Chuck Lorre, ríete y serás invencible. - Revista Mundo Diners
Chuck Lorre, ríete y serás invencible.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Chuck Lorre, ríete y serás invencible.

Por Juan Fernando Andrade.

Edición 454 – marzo 2020.


El escritor y productor Chuck Lorre ha creado, durante décadas enteras, varias de las comedias más populares de la historia de la televisión. Sus shows se han traducido a una cantidad enorme de idiomas y han conquistado audiencias en todo el planeta, pero su vida parecería ser la más interesante de sus tramas, sobre todo ahora que está reescribiendo la vejez.

Chuck Lorre, portando una gorra a favor de la campaña LOS INMIGRANTES HACEN A AMÉRICA GRANDIOSA en California, abril de 2019.

El último episodio de The Big Bang Theory, que se transmitió el 16 de mayo de 2019, fue el último de 279 y también el final de doce temporadas en el aire, lo que convirtió al show en la comedia de mayor permanencia en la historia de la televisión. Chuck Lorre, su cocreador, dice que la idea de una comedia sobre jóvenes-científicos-disfuncionales les llegó a él y a su colega Bill Prady cuando, conversando en una cocina sobre un nuevo proyecto, Prady, quien trabajó alguna vez como programador de computación, le dijo a Lorre que la gente que trabajaba con él era la más inteligente del mundo, genios absolutos, pero incapaces de calcular la propina en un restaurante (porque había demasiadas variables) o conversar con una mujer en un bar. “Ese es el show”, dijo Lorre. Y partieron. Años después, cuando el programa ya tenía millones de seguidores en todo el mundo y generaciones enteras de niños se enlistaban en clases de matemáticas avanzadas inspirados por algún capítulo, lo explicó así: “No sé lo que es ser un físico cuántico (por eso tenemos uno en el staff), pero sé lo que es estar en el mundo y no sentirse parte de él, conozco la soledad, y el intelecto no es suficiente para lidiar con la vida o las relaciones. Todos podemos relacionarnos con eso”.

Ya antes de The Big Bang Theory, Chuck Lorre había sido coronado como “el rey de la comedia” por una parte de la crítica (la que lo aprecia; hay otra que lo desprecia, y mucho). En 2003 estrenó Two and a Half Men, que partió con una audiencia modesta pero creció hasta convertirse en uno de los shows más vistos de su tiempo: algo que hasta ahora enorgullece a Lorre es haber competido en horario (lunes por la noche) con El aprendiz, el reality show que Donald Trump condujo por catorce temporadas, y siempre haberlo superado en rating; en su mejor momento, quince millones y medio de personas miraban el programa de Lorre cada semana. En rigor, Two and a Half Men también se mantuvo doce años en el aire, hasta 2015, pero digamos que en dos etapas, una protagonizada por Charlie Sheen (que arrastraba fanaticada, pero cuyo abuso de la cocaína lo hacía olvidar líneas de diálogo y, según Chuck Lorre, lo convirtió en un elemento peligroso para sus compañeros y sobre todo para sí mismo), y otra en la que Sheen fue reemplazado por Ashton Kutcher, una especie de alter ego noble y transparente. Pero esta segunda era, que intentó hasta el ridículo superar a la primera, terminó en el fracaso y el sinsentido.

Conozco a mucha gente que ha visto capítulos de Two and a Half Men o The Big Bang Theory, gente que incluso las siguió con devoción durante sus primeras temporadas, pero no conozco a nadie que haya visto una de estas series de principio a fin. Y es comprensible. Las situaciones se vuelven recurrentes, los personajes se estiran por encima de su propia lógica, los chistes comienzan a funcionar como variables recicladas y uno tiene la sensación de, llegado cierto punto, estar estancado en una especie de Dimensión reconocida donde la pesadilla consiste en vivir una y otra vez la misma historia.

Pienso ahora en una frase que Chuck Lorre dedicó a los críticos que atacaron Two and a Half Men: “Ellos odian nuestro éxito y creen que si se hacen los mártires algún día despertarán con un trabajo de verdad en el mundo del espectáculo”. Quizá me la dedicaría a mí también, aunque confieso que he visto sus comedias, y mucho, más de lo que debería, y reconozco que más de una vez he sentido eso que te hacen sentir los buenos cuentos: ese podría ser yo. De ahí que el método Lorre me impresione tanto. Su humor, a menudo, parece obvio y complaciente, pero es el resultado de una cantidad enorme de trabajo que él atribuye al respeto que siente por el público, al que considera más inteligente que cualquier equipo de guionistas, y al cariño con el que trata o maltrata a sus personajes. Así las cosas, somete a su equipo a jornadas extremas de escritura que empiezan meses antes de que se produzcan los capítulos de alguno de sus shows, que muchas veces se ruedan en paralelo (porque, dice, sin importar la experiencia que tengas, en la producción algo siempre saldrá mal, y la escritura es la única manera de que el tren siga andando); nunca añade risas enlatadas, siempre graba sus series frente a una audiencia (porque, dice, ama el teatro, la energía que el público hereda a los actores y, además, la risa en vivo es la única forma de saber si una broma funciona o no, y cuando una broma falla, la corta o la reescribe sobre la marcha). Lorre resume todo esto con una analogía: “Cada show es como un restaurante y cada capítulo como una visita a ese restaurante: si alguna vez te sirven un plato que no te gusta, jamás volverás a ese lugar”. Cuando uno escucha sus entrevistas oye frases como esta: “Trabajas, te encierras en un cuarto y trabajas mucho. Y rezas. Porque nunca hay suficiente tiempo para hacerlo”. O esta: “Trabajo desde una profunda sensación de inseguridad”. O esta: “El miedo y la desesperación son una gran motivación”. Y, no sé, parece que el tipo hubiera empezado a escribir hace quince minutos y al mismo tiempo se entiende perfectamente por qué lleva en este negocio más de treinta años.

Chuck Lorre dice que el gran tema de la televisión, o por lo menos de las comedias, es la familia (la que te toca o la que eliges), y él lleva todo este tiempo tratando de reconstruir la suya. Su padre trató durante varios años de mantener a flote un restaurante de su propiedad que nunca funcionó del todo y que finalmente tuvo que cerrar, algo que produjo un punto de quiebre en su personalidad: la rabia y la tristeza le partieron el corazón y lo arrastraron a una muerte temprana, apenas seis años después de la clausura del negocio, en 1970, cuando Lorre tenía solo dieciocho años.

Ya antes su madre se había visto obligada a trabajar en un almacén de departamentos para ayudar a la familia, así que Lorre pasaba mucho tiempo solo, encerrado en su cuarto, rasgando una guitarra. Poco después de la muerte de su padre, se matriculó en la Universidad del Estado de Nueva York, donde, según sus propias palabras, se especializó en rock and roll, marihuana y tomó varios cursos de LSD antes de retirarse en 1972. De ahí en adelante, con la meta de convertirse eventualmente en un compositor como su ídolo Randy Newman, se dedicó a trabajar como guitarrista donde lo contrataran. Tocó en bares, en clubes, en cruceros, en hoteles, en resorts congelados en Alaska, en matrimonios, en bautizos, y durante esa época tuvo una revelación: la gente que lo contrataba solo quería que el público bailara y sudara para que comprara más tragos, a nadie le interesaban sus canciones. Además de encontrarse en una situación en realidad apremiante, se había casado, tenía dos hijos y cada vez que uno de los pequeños tenía que ir al dentista la familia quedaba en la ruina. Necesitaba ganar más dinero.

Sin pensarlo demasiado, Chuck Lorre se convirtió en un vendedor puerta a puerta. Tocaba música por la noche y por el día vendía radios portátiles del tamaño de tarjetas de crédito (en realidad, dice, vendía cualquier cosa que pudiera comprar por cinco dólares y vender por diez). Un día, mientras intentaba venderle uno de esos radios a las empleadas de un salón de belleza, se dio cuenta de que en el piso de arriba funcionaba un estudio de animación llamado DIC, dedicado a las caricaturas, en el que trabajaban apenas quince personas. Tocó a la puerta y les preguntó: “¿Escriben cosas graciosas? Hoy es su día de suerte. Pueden contratarme” (el humor, dice, lo heredó del rock, “Hasta Dylan es un humorista”). No lo tomaron en serio, pero él se puso a escribir guiones que nadie le había pedido, se los envió y así los convenció de hacerle encargos. Su primer trabajo como escritor profesional, es decir, pagado, fue ocuparse de varios capítulos para la serie del gato Heathcliff (de mediana pero suficiente popularidad a comienzos de los ochenta). “Me pagaban 500 dólares por guion, estaba en el cielo”, dice Lorre cuando lo recuerda.

Luego de su experiencia en DIC, Lorre fue contratado por el estudio que producía una serie de dibujos animados para niñas, que por entonces tenía mucha sintonía, Mi pequeño pony, y allí se enteró de que, si escribía para gente real, es decir, de carne y hueso, podía formar parte del Gremio de Escritores de Hollywood, lo que entre otros beneficios le proveería de un seguro de salud que necesitaba desesperadamente para proteger a su familia. Esta, dice, fue la verdadera razón por la que empezó a escribir capítulos (otra vez, no solicitados) para series que ya estaban en el aire: en las noches, solo, cuando todos ya se habían marchado de la oficina. Eventualmente, el estudio lo despidió porque no tenía “la voz” precisa para el show de los ponis, pero para entonces Lorre ya había vendido guiones a series exitosas como Los años dorados o Miami Vice (de hecho, rechazaron la primera versión del capítulo que escribió para este último porque contenía demasiados chistes, pero él mismo se encargó de eliminarlos). Mientras tanto seguía componiendo canciones, pero el único de sus temas que se convirtió en un clásico fue un encargo, un tema para la secuencia de créditos de una serie animada que por esos días se dibujaba en un garaje: Las tortugas ninja.

Así, Chuck Lorre fue saltando de show en show hasta que aterrizó en Roseanne, una comedia conocida por un tipo de humor muy crudo, honesto, frontal, capaz de incomodar, pero también centrada en una familia que riñe principalmente con sus conflictos internos. La serie, cocreada por su protagonista, la comediante Roseanne Barr, tenía cuarenta millones de espectadores por semana cuando Lorre se integró al equipo de guionistas, y el nivel de exigencia era tan alto que fue despedido al cabo de dos años. “Roseanne ponía la vara muy alta, y eso me hizo un mejor escritor”, dice Lorre ahora, y debe ser verdad, porque su carrera se propulsó desde que salió de allí.

En 1993, tras ser enviado por un estudio a entrevistarse con mujeres de escasos recursos que mantenían a sus familias por sí solas (sin ayuda de niñeras, exesposos o familiares), creó Grace Under Fire, el primer show de la televisión norteamericana en afrontar la trama de la madre soltera, de clase baja, que trabaja y se las arregla por su cuenta; lo hizo en clave de comedia y consiguió un éxito inmediato. Luego pasó a las antípodas, y creó un programa para la glamorosa Cybill Shepherd, en el que la humanizó presentándola como una actriz más o menos olvidada que trata de retomar su carrera mientras, otra vez, lidia con su familia: fue la estrategia para establecer un lazo con el público. En 1997 cocreó Dharma & Greg, esa comedia romántica en la que una chica hermosa, de ascendencia hippie e instructora de yoga, encuentra el amor en un abogado de familia conservadora: otro éxito. Chuck Lorre, que también participaba como productor ejecutivo de sus shows, supervisaba las historias y escribía varios de los capítulos, parecía haber encontrado dónde hacer cosquillas a millones de personas, pero también cómo conmoverlas, porque después siguieron Two and a Half Men y The Big Bang Theory, y digamos que la colonización fue completa. Me pregunto si es porque, como él dice, todo lo que escribe está relacionado con la vida (su ritmo de trabajo le costó un divorcio, y una íntima y duradera relación con el alcohol, algo que se refleja en otra de sus comedias, Mom, protagonizada por la encantadora Anna Faris), no necesariamente al espectáculo, o porque todavía hoy, cuando en su cuenta bancaria debe haber suficientes ceros como para no tener que volver a trabajar un día en su vida, hay todavía en él ese miedo que sentía al principio, cuando no iba para ninguna parte: el miedo a quedarse parado sobre la nada.

La nueva creación de Chuck Lorre, que ya ganó dos Globos de Oro, se llama The Kominsky Method y no está en ninguna cadena televisiva sino en Netflix, lo que le ha permitido no solo jugar con la duración de cada capítulo, sino trabajar sin el peso que la censura ejerce sobre la televisión convencional: “Puedes mostrar gusanos brotando de un cadáver, ¡pero Dios nos libre de hablar sobre la sexualidad humana!”, dice sobre el tema. Y, a diferencia de sus series anteriores, él es el único creador, el único guionista, y rueda en locaciones reales, como si se tratase de cine, y no encerrado en un estudio: usualmente sus comedias suceden en cocinas, comedores, cuartos, y se levantan sobre las conversaciones entre los personajes. Esta no, o no del todo.

En una entrevista con el New York Times, Lorre dijo que llevó el show a Netflix porque es “un perro viejo con ganas de aprender un truco nuevo”, tiene 67 años y siente que es hora de hablar del tema, quizás a manera de entrenamiento; en la misma entrevista dijo: “Internamente no me siento así (viejo), pero vaya que lo soy. Así que estoy lidiando con eso. Es un sentimiento universal. Uno envejece y piensa ‘Hey, ¿qué me está pasando’?”. Y lo que está pasando es que Chuck Lorre, que ha escrito bromas durante décadas, ahora está hablando en serio.

The Kominsky Method, una comedia existencialista, gira alrededor de dos planetas, Sandy Kominsky (Michael Douglas, 76 años), un actor cuyos días de fama pasaron hace mucho y ahora se dedica a enseñar un método de actuación a jóvenes que sueñan con conseguir lo que él nunca terminó de conseguir; y Norman Newlander (un Alan Arkin, de 86 años, que se merece toda la gloria), su agente y mejor y único amigo desde tiempos inmemoriales: otra vez, su familia. La química entre ambos, sobra decirlo tomando en cuenta sus antecedentes, es incontenible, y a veces basta que se miren de cierta manera, que se dediquen un gesto en apariencia inútil, para remecernos la médula con su sabiduría. El mismo Chuck Lorre dice que la mayoría del tiempo es solo un testigo del oficio de estos dos maestros que, con sus intervenciones, mejoran cualquiera de sus guiones. Pero lo que sorprende o golpea son las situaciones en las que estos personajes se desenvuelven: aquí la gente se enferma, se muere, crece pero no madura, sigue sin entender su razón de ser, llega al tramo final de su vida, y se da cuenta de que no todo salió como esperaba y de que ya no hay tiempo para borrar los hechos y comenzar de nuevo. Esto es. Esto fue.

En 2007 la revista Entertainment Weekly llamó a Chuck Lorre “El hombre más enojado de la comedia”, por sus constantes enfrentamientos con la crítica, y lo definió como “misántropo”, “prolífico” y “perfeccionista”. Él no contradijo ninguna de estas afirmaciones, se refirió a un cambio en su carácter a partir de la muerte de su padre, y hasta les dio una declaración: “Pónganme en el paraíso y me enfocaré en algo que me haga enojar… en un nivel profundo, estoy programado para buscar algo que me preocupe y me obsesione”. Su obsesión, está claro, es hacernos reír, insistir en el gramaje de la familia, en lo mucho que, mal que mal, nos necesitamos: quizá porque él también necesita recordarlo. Y su nueva lección, de la mano de Kominsky, parece ser que hay que reír hasta el último suspiro. O, mejor, morir riendo.

]]>

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de
Revista Mundo Diners en tu correo