En los ochenta el cambio climático despertaba curiosidad; a inicios del siglo XXI era una posibilidad; y ahora, cuarenta años más tarde, pensamos cómo adaptarnos a lo que va dejando. Pero, ¿podemos hacer algo para detenerlo?
Un bloque de hielo se derrite, mientras un oso polar cae al agua. El desplome de este mamífero aparecía en los comerciales de los ochenta, que ya alertaban sobre el peligro que corrían estos animales y, por ende, el planeta.
“No dejes que se extingan”, era el mensaje que se difundía junto a las imágenes del oso que poco a poco se hundía en el agua. Pero, ¿cómo alguien que veía este comercial a miles de kilómetros de los polos podría salvarlo? En realidad, lo que ocurre en un punto del planeta tiene un efecto en el otro extremo.
Al respecto y con el paso de los años, la ciencia ha sido cada vez más enfática en que todo se conecta. Por ejemplo, ahora sabemos que talar un árbol en la Amazonía libera el carbono que se guarda en el suelo. Los gases que se emiten se concentran en la atmósfera y llevan a un aumento de la temperatura en todo el planeta. El cambio de clima derrite los glaciares e incrementa el nivel del océano, lo que, a su vez, repercute en toda la Tierra.
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