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La cárcel y el privilegio

por Alicia Pérez Quito

Lo que pasa en esta historia es que una mujer libre visita a un hombre preso y así conoce detalles de la vida al interior de una cárcel. Por motivos de seguridad, hemos guardado la identidad de los involucrados. Dicho esto, los hechos que aquí se relatan vienen de primera mano y en voz de su protagonista.

La cárcel y el privilegio
Ilustraciones: Adn Montalvo E.

Primer día

Ahí estoy yo, vestida de pantalón blanco, camisa blanca y zapatos rosa. Asustada y orgullosa, sentada sobre una banca azul de lata en la celda del caporal, sintiéndome importante. Es la tarde de un sábado de agosto, hay un sol luminoso, hace calor. Por una ventana rota se escuchan las voces atiborradas de hombres encerrados.

Para entonces llevo un año y tres meses visitando la prisión con frecuencia. El preso al que veo es parte del grupo favorecido de la sociedad que se forma en el encierro. En la cárcel todo es un privilegio, todo se puede comprar, vender, consumir. En eso, la cárcel no es distinta a la calle, devuelve el reflejo de una sociedad atroz y desigual.

—Yo estoy preso hace tres años y todavía me quedan cinco; nos cogieron a mi mamá, a mi hermana y a mí, toda la familia está encerrada —me cuenta el caporal.

Es un hombre delgado, mide más de un metro ochenta. En sus brazos descubiertos carga a un niño de un año y medio que pega grititos espeluznantes. El ruido aplasta las palabras. El hijo del caporal nació en la cárcel y su madre también está presa.

En una pared pintada de naranja está colgada una televisión de 55 pulgadas en la que se reproduce un video de Anuel y Karol G. A la derecha hay un cuadro con caballos y vaqueros. Los gritos del niño son cada vez más fuertes, el padre quita el reguetón y pone dibujos animados. El niño se calma.

La celda es de 3,3 por 3,3 metros, tiene seis camas apretujadas en dos filas de tres cada una pero, eso sí, tiene un baño privado con agua caliente y un PlayStation. Hay Internet. Todos tienen celular, menos yo, porque soy ajena.

En la cama que está pegada al piso hay una pareja que se besa con devoción. La mujer está en tanga, aquí no hay vergüenza. Ella no viene de afuera, es una interna del pabellón de mujeres.

Nadie sabe que soy periodista. Aquí soy la visita de un preso. Ellos no saben que un día yo contaré esta historia. Vine a parar en la celda del caporal porque la Fiscalía hace una inspección en el cuarto donde vive el detenido que yo frecuento. Los guías penitenciarios, que son sus “amigos”, nos avisaron y decidimos esperar en la celda del caporal.

En la cárcel hay horarios según el pabellón al que pertenezcan los internos. Las visitas normales duran menos de dos horas. No es normal ni prudente que las visitas entren a las celdas. Pero yo pocas veces cumplo los protocolos.

*

Las primeras veces no me salto la fila; una fila que dura hasta tres horas, bajo sol o lluvia. Si entro a la visita a las ocho y treinta de la mañana, debo llegar a las seis o antes. Así ingreso con prontitud y el tiempo para ver a la persona que me espera es más largo. Si llego tarde, la visita es más corta.

A las seis con treinta de la mañana abren la tienda que está al frente de la cárcel. Aquí, por un dólar, encargan celulares, aretes, cordones de zapatillas, mochilas, capuchas, correas, todo lo que en la cárcel dicen que está prohibido. Funciona como un guardarropa.

Con el tiempo, las caras en la fila y en la tienda se vuelven familiares. La mayoría somos mujeres. Algunas terminan de maquillarse mientras esperan, otras hablan del tiempo que les falta a sus maridos para cumplir las condenas. Hay una rubia que siempre está fumando, en su mano derecha se lee, con dificultad, un tatuaje que dice FE. Nunca le pregunto su nombre, pero a veces me guarda puesto en la fila o yo se lo guardo a ella.

La cárcel es un lugar de trauma y miedo, donde se tuercen los sueños de los niños de cinco o seis años, donde los puentes se rompen y los cuerpos son un bien devaluado. Aquí, Dios no está muerto, pero tiene sus consentidos.

La cuarta visita

La cuarta vez que voy a la prisión recibo un mensaje de WhatsApp, el preso al que visito me dice que hoy no tengo que hacer la fila. Un fin de semana sin madrugar, he sido bendecida, pienso. El preso me dice que le avise cuando esté afuera, que todo está arreglado.

Acepto sin preguntar mucho. Esa mañana llego temerosa, golpeo la puerta de la prisión como se me indicó y un guía penitenciario me abre desde adentro. Abro la boca, con mis labios cubiertos de labial rojo y mi voz insegura digo: “Vengo a visitar a Salgado”.

—Siga, siga. No puede meter celulares ni dinero —me dice el guía.

Yo estoy limpia. Frente a la puerta principal hay una secundaria hecha de barandas negras. El preso está ahí, esperándome. Tiene puesto un jean azul que usa solo los días de visitas, una capucha verde y está peinado. Desprende un olor a perfume caro y a miedo, como el olor a ajo que segrega un bicho cuando se ve atrapado por una mariquita hambrienta.

La cárcel y el privilegio

A veces creo que los presos sienten miedo de todo lo que viene del exterior.

—Hoy puedes quedarte todo el día, hasta las tres y media —me dice él después de saludar.

Pregunto que cómo así. Hasta entonces yo no tengo idea de cómo son en verdad las cosas en prisión. Me dice que ya pagó la cuota.

—¿Qué cuota? —pregunto.

Me entero entonces de que a los guías de turno se les paga veinte dólares para que las visitas ingresen sin filas y se queden el día entero. Finjo calma, pero se me hace difícil disimular la desazón. Estoy molesta, pero no por eso abandono el privilegio.

Caminando entre las celdas

Caminamos con pausas hasta la celda nueve. Yo voy saludando a presos, visitas, guías. Desde una habitación del pasillo se extienden sonidos de rasuradoras eléctricas que se mezclan con la música del Gran Combo de Puerto Rico. Esa habitación es una peluquería carcelaria. Hay espejos, sillas giratorias, cuchillas. Todos estos objetos que en la prisión están prohibidos.

Los ecuatorianos nos hemos acostumbrado a que en las cárceles se encuentre de todo y pase de todo, hasta las masacres nos son ya cotidianas. Pero antes no pasaba. Y lo que pasaba, no se sabía.

Salgado y yo entramos a la celda nueve. Esta visita es distinta a las demás, al menos para mí: por primera vez me siento cómplice.

Él y yo nos sentamos en su cama. Salgado toma su celular, un Huawei que de seguro es último modelo, y pone música en un parlante gigante. Mi temperatura corporal aumenta, tengo las palabras agotadas, con mi mano izquierda toco el lóbulo de mi oreja derecha. Intento ser prudente pero no lo soy. Soy curiosa.

Hago preguntas. Tengo respuestas.

—Aquí todo necesita una cuota. Para participar en los talleres tienes que pagar diez dólares, te arriendan el espacio. Si quieres comida de afuera, tienes que traerles también a los guías. Si quieres meter un celular, tienes que pagar. Si quieres alcohol, necesitas dinero, pero lo consigues. Todo es posible —me cuenta Salgado.

En la cárcel nada está prohibido mientras tengas dinero, que a su vez es el camino hacia el poder. Los que tienen plata pagan por lo que necesitan, los que tienen poder usan la violencia. Es una cadena de débiles sometiendo a otros más débiles.

En la cárcel, como afuera, los que peor la pasan son los pobres, los ladronzuelos que están presos por robar un celular de cien dólares o vender unos cuantos gramos de marihuana. Ellos casi nunca pueden estudiar, no pueden ir a los talleres, no pueden comer galletas dulces y algunos ni quisiera pueden salir, aunque hayan cumplido su condena, porque no tienen un abogado o no tienen cincuenta centavos para usar el teléfono y pedir que alguien les tramite la libertad.

*

Algunos, como Luis, están encarcelados por mala suerte (por la mala suerte de nacer en una familia de marginales, de delincuentes, de pobres). Él vivía en el mismo pabellón que Salgado. Cuando lo conocí tenía en mis manos El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, iba a dejárselo a Salgado.

—¿De qué es ese libro, señorita? —Me preguntó Luis.

Es un libro de poemas, le digo, si quiere le leo uno. Asiente con la cabeza. Le leo un poema que se llama “Los nadies”. Al terminar, levanto la mirada y Luis tiene los ojos manchados de lágrimas que detiene para que no se caigan. La última frase del poema dice: “los nadies/ que cuestan menos/ que la bala que los mata”.

Luis me pregunta si puede darme un abrazo. Digo que sí.

—Nunca he sentido algo así, nunca nadie me leyó nada, si conocía esto antes quizá no me convertía en esto que soy —me dice Luis.

Él viene de una familia de ladrones, no lo supo hasta los ocho años, cuando por la rendija de una puerta vio cómo sus padres metían electrodomésticos a una bodega. Ese día descubrió que sus padres robaban.

Luis está preso por delincuencia organizada. Para esos días ya cumplió su condena, pero no podía comunicarse con su familia para que vayan a sacarlo. Luis no tenía acceso a Internet, no tenía celular, no tenía dinero.

En un papelito me anota un número de teléfono. Me dice que es de su hermana, me pide que por favor la llame y le diga que vaya a verlo. Yo le hago el favor. Su hermana me asegura que irá. Nunca supe qué pasó, Luis desapareció o al menos nunca más me lo crucé en el pasillo.

Salgado nunca recibió El libro de los abrazos, Luis se lo quedó.

*

Cada semana descubrí nuevos privilegios. Tres veces envié pizzas a la cárcel. Siempre eran dos, una para los guías, otra para Salgado. Cada semana me sentía menos culpable.

A veces, muchas veces, fui en días de no visita, los guías me dejaban entrar a cambio de bocaditos dulces, pasta de dientes o chaulafanes.

Para mí la cárcel fue un juego, el cuadrado donde me oculté de la realidad, donde la luz del sol pegaba distinto, donde los pájaros cantaban en otro idioma. Aprendí a pertenecer: por amor, por diversión, por miedo.

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Autor

Acerca de Alicia Pérez Quito

Periodista de crónica roja en Diario La Hora. Me gusta elegir palabras y escribir poemas. Trabajo la escritura con hombres y mujeres privadas de la libertad. Nací en Ambato en noviembre de 1991.
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