“Esconder tu fuerza y esperar el momento…”

Tras la debacle americana en Afganistán, China sabe que llegó la hora del abordaje

Fotografía: Shutterstock.

No hay una fecha exacta, desde luego, pero ocurrió en algún momento entre finales de la década anterior y comienzos de la actual: el rumbo de la relación entre las dos superpotencias mundiales, Estados Unidos y China, dio un giro de ciento ochenta grados, para pasar —por encima de desconfianzas y asperezas— de la integración económica creciente a una rivalidad en todos los ámbitos, que con rapidez está convirtiéndose en una confrontación dura y directa. Una segunda guerra fría. Y, así, el mundo es hoy, y lo será cada día más, un lugar menos próspero y, sobre todo, más peligroso.

Cuando ese giro ocurrió, China ya había resuelto llegar algún día a la cúspide del poder mundial. Tan sólo había que tener constancia y paciencia, siguiendo el precepto cínico y sagaz que, a finales de los años setenta, había establecido Deng Xiaoping para la política exterior de su país: “esconder tus capacidades y esperar el momento”.

Y, en efecto, China esperó el momento sabiendo que, desde su triunfo sobre la Unión Soviética y el derrumbe del socialismo, los Estados Unidos no habían sabido administrar su condición hegemónica y cometían error tras error, con una política exterior variable e indecisa, sin visiones de largo plazo. Era obvio, entonces, que su supremacía internacional iría decayendo con prisa y sin pausa. Y entonces China se lanzaría al abordaje.

Cuando Afganistán cayó en manos del Talibán, a mediados de agosto de 2021, el caos de la retirada estadounidense (una desbandada con tumulto y desorden que demostró que en veinte años los americanos no habían entendido nada del país al que habían ocupado en octubre de 2001) envió a China el mensaje rotundo de que la supremacía de los Estados Unidos en el mundo había terminado y, por lo tanto, de que había llegado el momento de lanzar el desafío final. Ya antes, durante los cuatro años agrios, erráticos y populistas de Donald Trump, había sido notoria la falta de rumbo cierto y, por consiguiente, lo declinante del poder americano. Pero lo de Afganistán fue la confirmación de todas las sospechas.

Al ganar Joe Biden la elección presidencial, en noviembre de 2020, fue posible suponer que los Estados Unidos replantearían su política exterior sobre bases más sólidas, restaurando las alianzas que Trump había estropeado e identificando las prioridades correspondientes a las nuevas realidades internacionales. Algo de eso ocurrió, por cierto: el nuevo gobierno reparó la relación de su país con sus socios de la OTAN, aumentó su presencia estratégica en la costa este del África y en el Pacífico Oriental, le dio una prioridad geopolítica al Asia, volvió con fuerza al multilateralismo, impulsó una acción global concertada contra el cambio climático y hasta se acordó de que existe América Latina. Pero, una vez más, la debacle de Afganistán hizo ver a los Estados Unidos como un gigante agobiado y tambaleante.

El objetivo número 1

En los días finales de 1978, Deng Xiaoping, quien estaba en la cima del poder chino después de haber sido purgado durante los años más radicales del maoísmo, anunció un programa de reforma económica al que llamó “socialismo con características chinas”, que incluía elementos de mercado distintivos del sistema capitalista. Y, así, desde 1979 China se abrió al mundo, sacó de la pobreza a varios cientos de millones de sus habitantes, creó una resuelta élite empresarial, multiplicó su clase media y, en definitiva, mantuvo una relación estable de complementación económica con los Estados Unidos. Y esa vinculación se mantuvo durante cuarenta años, hasta finales de la década anterior o comienzos de la actual.

Para las dos potencias fue una relación de beneficio mutuo: los insaciables consumidores estadounidenses tuvieron acceso a montañas de productos baratos, a la vez que legiones interminables de personas en China (y, también, en la India y en otros países del Asia Oriental) mejoraban año tras año su nivel de vida gracias a los mercados abiertos del Occidente capitalista. Las cadenas de suministro adquirieron una velocidad de vértigo y se regaron por todo el planeta. Era la globalización en su mejor expresión, que se profundizó cuando, tras el colapso del socialismo y la extinción de la Unión Soviética, la disputa ideológica desapareció y las dos mayores potencias se enfocaron en la economía.

China se enriquecía fabricando y exportando productos de consumo diario, de poca calidad y corta duración, pero baratos: camisas, zapatos, lámparas, radios, juguetes, licuadoras y, en fin, baratijas. Después llegaron teléfonos, computadoras, automóviles. Los Estados Unidos compraban todo y, aunque la balanza comercial bilateral les era muy desfavorable, también algo vendían, sobre todo alta tecnología y programas informáticos. Pero con el pasar de los años China empezó a producir bienes tecnológicos (como el sistema de telecomunicaciones 5G de Huawei) y, desde entonces, el comercio mutuo se enturbió: los chinos ya no quisieron depender de la ciencia occidental y los estadounidenses desconfiaron —por el riesgo de espionaje e intrusión— de los productos llegados de China.

En muy pocos años, la complementación se convirtió en rivalidad, a lo que contribuyó la radicalización política china dispuesta por Xi Jinping, su gobernante desde 2013 y ahora erigido en un emperador rojo dispuesto a volver a la ortodoxia marxista, incluido el internacionalismo y el afán de dominación mundial. Ahí están, como síntomas claros, la paulatina eliminación de la democracia en Hong Kong, las amenazas crecientes a Taiwán y la represión de la cultura musulmana uigur. Y están, además, la nueva Ruta de la Seda y las islas artificiales en el mar Meridional como avanzadas de una política exterior agresiva y expansiva que llevó a Joe Biden a declarar que la contención de China es en la actualidad el objetivo estratégico número 1 de los Estados Unidos.

“Puñalada por la espalda”

La irrupción de China como protagonista estelar de la geopolítica mundial hizo, en efecto, que para los Estados Unidos su zona prioritaria de intereses girara del Atlántico Norte al Pacífico, un desplazamiento en el que Australia, la India y Japón (sus socios en el llamado Diálogo Cuadrilateral, o QUAD) adquirieron una relevancia enorme, en detrimento de Europa, su aliado histórico. Y, por supuesto, los europeos de inmediato comprendieron que habían pasado a segundo plano: “Europa necesita aprender a manejar el lenguaje del poder”, según la preocupada confesión de Josep Borrell, el encargado de la política exterior y la seguridad de la Unión Europea, cuando confirmó que en el primer semestre de 2022 se realizará una cumbre continental de defensa para tratar de comprometer a sus veintisiete países en la conformación de una fuerza militar autónoma.

Es que si Europa aspira a seguir teniendo una influencia significativa en los asuntos mundiales, como la tuvo durante veinticinco siglos, desde la era luminosa de la cultura griega, es indispensable el respaldo de una capacidad militar autónoma, aunque sólo sea por su carácter disuasorio. El incomprensible ‘brexit’ británico dejó a la Unión Europea con una sola potencia nuclear, Francia, un país con cierta volatilidad política y donde no está asegurada la reelección en abril próximo del presidente Emmanuel Macron, un europeísta convencido. Una victoria de la derecha radical (con Marine Le Pen o con su estrella ascendente, Éric Zemmour) podría afectar el compromiso francés con la defensa común, con lo que la irrelevancia estratégica de Europa se precipitaría.

La tensión entre los Estados Unidos y China comenzó con las políticas restrictivas del expresidente Donald Trump y aumentó en la actual administración de Joe Biden. Ilustraciones: Shutterstock

Más aún, Francia (tanto como Alemania) se ha abstenido de emplear el lenguaje de guerra fría que se ha generalizado en el planeta al referirse a las tensiones entre China y los Estados Unidos. Las dos potencias europeas quieren colocarse en una posición de equilibrio, insistiendo en la urgencia del diálogo y la negociación. No obstante, los franceses son conscientes de que la expansión china afecta sus intereses en los océanos Pacífico e Índico, donde Francia tiene territorios y, por consiguiente, los considera parte de su área de influencia. Lo cual al gobierno estadounidense no le importó cuando les dio lo que los franceses describieron, indignados, como “una puñalada por la espalda”.

Ocurrió a mediados de septiembre, cuando el presidente Biden anunció la creación de una alianza estratégica, llamada AUKUS, integrada por Australia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, cuya primera acción concreta fue la transferencia a la marina australiana de tecnología estadounidense de propulsión nuclear para su nueva flota de submarinos. Esa transferencia implicó romper un contrato por cuarenta mil millones de dólares por el que Francia debía entregar a Australia treinta y dos submarinos impulsados por diésel.

Los franceses se sintieron ultrajados. Sus protestas, muy airadas, fueron respaldadas por los socios europeos, que renovaron su convencimiento de que su defensa debe ser autónoma, apartándose de la dependencia que tuvieron de los Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Incluso la posición oficial de Francia ya va más allá de la autonomía: el objetivo es ahora la “soberanía estratégica”, que empataría a la perfección con la aspiración del nuevo gobierno alemán, el de Olaf Scholz, de alcanzar la federalización de Europa. Nada menos.

‘Mi’ globalización

La creación de AUKUS implicó algo más que levantar una barrera para detener la expansión china en la región indopacífica: fue la confirmación de que, a medida que gane en intensidad la disputa entre las dos superpotencias, a los demás países del mundo les será difícil mantener la equidistancia. Todavía en 2018 Australia sostenía que “no hay por qué elegir entre China y los Estados Unidos”. Hoy está aliado a los americanos en el Diálogo Cuadrilateral, en AUKUS y, además, en el sistema de vigilancia global ‘Five Eyes’ (en el que también están el Reino Unidos, Canadá y Nueva Zelandia). Sin embargo, Australia ha asegurado que respetará todos los acuerdos de no proliferación: “se trata de propulsión nuclear, no de armamento nuclear”, según su primer ministro, Scott Morrison.

El tejido de una nueva red de alianzas occidentales demuestra el alto grado de inquietud que causa el talante expansionista chino bajo la conducción férrea de Xi, a quien la constitución de su país elevó ya al nivel de líder infalible, todopoderoso y perpetuo que tuvo Mao Tse-Tung. El ejército chino pasó ya de los dos millones de soldados (2’035.000, de acuerdo con las cifras del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos), la marina de guerra incorporó desde 2014 más portaviones, submarinos, naves anfibias y buques de apoyo que todos los barcos que tiene la flota británica y, según los datos del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, el gasto militar de la República Popular China creció más de mil por ciento a lo largo de los últimos veinte años y superó los doscientos cincuenta mil millones de dólares anuales, más que Reino Unido, Francia y Rusia juntos.

Incluso en temas de interés planetario, como la lucha urgente contra el cambio climático, China está empeñada en demostrar su desdén a todo entendimiento con sus rivales occidentales. Fue así que Xi Jinping le hizo un desplante a la Cumbre Mundial del Clima, que se realizó en noviembre en Glasgow, a la que ni asistió ni envió una propuesta digna de consideración, porque la suya fue una oferta muy modesta y con plazos largos para la reducción de las emisiones de carbono, a pesar de tratarse del mayor emisor mundial (casi treinta por ciento del total) y el mayor consumidor de carbón. El mensaje implícito de esa actitud fue categórico y, desde luego, amenazador: ningún objetivo internacional podrá alcanzarse sin China y, más aún, la “globalización occidental” no es la suya. China, en definitiva, quiere su propia globalización, diseñada por el Partido Comunista y dirigida desde Pekín. La mesa de una nueva guerra fría está servida.

¿Te resultó interesante este contenido?
Comparte este artículo
WhatsApp
Facebook
Twitter
LinkedIn
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo