Cesárea.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Cesárea.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración Luis Eduardo Toapanta.

Edición 425 – octubre 2017.

Firma-Ana-C-Franco1Desde que tengo uso de razón he escuchado a mi madre hablar de contracciones, de dilatación, de pujos. Cada que puede aprovecha para contar cómo fue la primera contracción, cómo pudo controlar el dolor respirando, lo que sintió cuando yo nací: fue, dice, el momento más feliz de su vida. Tal vez por eso siempre añoré conocer la maternidad. Creía que, al hacerlo, podía encontrar un secreto nuevo que habría estado durmiendo en mí. Algo así como descubrir un orgasmo. Me refiero a las posibilidades del cuerpo, de la feminidad, que abren las puertas de la mente y del alma. Por eso yo quería un parto natural. Dicen que los hijos, desde que nacemos, hacemos todo para complacer a las madres, hasta tener nuestros propios hijos. Los tenemos para ganarnos el amor de nuestros padres, así como ellos tendrán más hijos para ganarse el nuestro. Quería que mi madre estuviera orgullosa de mí. Pero sobre todo, yo misma quería estar orgullosa de mí. Quería ser fuerte. Sentir esa posibilidad de ser mujer hasta el extremo, vivirla en carne propia. Había escuchado a tantas mujeres decir que no habían sabido lo valientes que eran hasta que dieron a luz de forma natural. Yo también quería vivir eso.

Antes de estar embarazada las acusaciones que le hacían a la cesárea me molestaban. Me molestaban porque había una asociación entre el dolor y la feminidad que, a mi modo de ver, era innecesaria. Me molestaban porque creía que el sistema patriarcal se había encargado de reproducir la máxima “parirás con dolor” en la mujeres de hoy en día haciéndoles creer que eran “más mujeres” mientras más dolor fueran capaces de sentir. La mujer que tiene a su bebé por cesárea, pero que intentó un parto natural, es vista con cierta piedad, como una submujer, porque al menos lo intentó. Pero la mujer que decide tener a su bebé por cesárea, porque no quiere sufrir, es muy mal vista. No es solo mala madre, es pésima madre y un bodrio de ser humano. Estas ideas me indignaban. ¿Por qué para ser respetadas debíamos pasar por tanto dolor?, ¿acaso el dolor significa ser más mujer? Por todas estas ideas había pensado que, si alguna vez me embarazaba, daría a luz por cesárea, por pura bronca. Pero no fue así.

Al estar embarazada supuse que el parto, más allá de las explicaciones racionales, sería una especie de puente entre el embarazo y la maternidad, y presentía que en ese puente se crearía un vínculo entre la madre y el bebé. Tenía pesadillas en las que yo estaba ausente de mi propio parto, simplemente me entregaban al bebé y no sabía a qué rato había sucedido. Eso, exactamente eso, fue lo que sentí en la cesárea. ¿Por qué tuve una cesárea?, tal vez no dilataba, tal vez ya no había tiempo, tal vez simplemente no pude. Las razones ya no importan. Sentí que entré en el terreno de la maternidad perdiendo de entrada. Miradas compasivas y un dejo de “no pudo”. Aunque había pasado por el dolor necesario que al parecer es requisito para ser madre, había fracasado. Me habían partido la piel en miles de capas, me habían anestesiado dejándome una cicatriz que me llevaré a la tumba, pero yo no era valiente, yo no era “mujer”, yo, aunque tenía un bebé que se había formado adentro de mí, no era madre o no merecía serlo.

Era una perdedora. Una perdedora con una cicatriz que no me dejaba ni toser, con un cuerpo deforme y torpe que ahora debía atender a otro ser humano. Me dolía pensar que no me sentía igual que mi madre después de parir, feliz y realizada. No, yo me sentía partida, dividida, fragmentada, sola. Sin fuerzas, sin entender qué pasaba. Sintiéndome en ese estado, me trajeron a Lucas. Entonces nos miramos. Él con sus ojos que huelen a estrella me miraba y lloraba, yo con los ojos narcóticos, vacíos, cansados, lo miraba sin entender, pero lo miraba, porque su mirada era lo único verdadero que yo tenía, porque su mirada era como un hilo que conectaba los dos lados del abismo. Nos mirábamos como dos seres de distinta especie que no se entienden pero se miran. Que tienen miedo, pero se miran. Que no saben quiénes son, pero se miran. Que aún no saben cómo amarse, pero se miran.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Literatura

La literatura del yo

Por Daniela Mejía. Fotografías: Facundo Barisani y Madreselva Editorial. Edición 457 – junio 2020. Belén López Peiró es una de las escritoras argentinas contemporáneas más

En este mes

También esto pasará

Por Federico Bianchini Fotografías: Shutterstock Edición 457 – junio 2020. Desde Argentina, donde la pandemia aún no explota, nos llega un texto que revela el

En este mes

Literatura viajera

En los libros cobran vida aventuras, travesías e historias. “La literatura viajera es la más antigua del mundo”, afirma Paul Theroux, el destacado novelista estadounidense

Columnistas

La reacción

Por Salvador Izquierdo Ilustración: Diego Corrales Edición 457-Junio 2020 Y de repente, todo el mundo opinaba. La primera reacción que me llegó fue la de

En este mes

¿Eficaz como un insecto?

Por Juan Sebastián Martínez. Edición 457 – junio 2020. Para leer todo lo que se ha escrito acerca de la vida y obra de Franz

También te puede interesar

Columnistas

Deme el DIECIOCHO.

Por Patricio Crespo Coello. Edición 437 – octubre 2018. Si tres años de viajar cada semana en buses interprovinciales me han enseñado algo, es esto:

Columnistas

Todos somos peregrinos.

Por Diego Pérez Ordóñez. Ilustración: Tito Martínez. Edición 435 – agosto 2018. “El viaje es, para un espíritu noble, como un renacimiento.  Tiende a enseñarnos

Ana Cristina Franco

Primero de enero.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración Luis Eduardo Toapanta. Edición 429 – Febrero 2018. Tomar vitamina C, comer más fruta, hacer jugo todas las mañanas, con

María Fernanda Ampuero

Bendito Círculo

Por María Fernanda Ampuero El pasado Día del Libro fui invitada a hablar sobre mi experiencia lectora y escritora. De esto último se me hace

Ana Cristina Franco

Ingenio humano.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Edición 446 – julio 2019. A mis 33 años, entendiendo amargamente que soy parte del mundo adulto,

Ana Cristina Franco

Error de casting

Por Ana Cristina Franco En mi rico historial de hazañas amorosas, me he permitido conquistar a seres únicos. Hoy quiero recordar a tres. Empecemos por