Carrie en la noche de graduación
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Carrie en la noche de graduación

Por María Fernanda Ampuero

 carrie

El piloto anuncia que estamos próximos a aterrizar.

Súbitamente, al escuchar esas tres palabritas —Aeropuerto de Guayaquil— mi cuerpo sufre un proceso de decadencia vertiginoso: encanezco, engordo, bizqueo, me arrugo, pierdo pelo, los dientes se chuequean y amarillean, me sale celulitis hasta en la celulitis, la piel se me mancha, me crece bigote. Es tocar Pacha Mama y me devasto.

Yo así no me subo al avión en Madrid, allá la gente me dice que no parezco de mi edad, que estoy muy guapetona y más cosas de egoteca que me guardo para no caer pesada. Pero al respirar aire guayaco pasa algo, un maleficio, y aterriza una versión mía empeorada. ¿Se acuerdan de los nazis de Cazadores del arca perdida que se vuelven calaveritas en seis segundos? Así me bajo yo del avión: decrépita, desparramada, mórbida, vetusta.

En fin, jodidamente jodida.

Nada más tenerme delante, la gente-balanza o las balanzas humanas, llámenlos como quieran, me miran de arriba abajo y calculan mis libras como si estuvieran en el concurso de televisión El peso justo.

Díganme si no odian esta maldita frase:

—Te me has engordado.

Los ojos echan chispas, el cerebro hierve, aprietas los puños. Dan ganas de ser Carrie en la noche de graduación:

—¿Tú qué *erda tienes que opinar de mi peso? ¿Opino yo del tuyo? ¿Y qué quieres decir con que “te me” he engordado? Me he engordado yo sin la ayuda de nadie, *cha de tu *dre, ¡que ya ni eso puede hacer una sola!

Pero una, que es apocopada, se calla todas y cada una de las veces —decenas— en las que pasa esto. Parecería que lo único que hay que decirle a quien no ves hace tiempo tiene que ver con su peso. No “qué lindo encontrarte”, no “¿cómo has estado?”. No: gorda o flaca. Como si habláramos de reses.

Lo peor es que al pasar de los años ya no es solo la balanza, sino también la cosmetología:

—Mijita, esas manchas, esas arrugas, esos poros.

Y la ortodoncia:

—Mijita, esos dientes.

Y el diagnóstico precoz de la alopecia:

—Mijita, ese pelo ya le empieza a ralear.

Entonces empiezan a volar en tu dirección —como estrellas ninja— nombres y teléfonos de especialistas para ayudarte con tus problemas, tus graves problemas. Productos milagrosos con caca de tortuga, baba de garza, pipi de iguana y no sé qué otras excreciones de animales autóctonos se atropellan a tu alrededor. Los espontáneos gurús de la estética son como esos predicadores que parecen haberse caído en una olla de anfetaminas:

“¡Prepárate, el Día del Juicio está cerca!… ¡Y tú estarás feísima!”

—La hija de la prima de la vecina de mi cuñada tenía tu-mismo-problema y tomó Nosequélife y ahora está divina.

Porque, claro, es un problema: tienes arrugas y eso no significa que te has reído como una loca, que has gesticulado toda la vida y, lo más obvio, que ya te acercas a los 40, sino que tienes arrugas porque no te estás cuidando lo suficiente, no te estás queriendo, no te estás dejando ayudar, carajo.

“¡Arrepiéntete pecadora!”

A mí este discurso de la belleza, esta persecución a las que “se dejan” (¿conocen esa terrible frase: “Fulanita se dejó”, refiriéndose a que engordó o a que no se pinta las canas?), este apartheid estético me cansa y me fastidia, pero yo vuelvo a subirme al avión y como que me despresurizo: se me cae el bigote, la celulitis se me plancha, las manchas se repliegan, pierdo peso, agito una melena como la de El Puma, me vuelvo “guapetona”.

No es magia, en realidad es bien simple: recupero la confianza en mí misma.

La pena es la gente —las chicas— que se queda aquí y a la que sí le afecta ese imposible, repito, imposible canon de belleza que te quieren imponer desde la publicidad, la industria cosmética, la televisión, las revistas y las “bienintencionadas” que solo hablan de dietas y de peso.

Una nutricionista me decía que es francamente aterradora la cantidad de casos de desorden alimenticio en chicas guayaquileñas de entre quince y 30 años. Pobres. Lo entiendo. No debe ser fácil convivir con las balanzas humanas, esas que ni bien te ven te dicen:

—Como que te me has engordado.

Que dios me perdone, pero (grrrrrrr) qué ganas de ser Carrie en la noche de graduación.

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