Carlos Ycaza Paulson, un felliniano que nació dos veces.
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Carlos Ycaza Paulson, un felliniano que nació dos veces.

Por Tali Santos.

Fotografía: Amaury Martínez.

Edición 453 – febrero 2020.

Entrevista---1

Federico Fellini —lo dijo él mismo— nació en 1942 cuando tenía veintidós años y vio por primera vez a Giulietta Masina. Con ella se casó el cineasta, hizo películas, fue aclamado, se quedó “para siempre”, hasta su muerte en 1993. Un cinéfilo ecuatoriano, fanático suyo, también nació dos veces, aunque identifica dos momentos que se relacionan con un antes y un después en su vida: a los catorce años cuando vio por primera vez una película del director italiano y descubrió su obra; la otra cuando  artió de su ciudad natal, la Guayaquil de finales de los sesenta, se instaló en Nueva York, y encontró otro mundo real posible, más allá de aquellos de ficción que tanto le atraían en los libros que devoraba o en las películas que veía cuando se escapaba del colegio. Lo que bebió de ambos mundos lo ha dejado fluir en las vertientes de la comunicación y el arte por las que ha transitado: la televisión, el periodismo de entretenimiento, el teatro. A Nueva York la lleva consigo, pero retornó a Guayaquil; con el cineasta se quedó para siempre, porque —lo dice él mismo— no concibe la vida sin Fellini a su lado.

Carlos Alfredo Ycaza Paulson estuvo detrás de buena parte de lo que se produjo en la televisión ecuatoriana que surgió en Guayaquil entre 1978 y 2002 (Ecuavisa, Teleamazonas, Sí Tv, producciones independientes). En 1997 ya se había vinculado a la prensa escrita, a diario El Universo, donde, actualmente, es el de editor de revistas y de los espacios de estilos de vida y cultura. En 2012 empezó una relación con el teatro al que se involucró como director ocasional; desde 2016 impulsa la formación de artistas como presidente de la Fundación Albert Paulsen, Artes Escénicas, que lleva el nombre de su tío materno, actor de televisión, cine y teatro en Estados Unidos, el único ecuatoriano en ganar un Emmy.

De sus inicios, su trayectoria, la televisión, el entretenimiento y, por supuesto, de Fellini, conversamos en su departamento con vista al río Babahoyo, en una urbanización de Samborondón adonde se trasladó a vivir hace tres años, una vivienda en la que los libros abrazan casi todos los espacios.

—La historia de todas las personas empieza en un entorno familiar, social, de época específico, ¿cómo fueron los entornos en los que tú naciste y creciste?

—Una familia de tenistas, emelecsista (risas). No solamente tenistas, sino que mi padre era campeón de tenis, mi madre era campeona de tenis, mi hermana fue campeona de tenis, mi hermano Ricardo le ganó a John McEnroe a los dieciocho años, en el US Open en Nueva York. A mí, el hermano mayor, no me interesaba el tenis… Mi infancia ocurrió en una situación muy especial, era una familia donde mi padre era un rey de la vida, le decían el dueño del Tenis Club, de aquí de Guayaquil, el gordo Ycaza, se llamaba igual que yo, Carlos De Ycaza Coronel, pero a todos nosotros, sus hijos, nos quitó el De, porque él no quería que sus hijos vengan con esta peluconería del De, me imagino que debe haber sido eso, porque nunca me lo explicó, entonces, no éramos hijos suyos (ríe) porque nos quitó a los cuatro el De. A nadie le importaba, pero lo que sí importaba era estar en el tenis y practicar el tenis, entonces, me eduqué en medio de esto, en una casa que no era la nuestra, sino la casa de los abuelos, una casona vieja de madera, grande, en Panamá, entre Junín y Roca (centro de la ciudad). Mis juegos eran en el malecón, en un malecón donde todavía había césped. Cruzaba nomás una cuadra y ya estaba ahí. Uno llegaba a la casa y ahí estaba el cacao secándose en la calle, y las bodegas de abajo de la casa se las alquilaba mi abuelo a los que manejaban todos estos asuntos del cacao, ese olor (del cacao) me acompaña siempre.

—¿Cómo era para ti el Guayaquil de entonces?

—Era una ciudad de caminar y de ir al cine. Y de coger colectivo para ir al (colegio) Cristóbal Colón, tenía que cruzar la ciudad y hacerlo ida y vuelta en la mañana e ida y vuelta en la tarde, en medio de una infancia y adolescencia donde mi asunto personal se conectaba más a lo que mi familia no se conectaba; menos mi madre, que sí veía en mí estos intereses, me acolitaba y me compraba los libros que yo quería. Me regaló Tarzán de los monos cuando yo tenía diez años, y después descubrí que no es el primer libro Tarzán de los monos: hay dieciséis; entonces, jodí tanto que me compró la colección completa. Poco a poco, con los libros, yo descubrí lo que en la escuela no.

—¿Por una educación muy rígida?

—Era la educación religiosa y el sentido de la culpa y la confesión y de ir a misa todos los días; con eso, al principio, sí me conectaba un poco, pero al mismo tiempo estaba leyendo Las aventuras de Huckleberry Finn, porque de Tarzán de los monos pasé a Emilio Salgari y de repente estaba en Mark Twain. Eso fue mi formación y siempre, junto con las películas, mi otra pasión, de repente tener esta conexión con los sueños, con las fantasías, tan lejanas a lo que yo estaba viviendo en el Tenis Club y en el colegio, donde no tenía muchos amigos porque nunca fui muy amiguero…

—¿A qué se debía?

—A mí me gustaba la gente más rara del colegio, la que tenía intereses parecidos a los míos. Pero eso no quería decir que no tenía amigos que eran del tenis, pero yo siempre estaba un poco como fuera de lo que era la formación. No puedo olvidar a mi papá llevándome a los juegos de indorfútbol en el Tenis, que no me interesaba en absoluto, pero me llevaba porque él quería que esté de alguna manera vinculado a eso, y yo me sentía muy mal, no quise regresar  nunca más. ¿Qué podía hacer yo? Por eso, a los dieciocho años le dije me voy, tengo parientes en Nueva York. Tenía al tío Alberto Paulsen.

—¿Él era hermano de tu mamá?

—Hermano de mi madre. Ellos tuvieron una infancia, por el lado Paulson, sangre noruega, vikinga, muy triste, porque mis abuelos Paulson fallecieron cuando mi madre y sus cuatro hermanos eran muy jóvenes, quedaron huérfanos; entonces, el tío Alberto y el tío Alfredo viajaron a California muy jóvenes, en la época de la Segunda Guerra Mundial, y ambos se quedaron allá. El tío Alfredo, que es el que más mantuvo contacto directo con nosotros, me empujaba y me calentaba más los sueños de que me fuera a Nueva York.

—Por cartas.

—Por cartas, y también venía a Guayaquil. Mi padre no quería saber nada de que yo me fuera a Estados Unidos porque había tenido unos amigos que se habían ido y, en esa época, el que se iba no regresaba nunca más. Yo no pensaba que me iba a quedar, sino que quería otros horizontes, y lo pude hacer con este tío que fue una especie de mentor, que me consiguió los contactos para ir a trabajar en Nueva York en una compañía de relaciones públicas. Fui traductor para uno de los clientes de la compañía, el Colombian Center, una parte del Estado colombiano que estaba haciendo una difusión para introducir el café en Nueva York. Nueva York fue un antes y un después, lo tengo (anotado) en una libreta donde hago apuntes de las cosas que me pasan, no es un diario, es un registro y ahí he puesto: Carlos Ycaza, nacido en Guayaquil en 1947, nacido en Nueva York en 1968, que fue cuando me fui. Tenía veinte años. Imagínate en Nueva York en 1968.

—La Nueva York de los universitarios de Columbia.

—Ya había pasado cuando llegué, había un zafarrancho en la Universidad de Columbia, los jóvenes eran militantes de izquierda y no solamente por la cuestión política, sino por la cuestión anti Vietnam, había marchas…

—Y, en medio de todo eso, tú, un guayaquileño de Panamá y Roca.

—Viviendo solo en un huequito en West End Avenue. En esos tiempos era una ciudad en bancarrota y la gente no venía a vivir a Nueva York, sino que se iba de Nueva York. Yo me acuerdo que la estación del metro de Times Square, que tiene como cinco niveles, estaba todo grafiteada, sin aire acondicionado, la basura regada, los pushers que te vendían la droga delante de todo el mundo, una cosa infernal, y ahí habían escrito: “Dejad toda esperanza los que aquí entráis”, como en la Divina comedia, las palabras de Dante en la puerta de entrada al infierno. Entonces, eso para mí fue el antes y después de un estado mental. Billy Joel tiene una canción New York state of mind, que se quedó conmigo. Junto con el olor a cacao, que no lo perdí jamás. Nunca.

—¿Entraste a la universidad?

—Nunca en mis estudios universitarios pude obligarme a hacer los trabajos que me mandaban. Tanto en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guayaquil, que no terminé el año, como en las dos veces que ingresé en el City College (de la City University of New York). Aborté la universidad dos veces. Mi tío Alfredo me quería matar: “¡¿Cómo vas a venir acá y no vas a estudiar?!”. Yo sentía que mi educación estaba en los libros, en los teatros, en las películas. Me sentaba con el tío Alfredo, en su biblioteca y él tenía las obras completas de Vladimir Nabokov, y, claro, empecé leyendo Lolita, que era la novela del escándalo, y él me prestaba todos estos libros; mientras, el tío actor me presentaba gente increíble.

Dustin Hoffman y Anne Bancroft en la película El graduado.
Dustin Hoffman y Anne Bancroft en la película El graduado.

—¿Como a quién?

—Él vivía en un edificio muy bonito, en el West Side, que había sido de Randolph Hearst, el ciudadano Kane, y arriba, me contaba mi tío Alberto, había un penthouse donde llegaba el señor Hearst con (la actriz) Marion Davies, que era su pareja. Y un día yo llegué al lobby y encontré a mi tío Alberto sentado con Mrs. Robinson, Anne Bancroft, la actriz de El graduado, porque eran amigos de los estudios.

—Había pasado poco desde que se proyectó la película.

—Sí, eso fue en el 67, creo, y esto debe haber sido por el 71, porque ella tenía ahí un apartamento con su marido, el actor y director Mel Brooks, y así conocí a muchas personas, como Eli Wallach, el actor de El bueno, el malo y el feo, que era amigo personal de mi tío Alberto y con el que había hecho dos obras teatrales. Pero, fíjate tú, que en los años que estuve yo no lo vi trabajando mucho en teatro, lo que sí lo veía era en televisión de la misma manera como lo veía en Guayaquil. Recuerdo ser un niño de diez, once años, y que mi mamá me tocaba la puerta y me decía: “Carlos Alfredo, Carlos Alfredo, ven a ver al tío Alberto, que está saliendo en Combate” (1962-1967). Esa fue la primera serie en la que salió. Entonces, todo eso fue mi estado mental formativo (ríe). Y el que traje a Guayaquil después…

—Sentiste que no necesitabas estudios académicos.

—Mi tío Alfredo casi no me quería ver, en cambio mi tía Jackeline, que era psicóloga y profesora en la universidad, le decía: “Alfredo, déjalo hacer lo que él quiere hacer, él sabe”. Eso, ese sentido de apoyo y confianza, especialmente cuando se trata de la formación de alguien, que los niños y los adolescentes sientan que hay una persona que cree en ti, eso para mí es elemental.

—Tu mamá creyó en ti.

—Totalmente. Ella es la que me daba la gasolina, me compraba los libros, de donde no había plata, porque mi padre toda la plata dejaba en el Tenis Club.

—¿En qué trabajó tu papá?

—Él trabajaba en ventas, trabajó muchos años con maquinarias y vehículos, tractores, tenía muchos contratos en las provincias y se iba a los pueblos, y le encantaba la cerveza, hizo hasta un comercial de la cerveza Pilsener, el gordo Ycaza con la Pilsener en el Tenis Club…

—En Nueva York trabajaste en el Daily News, ¿cómo llegaste ahí?

—En ese momento estaba escribiendo para la revista Vistazo, tenía una especie de corresponsalía sobre los temas que me interesaban. A mí no me mandaban a cubrir las Naciones Unidas, sino que yo le decía a Xavier Alvarado (el director y propietario), hay una película de Alfred Hitchcock, de Coppola, hay esto o lo otro; y, de repente, yo estaba sentado, ¡sentado con Alfred Hitchcock, entrevistándolo! Ahora, no fue una entrevista de una hora, fue de ocho minutos, en una rueda de prensa para doce periodistas latinoamericanos. Al mismo tiempo, estaba trabajando en el Daily News.

Carlos Ycaza Paulson, junto al director de cine Alfred Hitchcock a quien entrevistó brevemente como corresponsal de revista Vistazo en Nueva York.
Carlos Ycaza Paulson, junto al director de cine Alfred Hitchcock a quien entrevistó brevemente como corresponsal de revista Vistazo en Nueva York.

—¿Cómo lograste que te contraten?

—Llegué por medio una persona de la compañía en la que yo trabajaba, que era novio de Kathleen Carroll, crítica de cine en el Daily News, y como él sabía que a mí me encantaba el cine, me dijo, habla con Kathleen, y ella me dijo: “Mira, aquí la única manera que tú puedes entrar, porque no tienes ni la universidad, es de copy boy, que es como de mensajero, y aquí vas a tener compañeros que son graduados de la universidad, es la única manera de entrar”. (Durante) ocho meses (truena los dedos), Charly, coffee, please, y yo tenía que salir corriendo (a servir). Entré a fines del 69. Tenía veintiún años. Había llegado en el 68 a Nueva York y estuve, exactamente, un año trabajando de traductor. Me aburría, me aburría. Eso es lo peor para mí, la peor desgracia de la raza humana es aburrirse. Yo no sé estar aburrido, si estoy aburrido desaparezco.

—¿Sabías qué querías hacer?

—Periodismo. Bueno, yo escribía de lo que me gustaba. Ya me veía en la sección que se llamaba Special Features, que era la sección del espectáculo, de la cultura. Estuve como tres meses en el Press-Room, en la Redacción, de ahí me trasladaron a Special Features y me empecé a conectar, y ahí estaba mi amiga Kathleen, entonces, ayudaba a traer corriendo algo al Daily News, y poco a poco, me comenzaron a dar notitas, pero era siempre en segundo nivel, era como un asistente de Redacción y, al mismo tiempo, escribía para Vistazo, de donde me mandaban un billetito (risas).

—¿Tenías contacto con Xavier Alvarado?

—Había una relación con Xavier que era muy especial, porque mi abuelo Paulson, en segundas nupcias, cuando murió mi abuela, se casó con una tía de Xavier, y entonces, mira las coincidencias de la vida, cuando me fui a Nueva York, en el año 1968, lo conocí, él acababa de inaugurar el Canal 2, y yo quería conocer el Canal 2, la televisión, y me invitó un día. Cuando me fui a Nueva York, me dijo: “Oye, ¿te interesa la televisión? Escríbeme, estamos en contacto”.

—¿Qué tanto avanzaste en el Daily News?

—No mucho, porque había un sindicato, en el que había cuotas, era una mafia, en el asunto de los inmigrantes hispanos y había que esperar que hubiese un puesto. Y Xavier Alvarado me hizo una propuesta para regresar a Vistazo, me pagaba lo mismo que me pagaba el Daily News, no me iba a regresar por menos, y eso, en aquel momento en el Ecuador, era un salario interesante. Pero, dos o tres semanas antes, me llama, así es el señor Alvarado, y me dice: “Oye, he estado pensando que, realmente, yo no sé para qué tú vas a regresar a Vistazo, si tú eres un hombre de la pantalla, tú tienes que venir al canal”. Así comencé mi regreso a Guayaquil en el 78.

—¿Qué te quedó de la experiencia en el Daily News?

—Había algo que yo siempre he vivido en Nueva York, el espíritu crítico, que es algo que lo llevo en la sangre porque lo vivía ahí, no solo en las páginas de Opinión. Cuando el presidente Ford se negó a darle ayuda estatal a la ciudad que estaba en bancarrota, el titular del Daily News (de octubre de 1975) fue: “Ford to City: Drop Dead” (muéranse) a toda la página; o sea, ese era el periodismo que yo viví, siendo un periódico totalmente de derecha, republicano al máximo, y el periódico de mayor circulación en Nueva York, más que el New York Times.

Carlos Ycaza Paulson, presidente de la Fundación Albert Paulsen con Albert Paulsen (actor ecuatoriano) y Billy Paulson a finales de los setenta.
Carlos Ycaza Paulson, presidente de la Fundación Albert Paulsen con Albert Paulsen (actor ecuatoriano) y Billy Paulson a finales de los setenta.

—De los pinitos en una sección del periódico de mayor circulación en Nueva York, ¿pasaste a Ecuavisa?

—Directo, regresé también porque me casé, porque mi esposa, que era mi amiga de Guayaquil antes de irme, se fue a Europa un tiempo y regresó de paso por Nueva York dos semanas, y, ahí fue, decidimos que nos íbamos a casar. Ella era una chica de Guayaquil y decía que tenía que ser con todas las de ley, entonces, vine acá, nos casamos, la secuestré, y se vino a Nueva York. La mitad de mi vida (en Nueva York) fui soltero y la otra mitad con Cecilia (Estrada). No tuvimos hijos en Nueva York porque nos gustaba demasiado la vida neoyorquina, en Manhattan, nos encantaba, especialmente a mí, la vida cultural, artística que había en la ciudad.

—¿Ella tenía intereses similares a los tuyos?

—Totalmente diferentes. Ella había estudiado Citología, veía en los microscopios los microbios y esas cosas, enseguida consiguió trabajo en el Roosevelt Hospital y ganaba más que yo, bueno, los periodistas siempre ganamos menos, pero ahí hacíamos buena dupla, y toda la plata volaba en el teatro, ballet y toda la cosa que era, realmente, mi universidad. Entonces, yo le decía eso a mi tío Alfredo y se escandalizaba más todavía. Aprendí más en el New York City Ballet viendo una obra de George Balanchine, el coréografo que todavía vivía ahí en esa época y salía en el intermedio y yo me acercaba y le daba la mano, no había selfis ni nada, pero, ¡qué maravilla lo que veía!

—¿Crees que no te faltó ese conocimiento estructurado que aporta la academia?

—¿La academia?

—Sí, para tu formación, decías: “Yo aprendo más yendo a los espectáculos”…

—A los libros, a la cercanía o a sentir mucho lo que implica una expresión artística y que se infiltre en tu sangre y te forme. Siempre he sido un poco obseso con esas experiencias, porque yo no concibo mi vida sin Federico Fellini al lado, porque vi una de sus películas cuando tenía catorce años, Las noches de Cabiria, e inclusive recuerdo a una tía que en una cena habló de esta película que era prohibida para menores de dieciocho años e impropia para señoritas, aquí en Guayaquil, entonces, dije, yo tengo que ir a ver esa película. Tenía catorce años y no sé cómo me metí, porque las pasaban siempre en el teatro Apolo, donde daban todas las películas francesas de relajo, así les decíamos en el colegio, y siempre había alguien en la taquilla que me dejaba entrar a matiné porque me hacía la pava del colegio, con dos o tres compañeros, nos metíamos a ver las películas prohibidas para menores de dieciocho años.

—Volviste a Guayaquil y te lanzaste a la televisión.

—La televisión, y la televisión con un alma mater que fue Ecuavisa, que confió en mí, en mis conocimientos. Me trajo de Nueva York y me soltó en una época en la que era el canal que desbrozaba el camino, que hacía cosas primero que los otros, y eso era porque Xavier, que era un periodista nato, me dio a mí, la otra parte, la del que él estaba afuera, pero donde él se metía también, absolutamente. Sabía de la telenovela tal y la otra, que esa no tenía rating, que la otra sí tenía, que no has visto la telenovela que está saliendo en Venezuela, para mí fue una experiencia increíble.

—El entretenimiento puede resultar muy político, tú decías antes de empezar la entrevista que hay cosas que están pasando en el país que no las vemos, y son las que ocurren en los espacios no institucionales, y el entretenimiento está muy conectado con lo cotidiano, ¿cómo manejarlo, hay mucha responsabilidad detrás?

—Para mí el entretenimiento no solo era la payasada y El Chavo del 8, para mí era también la parte cultural que yo veía en las calles de Guayaquil y lo poco que veía en los teatros; por eso, en el momento en el que salió (la obra teatral) Guayaquil superstar yo le caí encima y cuando llegó la oportunidad de sentarme con Tati Interllige (la productora) y diseñar algo con ella, porque ella fue la que trajo la semilla para trabajar con (el programa) Mis adorables entenados; entonces, comenzamos a desarrollar el concepto de una serie para televisión. El entretenimiento para mí, estando en televisión, era también ligar, no solamente lo que se compraba de afuera como entretenimiento, sino también lo nuestro, lo que había aquí y poder desarrollarlo.

—“Actuar es vivir con sinceridad en circunstancias imaginarias” es una frase que sintetiza el método Meisner, ese que ha impulsado el Estudio Paulsen de la fundación que tú presides, ¿nunca quisiste ser actor?

—Nunca. Nunca me interesó. Cuando estaba en Nueva York, habiendo escuelas de Cine, Teatro, nunca me metí. Con mi tío Alberto, que me presentaba a todos estos personajes, amigos de él, y oía sus conversaciones, me prestaban libretos de obras que se iban a hacer. Entonces, el asunto del teatro y de Meisner, y lo que él compartía conmigo como su aprendizaje, como yo no era de aprendizajes sino de gustos, no le paraba mucha bola. Mi primo Billy, que falleció hace pocos meses, el hijo del tío Alfredo Paulson, que era actor como el tío Alberto, estudió, también, en la escuela donde Meisner hizo su evangelio de la técnica, la Escuela de Teatro Neighborhood Playhouse de Nueva York. Yo iba allá a la presentaciones.

—Ahora impulsas la formación de actores.

—En el momento increíble en el que un chico, Marlon Pantaleón, que había llegado de Nueva York, me contó que él había estudiado en el Neighborhood Playhouse, que había estudiado la técnica Meisner y que había comenzado a dictar talleres aquí, en el Centro de Arte. Entonces, dije, cómo es posible que no se conozca eso aquí. Él comenzó de nuevo con este tema y yo lo ayudé un poco para traer profesores de Nueva York y desarrollar lo que el tío Alberto me dijo que fue su primer contacto con el aprendizaje actoral, que fue en el Neighborhood Playhouse con Sanford Meisner.

—Con tu esposa volviste de Nueva York y acá tuvieron hijos, ¿cómo ha sido esta parte de tu vida?

—47 años de casados (ríe) y seguimos vivitos. Es fuerte, tantas etapas. Me doy cuenta de que soy una persona tan apasionada con lo que hago que, por ejemplo, nunca me he considerado un buen padre, lo confieso, porque he tenido en mi cabeza tantas cosas. Ahora veo cómo se portan mis yernos con mis nietos, como yo nunca me porté con mis hijos, o sea, se dedican a los chicos. Una de las obsesiones que he tenido y me remite a Platero, porque esa fue parte de mi educación: para mí no es un libro de niños, sino sobre el niño que tiene que vivir dentro de nosotros siempre, que no se puede ir. Uno habla un poco de la inocencia, uno dice inocente porque esta persona no peca, no es ingenuo, está un poco como los ángeles, y no, es un estado de gracia, de advertir la vida. Eso hay que proteger, eso hay que cuidar, pero con fórmulas casi como la de los diez mandamientos, hay que proteger la niñez. No estoy hablando del abuso sexual, sino del estado general de un niño.

Carlos Ycaza Paulson, junto a su esposa Cecilia Estrada y otros miembros de su familia en una celebración reciente.
Carlos Ycaza Paulson, junto a su esposa Cecilia Estrada y otros miembros de su familia en una celebración reciente.

—Antes, la figura paterna solía ser ausente.

—Los papás tienen una tremenda responsabilidad. Por ejemplo, una de las novelas que también me marcó muchísimo es The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger, El guardián entre el centeno. El narrador es un chico de dieciséis años y él imagina que hay unos niños jugando pelota cerca de un abismo y que él, esto tiene que ver con un poema del escocés Robert Burns, creo, es el guardián del centeno. Los niños están ahí jugando en el campo y él está cerca del abismo para que los niños no se caigan, ese es el tema del libro, eso es algo que la gente lee sobre el libro, y no advierte un poco que el conflicto medular es lo que este tipo está sintiendo, y es que este chico, a los dieciséis años, se da cuenta de que él ya no es así, que está perdiendo ese niño que lleva dentro, y tiene una hermanita de diez años que aún lo tiene, entonces él quiere estar cerca de ella.

—¿Conservas algo de tu niño?

—Bueno, yo quiero ser el guardián del centeno, ahora tengo cuatro nietos y me siento con ellos como no me sentaba con mis hijos, y pienso mucho en mi país, mucho, camino por las calles y veo a los venezolanos, las familias, la pobreza, que ya no la veo en los niveles como la veía antes. Lo terrible es que, de lo que te estoy hablando, con la generación mayor ya lo perdimos, pero esos niños que están ahí, ¿qué mundo van a tener?

—¿Qué hacer como comunicador?

—Trato de que en mi trabajo siempre haya algún elemento que te deje algo, que no sea un simple entretenimiento, que es algo que me desmotivó cuando dejé la televisión, que se perdió un poco la oportunidad de poder hacer esas cosas, sino que había que estar con el rating y ganarlo con el impacto popular y olvídate de poner algo que realmente le quede a la gente.

Federico Fellini y Giulietta Masina.
Federico Fellini y Giulietta Masina.

—Fellini ha sido fundamental para ti, ¿por qué?

—Todo comenzó con esa película maravillosa Las noches de Cabiria, porque tiene que ver con la existencia; es la vida de una prostituta que vive esta vida negra, oscura, horrible, pero siempre llena de sueños y de esperanzas, de escapar, de hacer una nueva vida, de avanzar, pero todo sale mal. Al final, se levanta. Sale a la carretera y de repente salen unos chicos en bicicleta, tocando guitarra y ella llorando con la cara demacrada, y uno de ellos le dice: buona sera, y esa música de Nino Rota… El asunto es esa condición de vida, de sonreír. El otro día, el papa decía que la sonrisa hay que ponerla, esa sonrisa no me interesa, lo que Fellini interpreta ahí es mucho más fuerte.

—¿Qué es?

—Ahí capté algo en el cine y en la dramaturgia que me ha servido toda la vida, y es que uno tiene que seguir avanzando frente a lo que venga, estar preparado a todo, y lo que dicen los gringos: The show must go on. Hay que seguir. Recibí eso a los catorce años, se me quedó y me ayudó para seguir viendo y descubriendo.

A veces se sigue adelante, pero adaptándose, tal vez, por comodidad, ¿también es posible ver las cosas como Fellini?

—No tanto como él, sino que una obra artística, la auténtica, te tiene que llegar no solamente al intelecto. A mí me gusta sentirla en la sangre. O sea, lo que es muy intelectual puede ser algo que no entienda, pero que me llega, el arte tiene ese misterio que de repente tú te preguntas: ¿pero por qué?, ¿por qué lo siento? Me ha pasado con escritores, pintores, pero nunca trato de entender exactamente. La vida no se puede entender.

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