Fotografías Juan Reyes y archivo César Robalino.
Edición 426 – noviembre 2017.
César Robalino creció jugando índor en las calles de Guayaquil y es probable que allí, al estilo de Albert Camus, aprendiera muchas de las técnicas que lo iban a convertir en una estrella, no de los estadios sino de la política económica del país durante 50 y pico de años.
Kikuyo de primera generación, cepalino, autor del plan económico del Gobierno Nacionalista Revolucionario de Rodríguez Lara, muy relacionado con la banca privada y con el denostado FMI (que para él no tiene nada de diabólico y con el que firmó un célebre convenio) y, hasta hace poco, aguerrido presidente de la Asociación de Bancos Privados, desde donde enfrentó al estatismo delirante de Rafael Correa y logró impedir que abusara del dinero electrónico, a sus lúcidos 81 años afirma que no ha tomado un Anacín en su vida.
Quizá por ello, con su camisa celeste a rayas y sus carcajadas de mono extrovertido, se mueve por su amplia y despoblada oficina del World Trade Center con la soltura de alguien que ha jugado mucho tiempo en las grandes ligas. Para no desentonar mi pregunta inicial es un pase-gol al centro del área, que él resuelve de cabeza, por supuesto, pero adornándose con largas y sabrosas anécdotas que por razones de espacio no podrán constar aquí. Ni modo.
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