Cartas (fantasía entre la intimidad y la historia)
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Cartas (fantasía entre la intimidad y la historia)

“Dama en amarillo escribiendo”, Johannes Vermeer, c. 1665-c. 1666.

Por Fernando Tinajero

A juzgar por su atuendo y el mobiliario de su casa, la mujer no es una campesina, pero tampoco parece pertenecer a la aristocracia de su tiempo. Más bien parecería ser una sencilla burguesa: sabe leer y escribir, lo cual por sí mismo es un indicio de importancia, y el color de su vestido no permite dudar de su alegre juventud. Si la miro más de cerca, advierto que en realidad no es más que una muchacha. ¿Acaso está haciendo la tarea que un preceptor privado le ha prescrito? Podría ser, pero su mirada es otro indicio: al fijarme bien en ella, descubro que no puede ser sino la mirada de una madre, porque no aparta los ojos de su hijo —un pequeñito que debe estar ahí, a su lado, jugando sobre la alfombra ricamente trabajada por los tejedores de Utrecht—. No puedo verlo, desde luego, porque ocupa justamente el lugar donde yo estoy, es decir, el de cualquier espectador. Tal como en “Las meninas”, pero de un modo más simple, lo que da sentido al cuadro es algo que está fuera de él, como si el pintor hubiese querido lograr que quienes lo contemplen puedan formular el significado de la imagen al posar la mirada sobre el lienzo.

Pero la mujer no está cuidando por sí misma a ese hijo que imagino presente al seguir la dirección de su mirada: en realidad, ella está escribiendo. Se ha instalado frente a una mesa sobre cuyo tapete hay un cofre y, al fondo, algo así como un vaso o un tintero. No es una mesa de comedor y menos todavía una tosca mesa de cocina. No: es una mesa para escribir, lo cual también es un indicio de su posición acomodada. La mujer se encuentra frente a unos papeles y sostiene una pluma en su mano: la luz que desciende desde una ventana invisible ilumina ligeramente la escena. Es presumible que junto al niño se encuentre su nana, escogida quizá entre la servidumbre por ser la más dispuesta para la agotadora tarea de cuidar a un niño inquieto. No obstante, por el amor que siente hacia su hijo, la mujer no puede evitar el impulso de vigilar al niño y a su nana, interrumpiendo de rato en rato lo que escribe.

¿Y qué escribe? La expresión de su rostro no parece la de una joven escribiendo un poema, y menos aún una novela. Tampoco es la de quien hace las cuentas de un negocio. Nada de eso: lo que escribe la mujer es una carta. Me pregunto entonces, ¿a quién puede escribir esta joven que todavía no ha llegado a los treinta, pero ha tenido ya la inigualable experiencia de ser madre? ¿Un amante? Sería disparatado suponerlo porque nada en el cuadro lo permite. ¿Una carta a la madre? Podría ser. ¿O al albacea de una tía que acaba de morir dejándole cien florines como herencia? De ningún modo: la mujer viste un traje amarillo que está en la antípoda del luto. La mujer escribe, eso es cierto; lo que escribe es una carta, también lo es. Lo demás…

Lo demás es lo que puedo imaginar libremente. Entonces imagino que estamos en la primavera de 1621. La mujer ha recibido una carta de su marido ausente: está fechada cinco meses antes y le cuenta una batalla que se ha librado en los primeros días de noviembre. Es bien sabido que tres años antes, en mayo de 1618, Fernando II, emperador del Sacro Imperio, envió hasta Praga unos emisarios tratando de llegar a un entendimiento con los seguidores de Jan Hus y de Lutero; pero los pobres emisarios fueron tan mal recibidos, que terminaron arrojados por una ventana de la casa municipal. Por eso, ya no había más alternativa que la guerra, aunque la guerra ha demorado. Durante el invierno de 1619 las tropas han pasado estacionadas en algún lugar de Baviera, esperando las decisiones de la Liga Católica para atacar a la hereje Bohemia. Luego, la guerra ha llegado finalmente: primero se han producido varias escaramuzas en Baviera contra fuerzas alemanas de aquellos príncipes que apoyaban al reino de Bohemia; después, ha llegado el momento de atacar a Praga. Casi a sus puertas, en un lugar que se llama Bilá Hora, o Montaña Blanca, justamente al pie del palacio que los bohemios llaman Hvĕzda (Palacio de la Estrella), las fuerzas del emperador han vencido a los herejes de Bohemia el 8 de noviembre de 1620.

Agrega el guerrero en su carta que ha militado bajo las órdenes de Mauricio de Nassau, príncipe de Orange, donde ha tenido como compañero a un joven francés, excelente jinete y gran espadachín, que acababa de cumplir veinticuatro años. Se han amistado los dos, porque los dos son alegres y ostentan la condición de gentilhombres. Pero hace cerca de dos años, el 10 de noviembre de 1619, mientras estaban estacionados en Baviera, este joven perdió repentinamente la cordura, porque empezó a hablar de no sé qué fantasías: decía que la Virgen de Loreto se le había aparecido en sueños para encargarle reformar toda la ciencia. “¿Te imaginas una locura mayor?”, —dice textualmente el guerrero en su carta—, y relata que su amigo, llamado René, ya no piensa más en la guerra, aunque una vez, sí, reconoció que los bohemios tenían derecho de elegir sus creencias. Entonces le ha dicho en secreto que la antigua filosofía está equivocada y que él fundará la nueva ciencia. “En una palabra, está loco de remate —repite la carta del guerrero—, y ha dejado las armas después de la batalla. Aprovecho que pasará por Ámsterdam para enviarte esta carta. Trátale con delicadeza; su apellido es Descartes”.

¿Qué puede contestar a eso la mujer? “Tu hijo ha crecido mucho —escribe—; cuando al fin vengas y te dejes de tus correrías por el mundo, no lo vas a conocer. Vuelve, vuelve como ha vuelto tu amigo, que si ha vuelto no debe estar tan loco como dices, porque además es muy gentil. Vuelve, nos haces falta. ¡Qué te importa si la guerra llega a durar treinta años!”.

No sé si el guerrero regresó, y menos aún si existió; pero si la mujer hubiera escrito esas palabras, debemos reconocer que habrían sido proféticas, porque fue así como empezó la guerra de los Treinta Años. Supongo, sin embargo, que Vermeer no pensó en esa guerra cuando pintó este cuadro en aquel mismo año… En cuanto a Descartes, es seguro que nunca estuvo loco, pero la claridad de su razón nos metió en un camino que solo podía desembocar en el opaco mundo en que vivimos.

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