Capturando elefantes
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Capturando elefantes

Aperura-Elefantes

Texto y fotos: Pete Oxford y Reneé Bish

Nada hay tan raro como ver un elefante colgado patas arriba, amarrado a una grúa.

Kester y yo habíamos dejado atrás la relativa calma de la frontera sudafricana y, luego de haber cruzado el carretero que conduce al puente sobre el río Limpopo (aparentemente la única autopista de peaje del mundo que no tiene una ruta alternativa), cruzamos a tierra de nadie en el caos del lado zimbabuense del puente Beit. Las filas eran largas y desordenadas, más simbólicas que funcionales. Aun así logré llegar al mostrador de un funcionario de inmigración que me pidió un soborno de $ 100 por el privilegio de emitirme la visa. Ya conocía el juego, así es que le rebatí, intentando obtener la visa sin ningún soborno. Luego de tres horas de trauma fronterizo a 42 °C, Kester y yo logramos seguir nuestro camino. De inmediato, la sensación cambió: vimos burros que remolcaban carretas rústicas por terrenos yermos y polvorientos que evitaban los baches dejados por los camiones y zigzagueaban entre majestuosos árboles baobabs y mopanis, cubiertos de arbustos. Las cabras estaban omnipresentes: pastoreaban la nada. En la tierra desnuda, no se veía ni una hierba. Después de manejar hasta el cansancio, logramos llegar al área de captura. Una manada de al menos 60 elefantes había traspasado una cerca; todos debían ser devueltos al sitio de donde vinieron. El equipo de captura con el que iba a trabajar era uno de los mejores en el manejo de elefantes.*

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Avistamos la manada y Barney dirigió su helicóptero de color amarillo brillante hacia ellos. De carrocería muy pequeña y compacta, pero con un motor poderoso, la nave de Barney era como un pitbull de las alturas.

Sobrevolamos, conmigo en el sillón del copiloto, el área donde los guías habían visto por última vez a los ‘eles’. Encontramos un grupo de 70 animales. Como si su helicóptero fuera un perro pastor de los aires, Barney dividió a una familia de 17 animales y la condujo lentamente a un claro, al otro lado del río, donde los camiones podrían ingresa con mayor facilidad. Cuando la hembra dominante del grupo, la matriarca, toma la iniciativa, el resto de la familia le sigue. Para fines de captura, se reubicaron los grupos de familias como una unidad, ya que a los elefantes les causa mucho menos estrés despertarse y encontrar a sus parientes y amigos a su alrededor. El veterinario de vida silvestre iba sentado detrás del piloto para tener el mismo panorama y coordinar en forma precisa el acercamiento a un animal, a fin de lograr un buen tiro con el dardo tranquilizante. Fue un verdadero placer escuchar al veterinario cómo indicaba al piloto el animal que quería, y cómo Barney, volando por instinto, serpenteó, hacia adentro y hacia fuera, entre y sobre los árboles, casi con un sexto sentido, para lograr una posición perfecta para el tiro. Los dardos habían sido precargados con varias dosis listas para elefantes pequeños, medianos o grandes, y así los iban escogiendo. La desconcertada familia de paquidermos se congregó alrededor de la matriarca mientras la droga empezaba a hacer efecto; quince minutos después, el veterinario había logrado acertar un dardo en cada animal.

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El equipo de tierra ingresó rápidamente a escena. Los elefantes que cayeron sobre el vientre fueron rápidamente colocados de costado, de lo contrario el gran peso de su cuerpo sobre los pulmones les habría obstaculizado la posibilidad de respirar. Les estiraron la trompa y calzaron un pequeño palo en la punta para permitir el ingreso de aire. Barney me dejó saltar junto a un grupo de tres animales que estaban algo separados. Uno había caído sobre el vientre, así es que lo hice rodar y monitoreé su respiración hasta que llegaron otros veterinarios del equipo de tierra. Al llegar al grupo principal, vi algo similar a un paisaje de rocas dispersas: elefantes echados por doquier. El grupo liliputiense de veterinarios pululaba por el lugar, como hormigas. Los veterinarios complementaban las sustancias para mantener a los elefantes dormidos; los tiempos de complementación se anotaban con marcadores en el dorso de las orejas de los elefantes y luego se las doblaban sobre los ojos a modo de sombrillas naturales. Los bebés elefantes, cuyas orejas pequeñas no alcanzaban a cubrir sus ojos, recibían como obsequio un gorro de béisbol. Algunos individuos inspeccionaban la frecuencia respiratoria; otros rociaban agua sobre las enormes orejas para mantener a los elefantes frescos. Yo tomaba fotografías.

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A pesar de estar cerca del carretero principal, se debió abrir a hachazos el acceso para los dos camiones, pero las plataformas no lograron entrar. Entonces, primero se subió a los elefantes al camión para que este los transbordara a la plataforma. Apilados con cuidado los animales fueron monitoreados con esmero por los veterinarios, hasta que se cargó a toda la familia. Si alguien les pregunta algún día: “¿Cuántos elefantes entran en dos camiones y dos plataformas?”, la respuesta es: “¡Al menos 17!”

Una vez en el sitio de descarga, se bajó a todo el grupo, lo cual fue un proceso relativamente largo. Cuando se descargó al último, el jefe de veterinarios hizo una señal y todos inyectaron sincrónicamente la sustancia inhibidora. Nos retiramos. Casi de inmediato los animales comenzaron a moverse y, uno por uno, a mecerse hasta lograr ponerse en pie. Erguidos, se retiraron en grupo y desaparecieron como sombras grises hacia el monte, como si nada hubiera pasado. Aún quedaban 50…

 

* Por una serie de razones, se acordó no revelar los nombres de las personas que participaron ni la ubicación exacta de lugares.

 

Traducción: Maricruz González.

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