Carlos León, un psiquiatra en la pandemia
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Carlos León, un psiquiatra en la pandemia

Por Pablo Cuvi.

Fotografía: Juan Reyes y archivo Carlos León A.

Edición 465 – febrero 2021.

El quiteño Carlos León Andrade perte­nece a una estirpe de psiquiatras y psicólo­gos: su papá, dos de sus hermanas y dos de sus hijas se han dedicado a aliviar los pro­blema mentales de la gente.

León Andrade se especializó en Nueva York y México. Cuando volvió fue profe­sor en la Universidad Central y en la San Francisco durante años. Jefe del Servicio de Psiquiatría del hospital Metropolitano de Quito desde 1989 hasta hace poco, ha participado en innumerables congresos in­ternacionales, ha escrito muchos artículos para revistas especializadas y ha colaborado en textos de psiquiatría que se usan en otros países.

—Usted trae la psiquiatría en los genes. Cuénteme qué hacía su papá.

—Mi papá, Carlos León, era un médi­co psiquiatra nacido en Guaranda. Todo comenzó con la leche de la nodriza de mi papá. Mi abuela no le pudo dar de lactar y una señora que vivía al lado de la finca, en San Simón, había dado a luz al mismo tiem­po. El hijo de esta señora se convirtió en chaman y a mi papá le dio por la psiquiatría.

—¿Él trabajó con el famoso doctor Julio Endara?

—Sí, en el hospital San Lázaro, cuando era estudiante de Medicina. Luego obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans. El Ecuador tenía una especie de convenio con la Fundación Rockefeller.

(La fundación apoyaba también a la fla­mante Facultad de Medicina de la Universi­dad del Valle, en Cali, y Carlos A. León fue allá como jefe del Departamento de Psiquia­tría, desde 1955 a 1977).

—¿Usted vivió con él en Cali?

—No. Mi mamá se había quedado em­barazada de mí y cuidaba de mis abuelos. Cuando mi papá vino de Tulane con la pro­puesta de ir a Cali, se produjo una ruptura.

—¿Cómo así fue usted a Estados Unidos luego de terminar Medicina en la Universi­dad Central?

—Hice la rural en Galápagos y conseguí una beca para estudiar inglés en Vermont y aplicar para la especialidad en Estados Uni­dos. Como mi papá había estado allá, era fácil hacer conexiones. El doctor Nathan Kline me dio la bienvenida y empecé con la psicofarmacología en Nueva York. Es­tuve en el Rockland State Hospital y en el Manhattan Psychiatric Center. Luego, en un congreso hablé con el doctor Ramón de la Fuente, muy conocido en esa época, y fui a seguir el posgrado de Psiquiatría en la UNAM.

—¿Cómo andaba la psiquiatría en Mé­xico?

—Estaba en auge. Ramón de la Fuen­te había fundado el Instituto Mexicano de Psiquiatría, de investigación de alto nivel. Yo estuve en el hospital Español, fue una experiencia extraordinaria porque pude conocer la psiquiatría de hospital gene­ral, con distintas áreas. Había una de Ge­riatría, muy interesante, donde conocí a viejitos españoles refugiados de la Guerra Civil.

—Los republicanos, claro. Tendrían sus terribles traumas también de la guerra, ¿no?

—Con terribles traumas y con historias extraordinarias también. Unos anarquistas de corazón, de los de verdad, gente preciosa realmente, y en México fueron bien recibi­dos. Fue una gran experiencia. Luego pasé al Instituto de Psiquiatría donde investigué la psiquiatría de enlace…

—¿Qué se enlaza?

—Se hace el enlace entre el médico, el paciente y la familia que necesita apoyo psi­cológico también.

—En algún artículo suyo de El Comercio definía al cerebro como “una sinfonía de neu­rotransmisores”. ¿La clave de los trastornos está en los neurotransmisores?

—La base biológica está allí. En depre­sión, por ejemplo, hay una disminución de sustancias fundamentales para el estado del ánimo, como la serotonina, la noradrenalina y la dopamina. Son varios neurotransmisores que interactúan en el cerebro y determinan nuestra conducta también: la sexualidad, el sueño, el apetito, la ira, la alegría, todo está relacionado con el trabajo de estas sustancias.

La base de las adicciones, por ejemplo, está dada por una acción exagerada de do­pamina en regiones del placer. La adicción es la búsqueda del placer. ¿Cuáles son sus­tancias muy adictivas? La que le quita el do­lor como la morfina, la que le quita la ansie­dad como el Valium…

—Antes de la pandemia se hablaba mu­cho de la epidemia de los opiáceos en Estados Unidos.

—Claro, porque los gringos para cual­quier dolor daban opiáceos. La gente empe­zó a hacerse adicta, y después ya no les que­rían recetar opiáceos y tenían que ir a buscar heroína o lo que sea en las calles.

Alumno de la escuela Espejo, de Quito, Carlos recibe el diploma de manos del alcalde Julio Moreno.

ANSIEDAD, DEPRESIÓN, PÁNICO

—Se dice que la pandemia, el confina­miento, el estrés, todo eso ha generado otra pandemia de perturbaciones mentales.

—En parte es cierto porque el impacto que sigue teniendo y va a tener la pandemia no es solamente por la cantidad de muertos o de infectados. En la gente que ha tenido coronavirus hay secuelas de carácter nervio­so, hay alteraciones de carácter neurológico como dolor crónico, hiperdolor a nivel de terminales nerviosas, etc.; es pasajero, pero hay secuelas de depresión y ansiedad. Se ha generado un estado de incertidumbre enor­me en toda la humanidad.

Vivir confinados durante largos perío­dos no es acorde con nuestra naturaleza, estar aislado sin poder expresar afectos y demás va a producir consecuencias. Y va a producirlas en los niños que no han tenido contacto con otros niños ni han podido ir a la escuela. Y habrá enormes consecuencias por las crisis económicas que tienen que en­frentar miles de miles de gentes en todo el mundo.

—¿Qué ve usted en su consultorio?

—Los adultos jóvenes y adultos mayores, los dos grupos, como más conscientes de una serie de elementos propios de su edad, están muy temerosos; he visto mucha gente con mucha ansiedad relacionada al futuro, a los pagos, a la educación de los hijos, a tener que renunciar a cierto tipo de cosas.

—¿Cómo se manifiesta la ansiedad?

—Generalmente puede ser el comer mucho, el dormir poco, que se altere el sue­ño, que se altere el apetito, que se altere la energía de las personas, que estén extrema­damente tensas y, por lo tanto, se cansen con mayor facilidad. Algunas personas, propen­sas a la ansiedad, tienen crisis de pánico ante estas circunstancias.

—¿Lo que llaman ataques de pánico?

—El ataque de pánico es una reacción del cerebro ante un peligro inminente, como si usted sale a la calle en una noche oscura y asoman unos tipos con cuchillo. Su cerebro pone en juego una serie de mecanismos para enfrentar el peligro: pelear o huir, que son re­acciones básicas y para eso suelta una enor­me cantidad de noradrenalina, aumenta la frecuencia cardíaca, aumenta la respiración, aumenta la tensión muscular, usted se pone pálido porque toda la sangre va hacia los mús­culos para que pueda correr o pelear, en fin.

Si es que eso sucede frente a unos asal­tantes con cuchillo, usted tiene una explica­ción. Pero el ataque de pánico es que usted está yendo a su trabajo y de pronto su orga­nismo reacciona como si estuviera frente a una situación de peligro extremo.

—¿Por qué se da eso en el cerebro?

—Hay una respuesta muy exagerada a pequeños estímulos. Esto es genéticamente una enfermedad. Por lo general, ocurre en momentos especiales de la vida, cuando han perdido a alguien o están por perder algo valioso; por ejemplo, la enfermedad de un familiar podría desencadenar cri­sis de pánico. He visto gente muy pegada a su familia que se ha ido a estudiar en el exterior, y a los dos, tres meses tiene que regresar porque empieza a tener crisis de pánico repetidas.

—¿Cómo ha cambiado el tratamiento de los problemas de ansiedad y depresión desde hace unos treinta años. Me acuerdo que era famoso el Valium.

—En los años cincuenta Hofmann des­cubrió los ansiolíticos: el primero de todos fue el Valium, y aparecieron las benzodiace­pinas que son todos los derivados del descu­brimiento original del Diazepan o Valium, y que son medicamentos para la ansiedad. Hubo un tiempo que usaban mucho, espe­cialmente para la gente que estaba en trata­miento de alcoholismo, el Librium. Ahora es muy popular el Clonazepan. (Tose). Eh, estoy fumando…

—A propósito, ¿qué tiene el cigarrillo que tranquiliza a la gente?

—La nicotina tiene un efecto placentero, tranquilizante, mejora el movimiento intes­tinal, mejora algunas funciones intelectua­les. Por eso es tan apreciado y tan adictivo, es una de las sustancias más adictivas. Estoy fumando justamente uno de esos electróni­cos que solo dan nicotina y no humo.

—¿Cuál es la diferencia entre esas drogas de las que hablábamos y los opiáceos?

—Los opiáceos van a actuar sobre re­ceptores de dolor en el sistema nervioso, bloquean la posibilidad de sentir dolor; los ansiolíticos bloquean la posibilidad de sentir ansiedad. No hay nada más placen­tero que calmar o evitar el dolor. Por eso los opiáceos son tan adictivos, porque hay áreas de nuestro cerebro como la amígdala y hay un sitio que se llama locus accumbens que es el centro del placer. Entonces, algo que estimule el centro del placer hace que el cerebro diga “esto es rico y quiero sentirlo de nuevo”. Hay gente que se hace adicta a la comida porque es placentera, al sexo por­que es placentero… la base de la adicción es el placer.

DOCTOR, NO PUEDO DORMIR

—Otro de los trastornos de la pandemia es el insomnio. Y usted es experto en el tra­tamiento de los trastornos del sueño. ¿Cómo funciona el insomnio?

—El insomnio puede ser un síntoma o puede ser una enfermedad. De hecho, la depresión y la ansiedad se caracterizan por alteraciones del sueño: la ansiedad nos im­pide empezar a dormir; la depresión lleva incluso a dormir a veces más temprano, muy cansados, pero a las dos de la mañana nos despierta, es característico de la depre­sión despertar temprano, dos o tres de la mañana y tener dificultad de volver a con­ciliar el sueño.

—¿Y cómo se hace el tratamiento del in­somnio?

—Si es una enfermedad en sí, uno tiene que encontrar la razón por la cual no está durmiendo, muchas veces es gente que ha tenido cambios en los horarios del trabajo, y trabajan mucho en la noche y duermen en el día y después quieren volver a un sueño normal. O es lo que pasa cuando tenemos un jet lag por ejemplo.

—Contra eso toman la melatonina, ¿no?

—La melatonina es una sustancia que produce nuestro cerebro con base en la can­tidad de luz y de oscuridad, o sea, cuando hay luz no hay producción de melatonina, pero cuando no hay luz suben los niveles de melatonina y nos da sueño. En países como el nuestro, que tenemos doce horas de luz y doce de oscuridad, es raro que esa sea la causa de la alteración; pero en países con cuatro estaciones hay períodos en los cuales se necesita melatonina para regular eso.

—¿Y cuál es el efecto que causa el Zetix, la zopiclona?

—La zopiclona es un hipnótico; no tiene ningún efecto sobre la ansiedad, solamente produce sueño.

—¿Es adictiva también?

—No es adictiva pero produce acos­tumbramiento, es decir, una dependencia más de carácter psicológico, la gente ya no quiere demorarse en dormir sino dormirse casi inmediatamente. Si ha tomado usted más de tres semanas, es mejor que lo vaya reduciendo poco a poco.

Los doctores Jorge Forero, Carlos León y Jorge Ospina en el Congreso Mundial de Psiquiatría Biológica, Praga, 2011.

LITIO CONTRA EL SUICIDIO

—¿Cuándo se empezó a hablar de la bi­polaridad?

—En la Biblia ya hay, creo que el rey Saúl era un bipolar. Antes se hablaba de en­fermedad maníaco-depresiva. En esta enfer­medad el componente genético es altísimo.

—¿Se pasa de estados eufóricos extremos a depresiones agudas?

—De la euforia a la depresión profunda, es probablemente una de las enfermedades con más alto riesgo de suicidio. De los place­res que da la manía, después se cae en el in­fierno que es una depresión severa. Enton­ces, el rango de experiencias de esa persona es muchísimo más alto y, por eso, es que muchos bipolares, que han sido talentosos, han sido grandes creadores, grandes escri­tores o músicos.

—¿En la fase de la euforia funciona la creación?

—Durante muchísimo tiempo se ha li­gado la genialidad a la locura porque sí ha habido locos geniales, y muchos artistas que son gente de una enorme sensibilidad padecen esta enfermedad que les ha mos­trado el amplio margen de emociones que uno puede tener, muchísimo más que el resto de los seres humanos que no alcan­zamos esos niveles. Hay una discusión so­bre Van Gogh, por ejemplo, si fue bipolar o no…

—Hemingway debe de haber sido total­mente bipolar: era alcohólico terrible, pade­cía insomnio, se suicidó.

—Era totalmente bipolar, tuvo períodos de depresión severa. Estuvo hospitalizado en la clínica Menninger, justamente con una depresión severa, salió de la hospitalización y al poquito tiempo se pegó el tiro.

—¿El alcoholismo aumenta la depresión?

—Desde luego, porque aumenta la po­sibilidad de estimular zonas depresivas del sistema nervioso, es un depresor del sistema nervioso.

—¿Y cómo tiene la parte eufórica?

—Es un ansiolítico extraordinariamente bueno. Mucha gente terminó siendo alco­hólica porque el alcohol le quitaba la ansie­dad. Es muy bueno para la ansiedad, pero agrava la depresión.

—¿Desde cuándo se usa el litio para la bipolaridad?

—Litio se empezó a usar más o menos por los años cincuenta. Se observó que el carbonato de litio tenía un efecto sedante en personas que estaban con estados depresi­vos o de euforia.

—¿Es una sustancia natural?

—Natural. Bolivia tiene ahora las reser­vas de litio más grandes que hay en el pla­neta y se están metiendo la plata porque ahí están haciendo las baterías de litio. Pero el litio, que es bueno, bonito, barato y natural, es probablemente el mejor medicamento para el trastorno bipolar. Ahora, al ser una sal, hay que tener cuidado con el riñón…

—Recuerdo que algunas mujeres no to­maban litio porque les engordaba.

—Las mujeres, en general, no quieren tomar nada que les engorde, y los hombres no quieren tomar nada que les quite la li­bido. Con el litio se puede aumentar unos cuatro kilos básicamente por retención de agua, pero es un medicamento extraordina­rio y probablemente el que más suicidios ha prevenido en el mundo.

—¿El litio actúa como un cortapicos, ver­dad, como un estabilizador?

—Estabiliza zonas del cerebro donde hay una actividad eléctrica que está desor­denada en el trastorno bipolar, y ayuda a la neurogénesis y la plasticidad cerebral, que es la posibilidad de que, si se muere una neu­rona, encuentre un camino para sustituirla e irse para otro lado. Es un medicamento que ha sido de gran ayuda porque la depresión y la manía matan neuronas…

—Pero el alcohol y otras drogas también matan neuronas.

—Claro, un montón de cosas mata neu­ronas: la hipertensión mata neuronas, el al­cohol mata neuronas, el cigarrillo mata neu­ronas. Cuando llegamos a la vejez nos pasan la cuenta de todas las cosas que hicimos o dejamos de hacer y esa cuenta se traduce en cuántas neuronas se murieron, más o me­nos.

TOC, TOC, TOC…

—Ahora, pasando al trastorno obsesivo compulsivo o TOC, ¿cómo se genera eso?

—Es un trastorno genéticamente trans­mitido. Si es que usted tiene un papá que es temático, usted va a ser temático, no solo porque aprendió a ser temático sino porque tiene genes que le hacen temático. Aquí les decimos temáticos a los que son obsesivos de la limpieza, del orden, de una serie de cosas y ese cerebro que en ciertas regiones, especialmente frontotemporales, entran en una especie de duda y se quedan en la mis­ma cosa y en la misma cosa.

El TOC es la enfermedad de la duda, us­ted queda con la duda de si cerró o no cerró bien las puertas, de si cerró o no cerró bien el carro, y se regresa y revisa. El TOC está compuesto por un pensamiento que genera ansiedad y una conducta que tiene por ob­jeto disminuir la ansiedad y que consiste en revisar, chequear, verificar.

—¿La duda puede ser también por algo que usted hizo y considera que estuvo muy mal y se pasa repitiendo eso?

—Ese es otro tipo de obsesión, a lo me­jor dije algo que ofendió a tal persona y en­tonces la llamo: “¿Cómo estas, cómo has pa­sado, y no dije algo o hice alguna cosa mal”. He tenido pacientes que tratan de filmarse todo el tiempo para saber si hicieron algo malo o no. El pensamiento de duda de los obsesivos compulsivos puede ser tremenda­mente irracional. Como un chico que tenía que prender y apagar la lámpara de su vela­dor 120 veces porque, si no, la hermana se iba a hacer lesbiana.

—¿Cómo se los trata en general?

—En muchísimos casos, no en todos, la combinación de fármacos, terapia y psico­terapia es fundamental. La psicoterapia de carácter cognitivo conductual es de muchí­sima utilidad en los trastornos depresivos y en los trastornos de ansiedad.

—¿En qué consiste?

—En hacer conscientes las cosas, no ir al inconsciente como el psicoanálisis, sino tener un pensamiento más racional y apren­der a modificar el pensamiento distorsiona­do por la depresión o la ansiedad. El depri­mido piensa que todo le va a salir mal, que no tiene suerte, que las cosas son terribles, entonces, el terapeuta lo que hace es ayudar­le a pensar más objetivamente.

—¿En esta época de pandemia está fun­cionando ese tipo de terapias por Zoom?

—Tengo un grupo de terapeutas, de psicólogos con los cuales trabajo, y ellos sí están atendiendo y, claro, Zoom es una magnifica forma de mantener el contacto con el terapeuta. Una hija mía es psicóloga y hace terapia; ella es un poco más moder­na, y utiliza terapias mindfulness donde hay una combinación de meditación y terapia cognitiva.

—Usted fue jefe del Servicio de Psiquia­tría del hospital Metropolitano desde 1989. ¿Qué cambió de cuando usted empezó allí a cuando salió este año?

—El enorme cambio es la apertura a que el psiquiatra sea visto como parte de un equipo médico y se le interconsulte. Antes había una sensación de que el psiquiatra era solo para los locos, que tendría que estar en los manicomios no en un hospital general, y que las interconsultas eran para casos ya de agitación, de psicosis o de cosas así, no para otro tipo de enfermedades como ansiedad o depresión.

—¿Cuánto ha aprendido del ser humano en todos estos años de práctica? ¿Existe un ser humano feliz? ¿Existe la felicidad vista desde la psiquiatría?

—La psiquiatría trata de ayudar a per­sonas que tienen trastornos y enfermeda­des a vivir vidas más agradables o menos infelices en todo caso. He aprendido que hay seres humanos que son extremada­mente felices con muy pocas cosas, que las cosas no son las que dan la felicidad. He aprendido que hay seres humanos que son profundamente infelices rodeados de una enorme cantidad de cosas. La pande­mia también ha puesto en evidencia que probablemente necesitamos muchísimas menos cosas de las que creíamos que ne­cesitábamos; que podríamos tener vidas más simples y con menos apresuramien­to; que sí es cierto que nos podemos dar más tiempo para nosotros mismos y la familia…

—¿Cuánto ayuda la religión u otro tipo de cultos a lograr la paz interior, a tranquili­zar a las personas?

—Muchísimo, muchísimo, da envidia la gente que tiene fe porque no está tan sola como la que no tiene fe.

—¿Usted se incluye entre los que no tie­nen fe, que no creen en Dios?

—Me incluyo entre los que tienen gran­des dudas al respecto, pero me da envidia la gente que tiene esa fe, que sabe que hay alguien que la está protegiendo o que va a ayudarla en sus dificultades.

—Y que les da sentido a la vida también.

—Que les da respuestas a muchas pre­guntas que los otros seres humanos segui­mos tratando de encontrar.

—Usted fue profesor durante muchos años.

—Fui profesor del posgrado de Psi­quiatría de la Universidad Central, y de Psicofarmacología en la San Francisco y en la Católica. Tengo un programa de tele­visión en Telesucesos, con el doctor Galle­gos, en el que tratamos de difundir cosas sobre salud mental. Se llama Hablemos de salud mental, lo iniciamos hace como trece años para difundir temas como lo del li­tio porque hay gente que es, ¿cómo diría?, poco honrada, y tratamos de advertir al público de que no se deje engañar con ese tipo de cosas.

—También ha publicado muchos artícu­los y ha colaborado en libros. ¿En qué áreas se ha enfocado más?

—Ha sido más en la parte de psicofar­macología, que es probablemente mi área de mayor experticia en relación con mis colegas, por eso, iba a dar cursos en Ar­gentina y demás países. Depresión es otra de las áreas que me ha interesado muchí­simo; formé parte de un estudio multina­cional, multicéntrico, sobre el trastorno de pánico; también he hablado y publicado sobre eso.

—¿Estos libros circulan entre los médi­cos y personal especializado?

—Generalmente han sido publicados en revistas y también en textos como el de psiquiatría, por ejemplo, que se uti­liza en varias universidades de América Latina y tiene un par de capítulos míos. Otro libro sobre psiquiatría infantil que utilizan en Chile incluye un capítulo mío sobre psicofarmacología, una explicación del mecanismo de acción de los psicofár­macos.

—Se habla mucho de que dan Ritalina a los niños hiperactivos, pero hubo muchas críticas sobre eso.

—La Ritalina es un excelente medi­camento para los niños que tienen de ver­dad un trastorno por déficit de atención e hiperactividad. El cerebro de estos niños es como tener seis televisores prendidos al mismo tiempo, entonces no pueden atender a uno solo, son hiperactivos y por cualquier cosa se distraen. La Ritalina apaga cinco te­levisores y deja uno prendido; es un estimu­lante del sistema nervioso, pero le concentra en uno solo, mejora la atención, mejora el sueño.

Cuando trabajaba en el Instituto Mexicano de Psiquiatría, en los años ochenta.

TAMBIÉN LEO POESÍA

—Veo que es miembro de la Sociedad Ecuatoriana de Psiquiatría, de la Sociedad Americana, de la Sociedad Mexicana. ¿Cuál es la función de estas sociedades y asociacio­nes de psiquiatría?

—Es tener espacios donde los colegas puedan compartir y participar de activida­des de carácter académico generalmente o, a veces, de carácter gremial, como, en el momento actual, la Asociación Ecuatoriana de Psiquiatría que cuestiona una ley sobre salud mental hecha por unos psicólogos que por decreto quieren cerrar los hospita­les psiquiátricos y prohibir la utilización del electroshock, por ejemplo.

—¿Todavía se usa el electroshock?

—Desde luego que sí, salva vidas. Es el antidepresivo de acción más rápida que existe; es el método que utilizan para tra­tar a un paciente con una depresión severa y riesgo suicida muy alto. Claro que se da con anestesia y con relajantes musculares, no como en la película One Flew Over The Cuckoo’s Nest. La mala prensa que ha te­nido el electroshock ha hecho que la gente distorsione muchísimo. Y, claro, ha sido utilizado metafóricamente, como en la película maravillosa de Jack Nicholson en la que se está representando el fascismo y la enfermera y los médicos que hacen los electroshock como una forma de castigo a los pacientes.

La psiquiatría también ha sido usada por fascistas como Franco a favor de teorías estúpidas como las que tuvieron los fran­quistas en la época de la Guerra Civil. Y los comunistas en los archipiélagos de Gulag.

—Pasando a una cuestión más personal, ¿cuáles son sus hobbies?

—Tomo clases de escritura creativa con Mónica Varea.

—¡Ah, mire!

—Y participo en la tertulia literaria de Rodrigo Fierro, antes en su casa y ahora vía Zoom. Es un magnífico espacio para rela­jarse, compartir con amigos e intercambiar opiniones sobre los libros leídos en el mes. Me gusta mucho leer novela histórica y bio­grafías, leo poesía también de vez en cuan­do. Y juego golf.

—Ese es un tranquilizante un poco bur­gués, pero funciona.

—Es bastante burgués, la verdad, en países como el nuestro donde hay que ser miembro de un club para poder jugar. Cuando estuve en el Rockland State Hospi­tal, era un hospital tan grande que había una pequeña canchita de golf y uno de los pa­cientes, que era un ex Vietnam, daba terapia laboral y entretenimiento a otros pacientes. Ahí empecé a tomar clases de golf y me ena­moré, es realmente adictivo porque es muy placentero caminar por sitios agradables, muy relajante.

—¿Su esposa es ginecóloga?

—Mi esposa es ginecóloga y mexicana, tenemos juntos el consultorio. Curiosamen­te las pacientes más locas son las de ella y no los míos.

—¿Y sus hijos siguen la tradición fami­liar de la psiquiatría?

—Una hija mía es médica psiquiatra en Nueva York. Otra hija, que es psicóloga, está haciendo una maestría en Barcelona. Y ten­go una hija que es politóloga.

—¿Cómo le va a la politóloga? En la po­lítica ecuatoriana hay que ser psiquiatra más que politólogo.

—(Ríe). Ella se graduó en la Universi­dad de Boston, hizo una maestría en Amé­rica Latina y la emplearon después en una empresa de turismo que es la Booking.com. Pero la Booking tuvo que despedir a un montón de gente en la pandemia y quedó sin trabajo. Ella trabajaba desde Bogotá y atendía a parte de Colombia, Cuenca y Ga­lápagos, pero una enorme cantidad de hote­les quebraron, cerraron y demás.

—Lo cual aumenta las perturbaciones mentales de todo el mundo.

—Claro, eso es lo que le decía: las con­secuencias que va a tener la crisis económi­ca en la salud mental de la gente van a ser terribles.

Con su esposa, Patricia Espinosa, en el Taj Mahal, India, 2011.
Sus tres hijas en Xochimilco, México, 2018.
Desde la izq.: Karla, politóloga; Alejandra, psiquiatra; Daniela, psicóloga clínica.
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