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No cambiar el mundo en un día, sino un poco todos los días

por Ana Cristina Franco Varea

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Crecí escuchando malas noticias. Crecí en un país en el que a ningún niño o niña le gustaba ser ecuatoriano, todos querían haber nacido en un país del primer mundo, querían tener la piel más blanca y vivir en Estados Unidos. Crecí en un país que tenía vergüenza. Vergüenza de los indígenas que vendían fruta en las esquinas, de las palabras en kichwa que no podían eliminar de su vocabulario, de su color de piel. Crecí en un país que siempre perdía; perdía partidos de fútbol, perdía la memoria, perdía presidentes, perdía una guerra que en ninguna clase de historia de ningún colegio supo explicar. Geográficamente el Ecuador casi no existía. Simbólicamente peor. Para el mundo nuestro país era invisible. Los extranjeros no identificaban nuestro acento y nos confundían con mexicanos, otros pensaban que el Ecuador era parte del Perú. No había deportista, artista ni nadie que identificara al país en el mundo y, si había, para el resto no existían. De hecho, nuestro escritor con mayot renombre en el boom latinoamericano fue uno inventado por un escritor chileno, y la escritora ecuatoriana más capaz (que no le debe favores a García Márquez ni a Vargas Llosa), Alicia Yánez Cossío, jamás obtuvo el reconocimiento merecido a nivel mundial.

¿No existíamos o no teníamos memoria? Crecí en un país donde los presidentes robaban la plata de la gente en maletas y huían en helicópteros; los diputados, lejos de encontrar soluciones que sacaran a la gente de la extrema pobreza, se lanzaban los ceniceros a la cara y solucionaban los debates a golpes. Uno de los presidentes cantaba en una tarima mostrando la barriga mientras gritaba palabrotas, y otro nos obligó a adelantar nuestros relojes para ganarle una hora al tiempo y sobrevivir a los apagones. Vivíamos en la oscuridad, o como diría H. G. Wells, en “el país de los ciegos”; un país oscuro o un país invisible que, tras ser finalmente dolarizado, acabó de perder su identidad simbólica. El escenario político nacional era (y sigue siendo) deprimente. Y quizá por eso no resulta estimulante investigar sobre nuestra historia política (y menos aún recordarla) porque hay la sensación de que esta no se ha inscrito en escenas épicas sino en pequeños episodios patéticos.

Al principio del correísmo esta imagen pareció haberse transformado, al menos un poco. Alentaba pensar que la salud pública al fin empezaba a funcionar, que la cultura tenía un lugar, que por primera vez se hacían las cosas de manera diferente; pero, asimismo, fue una decepción entender que la postura que tenía ese Gobierno con respecto a las mujeres y a la naturaleza jamás cambiaría.

La política en este país decepciona. Hay la sensación de que no existe candidatura que nos represente. La pregunta es: ¿alguna vez habrá?, ¿debemos vivir esperando que llegue la persona capaz de gobernarnos de manera correcta?, y hasta que ese día llegue, ¿qué?, ¿viviremos quejándonos?, ¿planeando una revolución futura?

Hemos vivido queriendo creer en algo y, sobre todo, en alguien; apostando toda la esperanza a un solo ser humano o a un Gobierno. Y siempre hemos terminado decepcionados. El mundo es un caos. Seguimos creyendo en las fronteras, derramando sangre real por líneas invisibles. Nos hemos peleado con amigos y familiares por defender a políticos que luego nos han traicionado. ¿No será hora de dejar de creer?

Según la mitología griega la esperanza también puede ser negativa. Al menos para mí, es momento de dejar de depositar la confianza y la esperanza en un Gobierno o partido y más bien concentrar la energía en crear espacios de autonomía al margen de las instituciones de poder. Recordar que el poder no se concentra únicamente en el Estado o el Gobierno o equis institución, sino que ejerce su fuerza y se hace presente a través de las relaciones cotidianas.

Quizá la única solución posible sea crear espacios de autonomía independientemente de cualquier Gobierno de turno. No pretender estar en el poder para cambiar las cosas ni cambiar el mundo un día, sino cambiarlo un poco todos los días.

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Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Nací en 1985. Soy columnista en Mundo Diners. Estudié cine. Escribo guiones. Edito un documental sobre maternidad y desarrollo una película de ficción.
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