Carta del director

Juan Carlos Holguín comenzó a trabajar desde que estudiaba en el colegio y hasta ahora, al borde de cumplir los cuarenta años, no ha parado: ha creado veintiséis diferentes empresas, según le confiesa a Elisa Sicouret en la entrevista de este número. Obtuvo su título en Comunicación estudiando a distancia. Pero no fue todo: tiene una maestría en Políticas Públicas y otra en Gerenciamiento del Desarrollo; además, prepara su doctorado en Gobierno. En 2019 se postuló para alcalde de Quito y, aunque perdió, su capacidad de emprendimiento no disminuyó; mantiene nueve compañías en el país y en el exterior. Domina la tecnología, está involucrado en el mundo de las telecomunicaciones y durante la pandemia puso en funcionamiento un proyecto en beneficio del Ecuador. Su pasión por el fútbol lo llevó a ser apoderado de Antonio Valencia y hoy, mediante una fundación, presta ayuda a otros deportistas. Concibe la política como un servicio y, para cumplirlo, dada su juventud, le queda todavía un largo trecho.
¡Ah, la juventud! Y los sueños. Y las esperanzas. Hasta que, a veces, la vida los destroza y conforme aumentan los años llegan la soledad, las angustias económicas, el abandono. Y el maltrato. Hay muchas formas de discriminar a los viejos, tanto que esa actitud ya tiene un nombre, según revela Gabriela Paz y Miño en su reportaje: “El edadismo, las formas de discriminar a los mayores”. Los viejos (eufemísticamente llamados adultos mayores) muchas veces no son tomados en cuenta para las decisiones familiares por eso: porque están viejos. Y se cree, se supone —a veces sin ningún fundamento— que su capacidad de raciocinio se ha esfumado. Es un lugar común creer que por estar viejos no escuchan bien y se les grita. O se les habla despacito, como a niños: abra la boquita, bébase el juguito. Por viejos, se les niega un trabajo, se cree que no están en capacidad ni siquiera para decidir sobre su vida cotidiana. Mamiticos, pobrecitos, se asume que no tienen deseos y que hasta su sexualidad es cosa del pasado.
Como para demostrar la lúcida lucidez de un viejo, en este número, está el testimonio que Fernando Larenas alcanzó del maestro Álvaro Manzano quien, luego de dirigir por veintiséis años la Orquesta Sinfónica Nacional, se jubiló. Con júbilo, claro, que de ahí viene la palabreja. Pero Manzano seguirá yendo a la Orquesta, sin sueldo. Seguirá, de cuando en cuando, dirigiéndola con la misma energía de siempre, con el mismo carácter, con la misma personalidad, con el mismo talento. Y sin que nadie, sabiéndole jubilado, le diga: coja maestro la batutita, tenga la partiturita, le ayudo a subir al podio. Seguirá con el mismo entusiasmo con que recibió el último Premio Espejo, con que estudió en la Unión Soviética, con que creó la Filarmónica de Lima, con que estrenó la Séptima sinfonía del maestro Luis H. Salgado. Y todo, aunque está jubilado. Y viejo.
Y es que en realidad la vida no tiene nada que ver con la edad. Ese es su misterio. Esa es su sorpresa. Ante niños, jóvenes y viejos, la muerte llega y arrasa. Y conmueve, a veces hasta el delirio, tal como ocurrió con Diego Armando Maradona, de quien parecería que se ha dicho todo. Pero no: siempre habrá más, tal como lo demuestra Galo Vallejos en su artículo de este número. Amado y odiado, santificado y demonizado, el fantasma de Maradona seguirá flotando sobre el mundo por mucho tiempo más. Y mientras el número diez representará en el fútbol una mágica, inimitable, imposible manera de jugar, ante la vida personal del ídolo muchos seguirán sacando su tarjeta roja para expulsarlo del recuerdo.

MundoDiners
Enero 2021

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