Capaya y Tomata

A Carlos no lo visita nadie. Cuando sus compañeros, los otros presos, reciben a sus familias, él tiene que salir a esperar en el pasillo o donde fuere. Son las reglas.

Cuando hable con él, me dirá que la cárcel es toda ella un infierno, pero que cuando Tomata aparece, ese infierno mejora, se refresca.

*

No hay pandemia. Es octubre de 2019, un mes agitado. Hace cuatro días terminaba el paro nacional ecuatoriano. En un pasillo largo y egoísta que conduce a la biblioteca de la cárcel de Ambato, hay una mesa improvisada con una tabla tríplex apenas pegada a la pared.

Carlos está en el extremo izquierdo, junto a la puerta de entrada. La impresión que tengo es la de ver en persona a un hombre que solo había visto en televisión, una celebridad del correísmo, un ciudadano acusado de corrupción.

 Saludamos. “Hola”, me dice. Se pone de pie y me extiende su mano blanca y anciana.

Es Carlos Pareja Yannuzzelli, Capaya. Lleva una camiseta tomate (hace muy bien el papel de preso), pantalones plomos y en los pies un par de Crocs viejos.

Tomata y Carlos. Fotografías: Cortesía

La celda de Carlos es la número 16. Tiene baño privado y agua caliente. Todas las mañanas, a las ocho, sale de ahí, va por el pasillo del pabellón 3, baja las gradas de metal hasta el patio y cruza una puerta negra que solo algunos pueden atravesar. Así llega a la biblioteca y se sienta al computador. Desde que está recluido, estudia Periodismo a distancia en la Universidad Técnica Particular de Loja.

A sus pies está Tomata, una perra color canela que tiene la cara pegada al piso de madera. Es grande, algo gorda y tiene ojitos tiernos. Él se agacha de vez en cuando, acaricia el lomo de la perra y vuelve al computador.

No mide más de un metro setenta. Por esos días tiene 63 años y enfrenta varios juicios: por corrupción, peculado, asociación ilícita y otros cuantos. Es el exgerente de Petroecuador, el exministro de Hidrocarburos del Gobierno de Correa.

Apenas lo vi, quise entrevistarlo. No hubo trabas ni contratiempos. Carlos dijo que sí. Aunque en la cárcel le permiten tener una mascota, no permiten el ingreso de cámaras ni celulares (al menos no a mí).

Mi grabadora de voz ha guardado esta conversación por dos años.

*

La cárcel de Ambato queda al sur de la ciudad, sobre la avenida El Cóndor. Está junto al mercado América, desordenado y sucio, sede del comercio informal, donde se venden y abandonan perros y gatos todos los lunes de feria.

Carlos fue trasladado a esta prisión desde la cárcel de Cotopaxi el lunes 24 de junio de 2019. Nació en Guayaquil en julio de 1956, y su madre, Yolanda Yannuzzelli, murió en el mismo puerto en febrero de 2017, a los 92 años, mientras su hijo se encontraba prófugo de la justicia. Carlos se entregó en agosto del mismo año.

El miércoles 23 de octubre de 2019, seis días después de nuestro primer encuentro, Carlos y yo estamos sentados frente a frente en un aula de cuatro por cuatro. Hay una ventana amplia por la que entra una luz limpia que viene de otro lado. El techo es alto, las paredes alguna vez fueron blancas. Él sigue vestido de preso.

Prendo la grabadora pero, antes de empezar, Carlos saca de una funda blanca unas galletitas y un cartón de leche; vierte la leche en un recipiente de plástico que está en el suelo. Es el desayuno de Tomata.

Carlos me dice que su amistad con Tomata fue planeada por una especie de seres celestiales, que la perrita aparece cuando está deprimido, más deprimido, cuando él más la necesita.

—Dicen que los perros tienen una orientación muy desarrollada. Pero no creo que Tomata haya podido venir de tan lejos sola, tuvo que ser guiada por un ángel.

Carlos y Tomata se conocieron en la cárcel de Latacunga. Él no recuerda qué día fue, pero sabe que fue un día especial, de un sol luminoso. Tomata era una perra callejera, desconfiada por naturaleza, inteligente por necesidad; y conquistarla no fue fácil.

Tomata entraba y salía de la prisión junto a otro perro, Tito. La cafetería de la cárcel de Latacunga se llamaba El Tomatito. Los presos dividieron el nombre y bautizaron a las mascotas.

Tomata llamó la atención de Carlos porque era amiga de un anciano, solitario como él, que escribía todos los días en un patio.

—Tomata lo quería mucho, lo acompañaba mientras escribía. Él estaba aprendiendo. Nos hicimos amigos, me dijo que no se podía morir sin saber escribir. Se iba antes de las tres y Tomata se iba con él. Tomata lo adoraba.

La perra no se dejaba acariciar por Carlos. Sol, una amiga también presa, le contó que a Tomata le gustaban las rosquitas de pan. El proceso fue lento, dice él. Le llevaba las rosquitas todos los días, pero ella reaccionaba con indiferencia. Hasta que un día se las comió y movió el rabo como diciendo: Gracias, bienvenido a mi vida.

Así se volvieron inseparables. Pasaron tres meses. Ella lo esperaba en el patio todas las tardes, a las doce con cinco minutos en punto.

Carlos dice que lo peor de estar en la cárcel es la soledad. Que en Latacunga bajó treinta libras porque la comida era “atroz”. La soledad, repite, es lo peor. Que Tomata llegó a amortiguar su soledad. Carlos dice que a veces —como todo el mundo— perdía la fe, pero que la recuperaba a través del animal.

Una tarde, Tomata desapareció.

—Fui y no estaba. Pregunté y me dijeron: Por ahí está. No la encontraba. Me pareció raro, raro, raro.

Carlos se enteraría luego de que un coronel echó a los perros a la calle y que se los llevaron a una finca, a 45 minutos de la cárcel.

—Me quedé helado, sentí un golpe muy duro. Pensé que no la vería nunca más. Me sentí solo otra vez. Regresó el dolor.

*

Cuando Carlos era niño tuvo un perro llamado Rudy. Dice que se querían mucho porque estaban siempre juntos. Pasó su infancia soñando con ser ministro. Carlos olvida por unos segundos que está preso. Su mirada parece lejana y habla como cualquier adulto que recuerda lo que soñaba ser cuando era chico.

—Yo creo que era un niño bueno y también creo que soy un hombre bueno. Siempre quise ser ministro y lo fui. Desde niño mi apodo era Ministro.

De pronto, siento que trata de convencerme: “Llegué a ser ministro porque lo merecía, hice las cosas bien, no bien, muy bien, y todo lo que pasó es parte de un escándalo mediático, de una cosa que, tú sabes, yo no hice nunca”.

Él me acusa de saber y yo le respondo: No, yo no sé nada, Carlos.

Tomata volvió a la cárcel de Latacunga después de 33 días. Volvió harapienta, mordida, flaca, flaquísima, irreconocible. Llena de lodo. Carlos dice que su regreso es un misterio.

La finca donde la dejaron está a cien kilómetros de la prisión: los transitó y llegó. El filtro principal de la cárcel de máxima seguridad del Ecuador es impenetrable, está lleno de guardias y policías y cámaras que detectan cualquier cosa, pero Tomata entró.

En esos 33 días al Ministro lo cambiaron de celda.

—Si usted me hubiera ido a buscar, tenía que preguntar varias veces dónde queda ese pabellón, cómo hacer para saltar los filtros. Tomata pasó y llegó a mi celda, que era la 51. Es algo extraordinario. Apareció en un estado calamitoso,casi de muerte.

—¿Qué hacías cuando llegó la perra?

—Estaba acostado, eran las seis y cuarto de la mañana, los candados los abren a las seis, la lista es a las siete. Sentí que alguien estaba en la puerta de la celda, pensé que estaban barriendo.

Carlos pasa los dedos de su mano derecha sobre la palma de la izquierda, simulando el sonido que ahora recuerda.

—Era un sonido así, estaba confundido. Vivía solo. Como el ruido no paraba, me levanté, abrí la puerta, y Tomata entró. Lloraba bastantísimo.

—Y tú, ¿lloraste?

—Uuuf… los dos. Entró flaca, yo la acariciaba y ella se quejaba como reclamándome, diciéndome: Por qué dejaste que me lleven.

Al terminar esta frase, Carlos llora otra vez y Tomata aparece en el cuarto de cuatro por cuatro. Luego de desayunar, sale al patio. Entra por la puerta como sabiendo que Carlos se puso triste. Se acomoda a su lado, él la acaricia y dice que su perra es hermosa y sigue recordando:

—Yo tomaba Ensure, le preparé con leche, le di galletas con yogur, tomó mucha agua. Tenía una deshidratación terrible. Ese día no salí de la celda.

Carlos me había resultado bastante tierno. Un hombre de pelo blanco y arrugas en la cara y en las manos que no podía evitar las lágrimas al hablar de Tomata. Era raro saber que estaba ahí por… bueno, ya saben.

Cualquiera puede estar del otro lado, me dije aquella vez.

La felicidad nunca es suficiente. A veces la felicidad es como el aire, está ahí pero no se nota. Respiramos sin pensar. La vida está llena de trucos.

—Ella bajaba conmigo a la lista, y había inspectores que gritaban: “Pareja” y luego “Tomata”, y yo decía “Presente” por los dos. La gente se mataba de risa.

Un día Tomata fue a la celda 51, pero Carlos no estaba. Ella siguió asistiendo puntual a la lista, pero nadie respondía por los dos. Sus amigos, otros presos, le contaban a Carlos que Tomata esperaba acostada afuera de la celda 51 por si él regresaba.

Pero Pareja no volvería. Ese lunes de junio llegó a Ambato. Ese día no se vieron. No hubo despedida. Me dice que él sufría mucho, que en Latacunga la comida es escasa hasta para los presos. Que seguro Tomata estaba pasando hambre.

—Me dijeron que Tomata hurgaba en la basura, yo estaba tristísimo, pensaba que se iba a morir.

Pero una tarde, a las cinco, un guía llamó a la celda de Carlos.

—Pensé que algo malo pasó. Me abren la puerta del patio, salgo y ahí estaba mi Tomata, y entonces otra vez: otro reencuentro.

Tomata ve a Carlos, enloquece: llora, llora bastantísimo.

—Es lloronísima. Con sus ladridos me decía: “En dónde estabas, adónde te fuiste”. Tomata daba y daba vueltas.

Carlos ve a Tomata, enloquece: llora, llora bastantísimo.

Carlos también es lloronísimo. Vuelve a llorar cuando recuerda el reencuentro. La voz se le apaga cuando me dice: “Tomata también está presa”.

Yo le pregunto que si él hizo todo eso de lo que lo acusan, él dice que no. Que algún día los “malditos responsables” pagarán por lo que hicieron.

—¿Has pensado en la muerte? —le pregunto.

—Sí, mucho. Pienso en la muerte, en cómo será, la siento más cerca. Eso es una cosa interesante, aquí se pierde el miedo a la muerte. Yo he pensado en la muerte, pero no en matarme.

Así terminó, hace dos años, nuestra conversación. En 2019 Carlos no piensa en matarse. Pero la vida, ya se dijo, está llena de trucos. Aprendiste a detectar las microscópicas escenas: una flor muerta en el pasillo, un compañero de celda que está perdiendo pelo, el olor ínfimo del bazuco. Tomas ansiolíticos todos los días para olvidar el tiempo.

*

2021. Los pasos que da Carlos sobre el patio caliente de la cárcel son torpes; no van uno detrás de otro, en línea recta, sino uno por aquí y otro por allá. Se ve como un anciano perdido o como un anciano que lo perdió todo. En su brazo derecho carga una funda blanca, lleva el cartón de leche y las galletitas.

El 26 de agosto de este año Carlos tomó una sobredosis de medicamentos. Fue sacado en brazos del pabellón 3. Estuvo cuatro días en el hospital tras su fallido intento de suicidio.

No se lo he dicho, pero desde entonces pienso en él; muchas veces pienso en Carlos. En el abrazo paternal que me dio un día. Era 25 de octubre de 2020, el primer domingo de visitas después de siete meses suspendidas por la cuarentena. No iba a verlo a él, pero nos encontramos en el patio y, como siempre, estaba sentado en un filo de cemento junto a Tomata.

O pienso en esa mañana del último septiembre, también en una visita: lo vi en su celda. No le importaron las reglas. Se quedó acostado en su cama pequeña. Daba las espaldas a quienes entraban, vestía su camiseta tomate, su pelo era más blanco. Cinco minutos después, sus compañeros lo echaron.

Carlos cogió su almohada vieja y se fue a dormir debajo de la tabla tríplex de la biblioteca.

Como siempre, a Carlos, nadie lo visitaba.

A veces creo que recibiré la llamada de un policía diciéndome que hay un muerto en la cárcel de Ambato, que voy a llegar a cubrir la noticia para la sección de Crónica Roja y que me dirán que es él, Carlos Pareja Yannuzzelli, alias Capaya. Que nunca más habrá rencuentros y que Tomata seguirá presa, esperando que su mejor amigo vuelva.

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