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El ciberbullying: ese monstruo de mil cabezas que no duerme nunca

por Gabriela Paz y Miño

El acoso es una tortura silenciosa, sin horarios, aun peor que el bullying, pues el acosador puede ser quienquiera: un vecino, una amiga, un exnovio. Alguien que te sonríe en la cara pero en las redes te apuñala.

A cualquier hora. En horario escolar o cuando la jornada ha terminado. De lunes a viernes o durante el fin de semana. Al despertarse o al intentar dormir. En la calle, la casa, el bus. Por FB, Twitter, Instagram, TikTok, SnapChat, WhatsApp.

En cualquier momento puede activarse el sonido de la notificación. Un mensaje. Un nuevo post. Algún meme. Un like, varios retuits. Muchos emojis de jajaja (con lagrimitas, de tanto reír a costa ajena).
Y otra vez: la vergüenza. La ansiedad. La humillación. Y el dolor punzante de ser el sujeto de la burla colectiva y, en muchos casos, anónima.

ciberbullying
Fotografías: Shutterstock

Si el bullying en las escuelas y colegios es un problema lacerante, el ciberbullying —el acoso en el espacio virtual— es una de las más crueles, intensas y eficaces formas de hostigamiento. Al menos (y no es un consuelo), en un acto de acoso físico, la persona agredida sabe quién lo ataca, de quién esconderse o a quién denunciar, aunque esto último ocurra en la minoría de los casos.

En el ciberbullying el maltrato proviene de gente que se oculta en otra identidad o crea cuentas falsas. Y aunque en algún caso el autor tenga nombre y apellido, las incontables réplicas hacen que la agresión llegue desde todos los sitios y ninguno. Fuenteovejuna.

Al salir del espacio físico de una institución escolar, las responsabilidades se diluyen. La víctima se queda sola, aguantando en silencio, por miedo a las represalias.

No es una broma, aunque muchos rían. El ciberbullying produce efectos muy graves: ansiedad, disminución de la autoestima y la seguridad, estrés, y en los casos más extremos, ideas de suicidio. O suicidio. Un informe de la Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas reveló que el acoso escolar es la causa de alrededor de 200 000 suicidios al año, en jóvenes de entre catorce y veintiocho años.

De plaza pública a jungla

“Es la ley de la selva”. Así califica Christian Espinosa, director y fundador de Cobertura Digital, al acoso que se da en las redes sociales. “El ciberbullying lleva al espacio virtual un hostigamiento que no tiene límites ni horas y que utiliza los medios digitales para atacar a la víctimas por un tiempo indefinido y prolongado”.

“Los acosadores usan herramientas que cada vez hacen más difícil ubicarlos y responsabilizarlos. Cuesta mucho desde el punto de vista legal y psicológico. Es muy raro que haya denuncias”, dice Espinosa.

El ciberbullying tiene un sesgo claro: afecta más a las chicas que a los chicos. Un estudio de la Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR) y de la Fundación Mutua Madrileña muestra que, en España, el setenta por ciento de las víctimas son chicas. “Las estadísticas coinciden en estos porcentajes”, dice Espinosa. “Las mujeres están más expuestas. También cuando el acoso proviene de adultos a menores. Y hay edades en las que son más proclives a caer, sobre todo los doce años. Lamentablemente cada vez tenemos chicos más jóvenes en redes”.

Prevenir, la mejor medida

Celia Huertas, coach ecointegrativa radicada en Olot (Catalunya), explica que el ciberacoso tiene aristas muy complejas, precisamente por estar fuera del entorno escolar. La directora y fundadora de Reconnekta Coaching confirma que las redes sociales son utilizadas para difundir rumores, intimidar o amenazar a los más vulnerables, aunque en realidad la víctima puede ser cualquier persona, como en el mundo real. No necesita tener una característica específica. Cualquier cosa puede ser usada por el ciberacosador.

Sin embargo, Huertas pide ver el tema con un enfoque más integral: “Muchas personas usan las palabras víctima y victimario. Yo prefiero decir: persona agredida y persona que agrede”. Para esta experta el trabajo con las emociones es la mejor prevención. “Vaciar todo el dolor de las dos partes y hacer que una se ponga en el lugar de la otra”. Aunque reconoce que este protocolo se vuelve muy difícil de aplicar en el ciberbullying.

Sensación de falso control

Para Marta López García, psicóloga y psicopedagoga del Centro L’Espai, ubicado en la ciudad catalana de Granollers, el principal factor diferenciador entre el bullying real y virtual es la incertidumbre y el miedo que provocan en la víctima el anonimato de su o sus agresores.

“Cuando tú le pones cara a la persona que te acosa, esa información —independientemente de todo lo negativo— te da una sensación de falso control. Pero si no sabemos quién nos ataca, pensamos que puede ser cualquier amigo, vecino, familiar, exnovio. Cualquiera”.

Para combatirlo propone enfocarse en los espectadores. Los testigos pueden animar al acosador o rechazarlo, dejándolo solo. “En el ciberbullying esto no es tan evidente, pero existe. Estos ‘satélites’ pueden dar la voz de alarma. Si hay algún niño que sabe que un compañero de clase ha abierto un grupo de WhatsApp para reírse de otro, ha enviado una fotografía para menospreciar a alguien o ha creado una cuenta fake de Instagram, es vital que lo diga”.

Según Marta López García, la irritabilidad y el aislamiento progresivos son señales. “Si tu hijo o hija come cada vez menos, se encierra en la habitación, no cuenta nada en casa, cambia de amistades de forma radical… Todas estas son una serie de variables que pueden indicar que hay acoso”.

¿Cómo apoyar a las víctimas? “La terapia se enfoca primero en ayudarles a tomar conciencia de su situación y quitarles el sentimiento de culpa, pues muchas veces piensan que no han sido buenos amigos o que no han sabido relacionarse”. Se trabaja en la merma de la autoestima y en la inseguridad, así como en las aptitudes sociales, la inteligencia emocional y la asertividad”.

Ciberbullying en el Ecuador

El ciberacoso, llamado también hostigamiento, el acoso sexual y la extorsión sexual por medios digitales ya están tipificados como delitos en el Código Orgánico Integral Penal de Ecuador desde el año 2021. El acoso académico o escolar es una contravención con derecho a reparación integral.

Cecilia Medina, abogada, comunicadora feminista y asesora parlamentaria, comenta que en 2021 se reformó tanto el Código Orgánico Integral Penal como la Ley Orgánica Integral para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. El objetivo: combatir la violencia sexual digital y fortalecer la lucha contra los delitos informáticos.

“Tuvimos casos de adolescentes que publicaron las fotografías de los packs que se comparten entre parejas. Con estas fotos y videos se hacía ciberbullying y extorsión sexual”.

Ahora, a los artículos que plantean sanciones en los casos de acoso se añadieron textos para sancionar el hostigamiento a través de cualquier plataforma digital, sea entre adolescentes o en los casos de mayores de edad que acosan a menores. Los únicos inimputables son los niños. Los adolescentes pueden ser juzgados con la aplicación de medidas socioeducativas privativas de libertad que se cumplen en centros de adolescentes infractores.

El Código establece penas de prisión de tres a cinco años, cuando la víctima es un o una menor de dieciocho años, una persona con discapacidad o alguien que “no pueda comprender el significado del hecho o por cualquier causa no pueda resistirlo”. Las penas son similares, si alguien contacta con finalidad sexual a un o una menor de dieciocho años, por medios electrónicos. Igualmente, se prevé penas de prisión de uno a tres años en los casos de delito contra el derecho a la intimidad personal y familiar.

Monstruo de mil cabezas

ciberbullying

Mi hijo sufrió ciberbullying cuando tenía doce años, en un colegio privado de Guayaquil. Empezó en la pandemia, cuando las clases eran virtuales. Un chico se burlaba de los compañeros, haciendo fotos de las imágenes de Zoom.

Poco a poco se centró en mi hijo. Empezó a mandarle comentarios sobre su pelo, su peso, su forma de vestir. Primero por FB y luego por Instagram. Al principio mi hijo no le hizo caso, pero poco a poco se puso más nervioso. Nos contó lo que pasaba y nosotros hicimos capturas de pantalla para mandarlas al colegio.

Un día apareció una cuenta falsa desde la que siguieron los ataques. Mi hijo se empezó a sentir más afectado. Aunque sus compañeros lo defendían, él tenía miedo de las reacciones a esas publicaciones: los likes y los retuits.

El colegio sancionó al chico. Pero es frustrante, sientes impotencia de ver a tu hijo sufrir. Tratas de arroparlo, de abrazarlo cuando llora, de hacerle ver que él no es el problema. Pero los ataques vienen de tantas partes que es como enfrentar un monstruo de mil cabezas.

Ahora mi hijo tiene dieciséis años. Este chico ha desaparecido, pero él todavía lo sueña. Tiene miedo de que vuelva a pasar. Es un daño muy grave.

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Acerca de Gabriela Paz y Miño

Periodista y escritora ecuatoriana, residente en Barcelona. Ha trabajado como reportera, editora y columnista en medios de Ecuador, USA y España. Actualmente colabora de forma independiente en periódicos y revistas de su país de origen y de acogida.
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