Cactus, el bar indígena en Quito
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Cactus, el bar indígena en Quito

Linda Cross embajadora de Reino Unido Inglaterra 09 2010

Por Gabriela Muñoz

Estudiantes universitarios, cineastas, funcionarios públicos de las comunidades de la Sierra y Amazonía acuden a este bar ubicado en La Mariscal. Sus vestimentas son un mosaico. El lugar es un reducto de la cosmovisión indígena en medio del cemento urbano.

En el bar de luces tenues y paredes rojizas, las mujeres caminan coquetas y erguidas con collares amarillos y brillantes, con el cabello recogido, ceñidos anacos y labios pintados de carmesí. Sonríen y saludan a sus amigos que brindan con cerveza fría o con chicha de jora dulce. Lucen las prendas tradicionales de sus zonas. Los chibuleos, de Tungurahua, usan pantalones y pequeños sombreros blancos. Los de Sarayacu (Pastaza), plumas de colores en la cabeza y el cabello largo. Las camisas blancas y bordadas con hilos fucsias, amarillos y verdes identifican a los otavaleños (Imbabura), los pantalones negros y cortos a los saraguros (Loja) y los ponchos rojos a los de Cacha y Guamote (Chimborazo).

El bar, donde los indígenas van con sus vestimentas típicas, se consume chicha y chapushka (que tiene arveja, tostado y mote pelado), se llama Cactus. Funciona desde hace cuatro años en las calles Carrión y Amazonas, en La Mariscal.

Marco Gualapuro es el dueño. Su esposa, Anita Morales, explica que en un inicio era un restaurante de comida típica. “Los ‘compas’ decían que hacía falta un lugar para escuchar sanjuanitos, para hablar quichua, para reencontrarnos, para contar en qué andamos, para celebrar nuestras fiestas. Con el Marco dijimos: “De una, abramos el bar’. Vamos bien. Cada fin de semana vienen más de 150 personas”.

Soledad Sarango, de 27 años, ingeniera comercial, funcionaria del Consejo de la Judicatura y con un masterado en Proyectos, va una vez al mes. Es de Saraguro. “Aquí te sientes libre, tranquilo. Puedes usar tu vestimenta porque no sientes la discriminación. A ratos, esta ciudad puede ser muy cruel. Te gritan: ¡Maríaaa, cruza rápido! Es mejor reírse ¿Sí o no?”.

Durante el día, Marco y Anita venden cuy, llapingachos, fritada. Desde las 16:00 hasta las 02:00, en la barra se instalan un televisor y un DVD para escuchar las canciones alegres que se tocan en los matrimonios indígenas, en los bautizos, donde todos caminan tras el recién nacido portando velas de colores, en las fiestas donde se agradece a la Pachamama (Madre Tierra) por los productos cosechados.

En el penúltimo jueves de junio, Marco seleccionó las mejores canciones de los grupos Ayllu Raymi, Chacras, Ñucanchi, Sami, Yarina, los más famosos de Otavalo, para celebrar el Inti Raymi. Es la antigua ceremonia religiosa andina en honor al Inti (el dios sol), que se realiza cada solsticio de invierno en comunidades asentadas alrededor de las faldas de los Andes.

Ese día, Anita compró 10 granadillas, dos libras de uva, 20 manzanas, 20 peras, ocho panes, 30 tomates de árbol y tres piñas. Viviana Gualapuro, Digna Gualapuro y Ángel Medina le ayudaron a atar con hilo las frutas a los carrizos. “Estas ofrendas se llaman castillos. Es una forma de agradecer a la Madre Tierra”, dice Digna. Ella tiene 21 años y estudia Medicina en la universidad San Francisco de Quito. Es de Otavalo y consiguió una beca. “Me encanta decir que soy universitaria. Y a veces no lo creo porque es un orgullo grande, inmenso. En mi comuna la mayoría se conforma con la primaria y con lo que tiene. Y a momentos ese conformismo parece ser parte de nuestro pensamiento. Pero no es así. Muchos jóvenes estamos formando una nueva generación de emprendedores y luchadores. Al bar vienen chicos que consiguieron becas en las universidades de Quito”.

Ángel escucha y sonríe. Le dice que ya empezó a llegar la clientela. A las 19:00 el bar está lleno. En el local hay máscaras de Aya Huma, mesas de madera y asientos de cuero. El techo está recubierto con esteras.

Soledad Sarango llega con una blusa roja de seda, anaco y aretes largos. La acompaña Martín Cango, de 23 años y estudiante de Comunicación de la Universidad Politécnica Salesiana. Hace documentales de Cochasquí, Tulipe, Rumipamba y Rumicucho. Son los lugares arqueológicos de Quito.

Marco alza el volumen del DVD. El sonido de los violines, guitarras, quenas, flautas y charangos genera que Soledad mueva los pies. Viviana, Ángel y Anita corren apurados llevando, en bandejas, vasos con cerveza y chicha.

En la barra, se preparan los cocteles Manllanayay (qué fuerte), Aya Huma (personaje típico de la Sierra) y Lluchu siki (a calzón quitado) con vodka, tequila y limón. En las mesas, los grupos de amigos observan a las indígenas que ingresan con collares grandes y pesados, con las fajas ajustadas, los partidos de los anacos que permiten ver sus muslos, las pestañas rizadas, los ojos delineados con maquillaje y blush en las mejillas.

Francely Quishpe, de Columbe (Chimborazo), es una de las chicas más admiradas. Mide más de 1,68 m, tiene la piel trigueña, ojos grandes, cabello largo, sedoso y cintura pequeña. Los chibuleos Juan José Ilche y Ángel Mungabusi, que trabajan en una cooperativa, la cortejan. Están pendientes de ella. Retiran la silla para que se siente, le ayudan a escoger un coctel. Ella sonríe. “De eso se trata, de cuidarla. Usted es muy guapa”, piropea Juan José”.

“¡En pocos minutos vamos a festejar el Inti Raymi!”, anuncia Marco. Los clientes aplauden. Una tarima se ha instalado en el parqueadero ubicado fuera del bar para ampliar la pista de baile. Los músicos afinan las guitarras. La fiesta empieza. Danzan en círculos. Los indígenas mueven los anacos, las blusas, los pantalones cortos… En Cactus se sienten libres, felices, cómodos, como en su comuna.

Un lugar para difundir proyectos

En Cactus los indígenas difunden sus proyectos culturales. El último que se promociona es el calendario Warmis, producido por el cineasta otavaleño Humberto Morales y sus amigos. El calendario muestra la belleza de Frida Muenala, Tiana Vega, Toa Maldonado, Pacarina Lema y otras jóvenes que participaron en el proyecto. Morales también filmará el largometraje Killa Ñaupamukun (Antes que salga la luna) que trata sobre un chico que regresa a su comunidad y se reencuentra con las tradiciones de sus antepasados.

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