
En el mundo entero se ha instalado la cultura de la cancelación. Cancelamos a artistas por haber sido presuntos abusadores de mujeres, a pensadores por misóginos, a filósofos por nazis, a políticos por esclavistas o incluso a países enteros por colonizadores.
Resulta odiosa y peligrosa la cultura de la cancelación, sobre todo cuando se trata de escritores, pensadores, filósofos, compositores, cuyo trabajo se dio hace siglos y cuya genialidad enriquece nuestra cultura, a pesar de sus demonios privados y el dolor causado. La mayoría de las veces, además, el cancelante ni siquiera conoce a fondo la obra del cancelado y, con una ignorancia supina y un sentido de moral pretenciosa, cree que ha hecho una gran hazaña escrachando a los pensadores.
Sé que muchos no estarán de acuerdo conmigo, pero creo firmemente en que la obra de arte, el trabajo intelectual o filosófico, la composición musical, trasciende las circunstancias personales, las inclinaciones sexuales y hasta los actos delictivos cometidos por su autor. Sí, así con todas sus letras. ¿Qué sería de mundo sin Bach, por ejemplo, o sin la filosofía racionalista de Descartes, los cantos de Pavarotti, El ser y el tiempo de Heidegger o la filosofía crítica de Foucault; todos ellos cancelados en los últimos tiempos?
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