Carne.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Carne.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración: Maggiorini.

Edición 441 – febrero 2019.

Firma--75---AmpueroLlevo años posponiendo la columna que usted va a leer a continuación. No exagero. La primera vez que quise hablar de esto tenía unos veinte años, veinte menos de los que tengo ahora. Era joven y era cobarde, pero cuando todo lo demás se va volviendo frágil, la valentía se solidifica. Vamos allá.

Cuando yo era niña mi papá trabajaba en un matadero. Lo llamaban empresa comercializadora de carne. Eufemismo. Era un matadero. Mi papá no mataba a las vacas, pero sí se encargaba de que las vacas que mataban sus compañeros de trabajo llegaran a los supermercados y a las tercenas. Un día, un ternerito se escapó quién sabe cómo de la muerte. Cada cierto tiempo vuelvo a pensar en él y cada cierto tiempo le imagino nuevas formas increíbles de escapar. Ha sido mi fantasía toda la vida: él huyendo de la pistola de clavos (o lo que sea con que hayan matado a las reses en mi infancia). Un poco como Houdini, pero en ternerito.

Lo cierto es que el pequeño apareció en la puerta de la oficina de mi papá que estaba bastante lejos de la zona del camal. Su cabeza de niño grandote se asomó por el cristal, mi papá levantó la cabeza y ambos se miraron. ¿Han visto los ojos de un ternerito? Pues imagínense la sorpresa y la ternura de mi papá.

Hombre animalero como él solo, recolectó un poco de leche (la madre del ternerito estaría muerta o siendo ordeñada por succionadoras eléctricas para nuestro desayuno de leche y cereal) y se la dio como a un cachorrito. Fue un día de fiesta para mi papá. Lo acarició, lo alimentó, le puso nombre, lo dejó dormir en el suelo de su oficina y no le tomó fotos porque la cámara estaba en la casa, pero al llegar nos contó con lujo de detalles acerca de su amiguito y sus gracias. Es uno de los mejores recuerdos de mi vida, aunque yo no lo viví directamente.

Al día siguiente, cuando mi papá llegó a su trabajo, el animalito ya no estaba. Se lo habían llevado para convertirlo en carne y unos días después los compañeros de trabajo de mi papá le regalaron su piel curtida para que la usara de alfombra.

Yo no debería comer carne.

Tengo un amigo que trabajaba en cultura en Quito. En unas fiestas lo invitaron a sentarse en el palco de honor de la Plaza de Toros. En un determinado momento él escuchó llorar a un niño de pecho y se preguntó qué clase de idiota llevaría a un bebé a algo así. Buscó y buscó y no encontró ninguno. El llanto venía del toro. El toro lloraba de dolor y cuando mi amigo lo comprendió sintió que se moría. Se excusó y se fue de allí con la náusea y las lágrimas oprimiéndole el corazón.

Vivo en España, así que sobre comer carne y matar toros he escuchado de todo. Taurinos y antitaurinos, veganos y carnívoros: los conozco a todos y conozco, cómo no, sus posturas. Sé que, por ejemplo, los taurinos se defienden hablando de tradición, pero tradición también era comprar y vender personas negras o ejecutar a los presos en plazas públicas. Las tradiciones cambian. La sociedad evoluciona. Matar animales —previa tortura— por entretenimiento no parece ser sinónimo de fiesta.

“Si no te gusta no vayas”, dicen también los fanáticos de las corridas, pero es un poco como pretender que cerremos los ojos ante la homofobia porque no somos homosexuales o ante la xenofobia porque no somos extranjeros.

Yo como carne de vez en cuando y, para mucha gente, eso me inhabilita para opinar sobre la tauromaquia. Les doy la razón en parte. Mi incoherencia con este tema me genera una tristeza que no pueden imaginarse. Me gusta la carne y sé que para que esa carne llegue a mi plato tuvo que pasar por un matadero como aquel en el que trabajaba mi papá cuando yo era niña. Sé que cuando como carne como un poco del sufrimiento y del miedo de ese animal. Sé que la ganadería masiva destruye al planeta y a mí misma. Agacho la cabeza. Lo que no acepto es que alguien que come animales no pueda pronunciarse contra una práctica completamente evitable y, pido perdón, sangrienta y salvaje: las peleas de perros, de gallos y los toros.

Me resulta muy difícil entender cómo puede generar placer clavar espadas en el lomo de un ser vivo y verlo pelear por su vida y aplaudir cuando, exhausto de sufrimiento, cae en la arena. Tal vez soy muy tonta, ¿me lo explican?

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

En este mes

La muerte del pensador

Por Jorge Ortiz. Edición 459 – agosto 2020. El mundo, en especial la Europa demolida a cañonazos durante cuatro años, estaba convulsionado y desanimado como

En este mes

Los gatos y los escritores

Por Julia Gutiérrez. Fotografía: Shutterstock. Edición 459 – agosto 2020. En todos los tiempos los escritores se han sentido fascinados por los felinos. La literatura

Columnistas

Escamorfosis 2

Por Anamaría Correa Crespo A ver, retrocedan. Vuelvan al martes 31 de diciembre de 2019. Todos ustedes elegantes, afanosos, preparando su cena de fin de

En este mes

El cubo de Rubik

Es considerado el juguete más vendido del planeta, con más de 350 millones de ejemplares. Este año se cumplen cuatro décadas desde su lanzamiento y

En este mes

Ojo en la hoja

Edición 459 – agosto 2020. CatedralesClaudia PiñeiroAlfaguara, 2020, versión Kindle La reconocida escritora argentina Claudia Piñeiro publica esta novela ágil y aguda en la que

También te puede interesar

Columnistas

¡Basta!

Por Francisco Febres Cordero. Ilustración: Archivo de Dinediciones. Edición 445 – junio 2019. Ahí estaba el féretro, cubierto por la bandera ecuatoriana. Al pie, una

Columnistas

Ra-ta-ta-ta-tan

Un funcionario público de inferior jerarquía tiene, en la práctica, mayor poder que un rey. Y el usuario de un servicio que está al otro

Columnistas

Estrella Michelin y la de los virus.

Por Gonzalo Dávila Trueba. Ilustración: Camilo Pazmiño. Edición 444 – mayo 2019. La primera es famosa porque los galardonados son chefs que para cocinar escogen

Huilo Ruales

La excuelita

Por Huilo Ruales   1 Dos canchas de básquet y una de índor, más los contornos para carreras, los baños y el kiosco de las

Columnistas

La concentración.

Por Salvador Izquierdo. Ilustración: Diego Corrales. Edición 454 – marzo 2020. En ocasiones me cuesta mucho trabajo pensar. Me ha atraído leer sobre el problema.

Columnistas

Matar de hambre.

Por Rafael Lugo. Ilustración: Tito Martínez. Edición 451 – diciembre 2019. Hace pocas semanas la noticia de que la Rada Suprema de Ucrania había sancionado