Edición 425 - octubre 2017.
Desde que tengo uso de razón he escuchado a mi madre hablar de contracciones, de dilatación, de pujos. Cada que puede aprovecha para contar cómo fue la primera contracción, cómo pudo controlar el dolor respirando, lo que sintió cuando yo nací: fue, dice, el momento más feliz de su vida.
Tal vez por eso siempre añoré conocer la maternidad. Creía que, al hacerlo, podía encontrar un secreto nuevo que habría estado durmiendo en mí. Algo así como descubrir un orgasmo. Me refiero a las posibilidades del cuerpo, de la feminidad, que abren las puertas de la mente y del alma.
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