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EDICIÓN 500

Medio ambiente

El planeta está herido de muerte. ¿Podremos salvarlo?

Título: Personas. Palmyra Pass. Guamote-Palmira-Chimborazo-Ecuador. Fotógrafo: Horgan, John. Fecha: 1903. Técnica/soporte: Gelatina/Papel. Dimensiones: 16,00 x 22,00 cm. Colección o titularidad: Leibniz-Institut für Länderkunde. Leipzig. Repositorio digital: Archivo de Fotografía Patrimonial - INPC

2024 Cambio climático: de la negación a la adaptación

por Isabel Alarcón

En los ochenta el cambio climático despertaba curiosidad; a inicios del siglo XXI era una posibilidad; y ahora, cuarenta años más tarde, pensamos cómo adaptarnos a lo que va dejando. Pero, ¿podemos hacer algo para detenerlo?

Un bloque de hielo se derrite, mientras un oso polar cae al agua. El desplome de este mamífero aparecía en los comerciales de los ochenta, que ya alertaban sobre el peligro que corrían estos animales y, por ende, el planeta.

“No dejes que se extingan”, era el mensaje que se difundía junto a las imágenes del oso que poco a poco se hundía en el agua. Pero, ¿cómo alguien que veía este comercial a miles de kilómetros de los polos podría salvarlo? En realidad, lo que ocurre en un punto del planeta tiene un efecto en el otro extremo.

Al respecto y con el paso de los años, la ciencia ha sido cada vez más enfática en que todo se conecta. Por ejemplo, ahora sabemos que talar un árbol en la Amazonía libera el carbono que se guarda en el suelo. Los gases que se emiten se concentran en la atmósfera y llevan a un aumento de la temperatura en todo el planeta. El cambio de clima derrite los glaciares e incrementa el nivel del océano, lo que, a su vez, repercute en toda la Tierra.

Aunque en ese momento no estaba del todo claro el impacto de este deshielo ni la incidencia global del cambio climático, la imagen de los osos polares se convirtió en una alarma para llamar la atención sobre lo que pronto empezaría a ocurrir.

La prioridad de los ochenta

La conciencia ambiental comenzó a aumentar en todo el mundo durante los años ochenta. Mientras los osos ocupaban los comerciales de televisión, la contaminación del aire ya era parte de los noticieros. Después de un siglo de excesos asociados a la Revolución Industrial, la gran nube gris aumentaba en las principales ciudades.

Rasa Zalakeviciute, Ph. D. en Ciencias Atmosféricas, menciona dos eventos previos a los años ochenta que posicionaron a la polución como prioridad en ese momento. Mientras las fábricas se extendían, el esmog tomaba el control de Londres en los cincuenta. Entre el 5 y 9 de diciembre de 1952, murieron alrededor de mil personas por día debido a la contaminación.

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La producción de sustancias tóxicas se duplicó entre 2000 y 2017. Esa cantidad se multiplicará por dos para 2030 y por tres para 2050.
NACIONES UNIDAS.

Fotografía: Shutterstock

Zalakeviciute, originaria de Lituania e investigadora de la Universidad de Las Américas (UDLA), recuerda que este episodio condujo a la creación de la Ley de Aire Limpio o Clean Air Act. Este hecho, que ocurrió en 1970 en Estados Unidos, marcó el camino para que, en 1980, los esfuerzos se centraran en esta problemática. La ley estableció que los parques industriales estén fuera de las ciudades, decretó la eliminación del plomo en la gasolina y fomentó normas para mejorar la calidad del aire.

Uno de los avances tangibles que impulsó este marco legal es que, en la actualidad, las emisiones de un automóvil nuevo sean 90 % más limpias que las de los vehículos que se adquirían en los setenta.

Sin embargo, uno de los hechos más relevantes para el ambiente ocurrió en 1984, cuando se registró la fuga de 45 toneladas de gas tóxico de una fábrica de pesticidas en India. A eso se sumó el accidente de la central nuclear de Chernóbil, que dos años más tarde contaminó millones de hectáreas de bosque.

En paralelo, el libro Primavera silenciosa de Rachel Carson arrojó más luces sobre la contaminación, pero esta vez del agua y el suelo. Esta evidencia mostró la urgencia de tomar acciones y dio paso a la promoción de nuevos convenios a inicios de la siguiente década.

Las cumbres llegan en los noventa

Los años noventa fueron de gran actividad en el frente ambiental que se vio potenciada por las pruebas científicas. Y es que, además de las imágenes de los polos derritiéndose, se necesitaban investigaciones que corroboraran lo que sucedía en el planeta.

Así llegó el primer informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) que mostraba con datos que este fenómeno era real y que tendía a incrementarse con el tiempo.

En ese momento, el grupo de científicos del IPCC ya revelaba que la temperatura media mundial del aire había aumentado entre 0,3 °C y 0,6 °C en los últimos cien años. Además, la década de 1980 había registrado los cinco años más cálidos del siglo.

Aunque el incremento de menos de un grado centígrado puede parecer insignificante, eso ya genera desbalances climáticos como olas de calor, inundaciones y sequías.

La evidencia mostraba que la Tierra se ponía cada vez más caliente y ese fue el detonante para la creación de la Conferencia de las Partes, ahora conocida como COP. Los líderes mundiales sabían que debían reunirse para tomar acciones conjuntas.

María Victoria Chiriboga, coordinadora de los Laboratorios Urbanos Sostenibles del Programa de Ciudades Intermedias Sostenibles, de la Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ), afirma que en los noventa el cambio climático y la necesidad de actuar se pusieron en la palestra internacional. “Se empiezan a generar estos informes que dicen: oigan hay un problema”, explica.

En 1992 ocurrió la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. De esta surgió la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, que es la más conocida hoy en día. Esa iniciativa juntó a los países para evitar el avance de un fenómeno que, hasta ese momento, no todos estaban convencidos de que existía. Aunque ya había datos, todavía no se sentían los calores extremos, las sequías prolongadas, por citar un par de eventos climáticos.

Sin ir más lejos, en el Ecuador de los noventa, el clima todavía era estable. Aún se aplicaba el “abril aguas mil” y “mayo hasta que se rompa el sayo”. Sin embargo, el país también se unió a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático para discutir sobre el futuro del planeta.

“Sin la convención, no estaría el cambio climático en la mesa de debate global. Sería una agendita más dentro de los otros espacios”, defiende Chiriboga sobre el rol que han tenido estas iniciativas.

En la COP se firmó el reconocido Acuerdo de París, que es lo que impulsa a los países a reunirse cada año para evitar que la temperatura del planeta aumente más de 1,5 °C hasta 2100.

Pero, al parecer, el mundo no ha hecho bien su tarea porque, a 2023, el mismo IPCC y la ONU muestran que la temperatura ya ha aumentado 1,2 °C, con relación a niveles preindustriales, que es la época que se utiliza como referencia. Los ocho años más cálidos han sido desde 2015 hasta 2022. Si las cosas siguen así caminamos al abismo, ya que con 2 °C en contra se perderían todos los corales del mundo, una quinta parte de las plantas y los osos polares desaparecerían a finales de este siglo.

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Desde 1961 los glaciares han perdido más de 9625 gigatoneladas de hielo, esto aumenta 27 milímetros el nivel del mar.
NATIONAL GEOGRAPHIC

Fotografía: Shutterstock.

Los impactos avanzan

Si al mayor número de estudios y al aumento de la capacidad tecnológica se le suman las COP, el resultado es un impacto ambiental más evidente. Por eso, a inicios de los años 2000, los monitoreos satelitales y las herramientas digitales ya dejaban ver claramente los efectos reales en distintas partes del planeta.

El deshielo de los polos, que se mostraba en los comerciales de los ochenta, ahora ya se podía medir. El resultado era desolador: desde 1979 hasta inicios del siglo XXI la extensión del hielo en el Ártico había disminuido en 30 %.

Aquello no es lo peor que puede pasar. Ahora se conoce que, de continuar esta tendencia, en 2030 la región se quedará, por primera vez en la historia, sin hielo durante todo septiembre y, en 2100, esa ausencia será de medio año.

Algo similar ocurre en la selva amazónica con la deforestación. Si la pérdida de bosques avanza, no habrá árboles que produzcan oxígeno o que absorban la contaminación. Incluso se habla de un punto de no retorno en el que la Amazonía se convierta en una gran sabana.

Estas proyecciones espeluznantes se basan en el hecho de que en los últimos treinta años se perdió una extensión de bosque en el mundo que equivale a la mitad de Brasil o dieciséis veces el Ecuador. La deforestación, desde los noventa, ha sido la principal amenaza para los mamíferos.

Diego Tirira, investigador de la Universidad Yachay, hizo un estudio sobre la pérdida de bosques en el país desde 1990 hasta 2020. Antes de este período, cuenta, no se sabía con certeza qué pasaba, porque solo hay fotos aéreas, pero no hay datos exactos.

El impacto del cambio climático en las especies también se empezó a conocer en los noventa. Tirira, que se especializa en mamíferos, describe el caso de los monos. Los cálculos apuntan a que, en 2050, el bosque idóneo para estos animales va a estar a 3000 metros sobre el nivel del mar, mientras que ahora está a 2400. Lo preocupante es que no se sabe si podrán desplazarse esos 600 msnm para sobrevivir.

No solo los monos podrían perder su hogar. En la última evaluación de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), 16 900 especies de animales estaban amenazadas. Esta cifra es más del doble de lo que se registraba quince años antes.

Fuerte activismo en los años 2000

La deforestación de la Amazonía y el deshielo de los polos dieron más fuerza a los movimientos sociales y activismos a mediados de los años 2000. La sueca Greta Thunberg es uno de los personajes más conocidos. Con solo dieciséis años, se paraba ante los principales líderes del mundo para reclamar la falta de acciones por el planeta.

En el Ecuador estas luchas se han relacionado sobre todo con los impactos de la extracción de petróleo y la minería. Ivonne Yánez recuerda cuando se inició en el activismo en los ochenta. Su lucha por la conservación la llevó a fundar Acción Ecológica en 1986, con Esperanza Martínez y Elizabeth Bravo. “Se ha dado un cambio en número, conciencia y articulación en las organizaciones que trabajan temas ambientales”, señala.

Aunque en los setenta y ochenta se vendía la idea de que el petróleo era indispensable, cuarenta años después se sabe que es uno de los principales causantes del cambio climático. Por eso surgieron iniciativas como Yasunidos, para detener la extracción del petróleo del Parque Nacional Yasuní o Quito Sin Minería para evitar las prácticas mineras en el Chocó Andino.

El mensaje de los pueblos y nacionalidades también se ha fortalecido. Domingo Peas da esta entrevista, mientras se prepara para ir a Suiza a un evento sobre cómo canalizar fondos para la conservación.

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La humanidad está en deuda. Año tras año, consume más recursos de los que la naturaleza puede proporcionar.
UNESCO

Fotografía: Shutterstock.

Este “viejito achuar”, que es como prefiere que lo presenten, es uno de los personajes más representativos de esta nacionalidad en el extranjero. Ha viajado por Estados Unidos, Canadá, Alemania, España, Suiza, Francia e Inglaterra para transmitir su mensaje sobre la necesidad de cuidar a la naturaleza e incluir a los pueblos y nacionalidades en la toma de decisiones.

Peas se enfrenta a la extracción de petróleo y minería, y, desde hace diez años, a una nueva amenaza para la Amazonía: las carreteras. Este es un tema que divide a las comunidades. Quienes están en contra conocen que abrir nuevos caminos en medio de la selva implica talar cientos de árboles, ahuyentar a los animales, y facilita la llegada de extraños; por lo tanto, genera mayor inseguridad. Por eso defienden sus carreteras ancestrales, que son sus ríos. También le preocupa el avance del cambio climático. Ahora ya no saben con certeza cuánto va a durar el invierno o el verano, lo que afecta a sus cultivos y a todo su modelo de vida.

El reto: modificar hábitos

Las fotografías de los osos ya no solo los muestran sobreviviendo al deshielo. Ahora los retratan acercándose a las ciudades en busca del alimento que ya no encuentran en su hogar. También están las imágenes que los captan comiendo la basura que ya ha llegado a los polos.

A ese panorama, ya bastante desolador, hay que añadir las islas de desechos en el océano, las escenas de aves en nidos de plásticos y las tortugas que nadan junto a fundas desechables. Cada una de estas escenas conforma una pequeña muestra de cómo los hábitos de consumo afectan al planeta. La predicción de que para 2050 va a haber más plástico que peces en los mares no está lejos de volverse realidad.

Ante esto han surgido iniciativas para contrarrestar el problema. Reciclar, llevar bolsas de tela, consumir productos locales y el veganismo se asocian a este cambio de visión. Las grandes empresas también han regresado a las bebidas retornables o están implementando materiales biodegradables.

Para María Victoria Chiriboga, hay un cambio generacional. En su momento el plástico fue una solución para guardar y llevar alimentos o artículos, mientras que ahora los jóvenes ya aprenden en los colegios sobre el impacto de este material.

A pesar de los esfuerzos individuales, si los gobiernos y las industrias no cambian sus modelos, será difícil alcanzar las metas ambientales de reducir drásticamente la contaminación y la deforestación. Sin embargo, no todo está perdido, ya que, si bien no se podrá volver a los inicios, cuando el humano aún no causaba un impacto, es posible detener los daños. La recuperación del medioambiente durante el confinamiento por la covid-19 fue solo una pequeña muestra de que, si se juntan esfuerzos, el futuro podría ser más esperanzador.

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Acerca de Isabel Alarcón

Periodista especializada en medioambiente. Trabajó en Diario El Comercio. Forma parte de YouTopia Ecuador, portal enfocado en temas ambientales. Publica en medios nacionales e internacionales como GK, La Barra Espaciadora, Diálogo Chino, Mongabay Latam, Insight Crime y Climate Tracker. Becaria de International Center For Journalist (ICFJ), Earth Journalism Network, Fundación Gabo y Pulitzer Center. Finalista del Premio Nacional de Periodismo Jorge Mantilla Ortega 2022.
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