hay un tema con la puntuación (o la falta de ella) que vuelve compleja la lectura de Ulysses.

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Escucharla en la radio, gracias al trabajo de actores y actrices, y de quienes adaptaron la obra, permite hallar la precisión entre algo que estaba siendo dicho y algo que estaba siendo pensado; entre una broma y un insulto; entre una voz joven y una decrépita, una creyente y una incrédula. La versión radial separa el carácter experimental del texto de su “realismo”. Ulises, después de todo, es una novela sobre gente caminando de un lado a otro, en tiempo real, en el transcurso de un solo día; es sobre interacciones comunes sobre los asuntos más ordinarios. La versión radial permite separar las capas y capas de significados ocultos de su sentido como arte popular. Joyce no es nada sin todo lo que se ha escrito sobre él pero, asimismo, no es nada si no se lo lee (o escucha) al pie de la letra.

Los términos obra maestra y genio artístico incomodan. Lo fastidioso es que resuelven argumentos, cancelan conversaciones (“¿no has leído a Joyce? Ah, eso lo explica todo”). Es curioso, porque muchas veces el término genio está atado a la idea de originalidad pero, ¿no se suponía que Ulises estaba compuesta por miles de citas de otros textos? Entiendo qué es la originalidad así como entiendo qué es la experimentación en el arte, pero me gustaría que se les restara importancia, llegado a cierto punto. La novela de Joyce podría servir para que términos como originalidad, obra maestra y genio caigan por su propio peso, pero con frecuencia sucede lo contrario. Entre los escombros, en todo caso, quedan los comentarios.

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