Mayo, hasta que se rompa el sayo, solíamos decir cuando el mundo era otro y los aguaceros que caían implacables durante todo ese mes amenazaban con dejar en jirones la ropa que nos protegía. En este mayo que comienza, sin embargo, otra lluvia, otro aguacero es el que nos ha tenido atormentados y al borde del desquiciamiento: ha caído sobre el mundo un virus que ha roto con las normas de vida a las que estábamos acostumbrados y nos ha empapado de miedo, desolación, desesperanza y muerte. Por eso, este mayo nos encuentra distintos: ateridos de frío, de soledad, de tristeza. Nos encuentra ateridos de muerte. El virus no solo logró traspasar la indumentaria, sino que llegó hasta los más recónditos rincones de nuestra mente y nos enfrentó a nuestra endeble condición humana, que creíamos superior: por algo habíamos llegado a la luna; por algo habíamos logrado prolongar los años de vejez; por algo habíamos reducido las distancias con velocidades insólitas que nos permitían estar un día aquí y otro allá, borrando las fronteras; por algo teníamos al alcance de la mano una pantalla que nos dejaba conjugar el pretérito en presente, navegar por lejanías sin levantarnos del asiento, conversar con los más ignotos habitantes del ciberespacio. Erigidos en dioses, devastábamos la tierra, hacíamos retroceder los mares, humillábamos las nubes con gases ennegrecidos y letales.

De pronto, un elemento invisible, de volumen infinitesimal, más endeble que el más leve suspiro, se ocupó de situarnos en nuestra real dimensión y, tras causar dolores insufribles, penas inenarrables, ausencias irrecuperables, nos humildeció, nos obligó a bajar la cabeza, a vernos reflejados en el espejo de nuestros egoísmos, de nuestras incesantes ambiciones, de nuestros lujos concupiscentes, de nuestras miserias y de todas nuestras culpas.

Y así, este mayo nos encuentra distintos, tan heridos que ni siquiera hemos tenido la posibilidad de visitar a nuestros enfermos, enterrar a nuestros muertos; tan solos, que ni siquiera hemos podido abrazar a nuestros hijos; tan aterrados, que el otro —cualquier otro— pasa a ser objeto de sospecha, adquiere la categoría de enemigo que con solo un ligero acercamiento puede obligarnos a pasar al bando de los apestados.

Este mayo nos encuentra distintos pero, al mismo tiempo, con la necesidad de hacer que la vida —nuestra vida, la de aquellos que tenemos todavía el bien de conservarla— siga. Por eso llega hoy a sus manos este nuevo número de la revista. Fue hecha desde el aislamiento, pero buscando que conserve el mismo espíritu con que nació hace viejos cuarenta años. Fue hecha para que nos acerque en nuestras inquietudes, en nuestras sorpresas, en nuestras revelaciones. Fue hecha con la pasión de quienes creemos que la palabra es un elemento indispensable para tratar de entender nuestro destino, nuestras frustraciones, nuestros sueños, nuestros abatimientos y nuestras rebeldías.

Ojalá usted, amigo lector, halle este número igual de interesante que los anteriores: esa será una señal que nos permitirá creer que, a pesar de todo, mantenemos latente la esperanza, encendida apenas como una frágil hoguera.