Edición 441 - febrero 2019.
Llevo años posponiendo la columna que usted va a leer a continuación. No exagero. La primera vez que quise hablar de esto tenía unos veinte años, veinte menos de los que tengo ahora. Era joven y era cobarde, pero cuando todo lo demás se va volviendo frágil, la valentía se solidifica. Vamos allá.
Cuando yo era niña mi papá trabajaba en un matadero. Lo llamaban empresa comercializadora de carne. Eufemismo. Era un matadero. Mi papá no mataba a las vacas, pero sí se encargaba de que las vacas que mataban sus compañeros de trabajo llegaran a los supermercados y a las tercenas.
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