¡Buenas noches, Ecuador!
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¡Buenas noches, Ecuador!

Entrevista

Alfonso Espinosa de los Monteros

¡Buenas noches, Ecuador!

Por Pablo Cuvi

Fotos cortesía del entrevistado

Si alguien no necesita presentación, ese es Alfonso Espinosa de los Monteros, quien obtuvo el año pasado el récord Guinnes por sus 47 años como anchor del programa de noticias de Ecuavisa, que antes fuera Canal 2. El reconocimiento mundial le vino como anillo al dedo, pues el Gobierno había lanzado días antes una cadena donde se planteaba que debía retirarse por viejo. No era, por supuesto, la primera vez que el poder político, del color que fuere, mostraba su irritación con este periodista que se inició en Guayaquil e Ibarra a fines de los años cincuenta y desde entonces acostumbra presentar los hechos como son, habiéndose ganado la confianza de varias generaciones de ecuatorianos.

“En la práctica, he sido el narrador de la historia del Ecuador de los últimos 50 años. Por el apoyo recibido, tengo que seguir; aparte de que sarna con gusto no pica”, confiesa en su oficina de Quito. Estamos en vísperas de Nochebuena, que es al mismo tiempo su cumpleaños, pues nació dos horas antes que Jesús. De modo que empezó haciendo un mal negocio, le digo, pues solo recibe un regalo. “Y con semejante competencia, me arruina el rating”, bromea. Quizá por eso tiene buen olfato para detectar a tanto mesías político que viene a salvarnos a la brava. Y tiene buena voz para entonar boleros y rancheras. Por ahí empezó, justamente, encandilado como todos por el cine mexicano.

—Tú vienes de una familia de músicos, ¿no?

—En mi familia paterna todos fueron aficionados a la música, mi papá y mis tíos cantaban muy bien y tocaban la guitarra, mi abuela tocaba la mandolina. Crecí en ese ambiente y continúa la tradición porque mis hijos y mis sobrinos también le dan a la música, es genético, aunque ninguno ha sido artista profesional.

—¿No pensaste algún rato…?

—Cuando tenía doce años pensaba ir a México y hacerme cantante y artista de cine.

—O sea, Pedro Infante.

—(Sonríe con aprobación). Yo era superfanático de Pedro Infante; hasta ahora tengo todas sus películas y grabaciones. Y tengo fotos.

—Era la época de oro del cine mexicano.

—Claro, y por esa época ya salía en la pantalla del cine mexicano un ecuatoriano: Jorge Fegan. Yo me decía: si este se fue, ¿por qué yo no? Pero ese plan duró poco. La vida me fue llevando por otro camino. Mi papá era político, del viejo Partido Socialista, pero hubo algún problema y un día dijo: “Me voy a Guayaquil y les mando a llamar a corto plazo”. En vacaciones fui a visitarle y me conectó con radio Católica, donde me dediqué a hacer programas. Regresé a Ibarra y empecé a locutar y hacer periodismo en la radio Centro Radiofónico de Imbabura (CRI). La emisora era del rector del colegio Teodoro Gómez de la Torre, Abelardo Morán Muñoz, que era un educador muy prestigioso.

—¿Te tocó cubrir la caída de Velasco Ibarra en noviembre del 61?

—Exactamente. La caída de Velasco empieza en Ibarra. Ese es el primer capítulo de las memorias que estoy escribiendo. El 4 de octubre hubo una huelga nacional de choferes. El sindicato de choferes de Imbabura era muy fuerte y organizó una marcha que cruzaba la ciudad hasta el parque Pedro Moncayo. (Ya graduado de bachiller, Alfonso trabajaba en la radio y era secretario del colegio. Esa mañana pasó por el rectorado a comentar los sucesos). En eso llega el profesor Alfonso Arauz y ya oímos los gritos: “¡Abajo Velasco, abajo el loco!” y toda la vaina. El profesor Arauz dijo: “Los choferes están bravísimos”, y fuimos con él y el rector a curiosear en esas ventanas angostitas que había con cortinas rojas de terciopelo.

Entonces los policías salen de la esquina donde estaba el cuartel y empiezan a disparar al aire. Y justo el momento en que el profesor Arauz me pone una mano en el pecho y dice: “Movámonos de aquí, no vaya a ser que…”, da un paso adelante y le alcanza una bala perdida en la cabeza. Cayó, murió instantáneamente, ese fue el primer muerto de la caída del velasquismo y la bala me hubiera dado a mí si no me apartaba.

(Se armó un relajo terrible porque también al vicerrector, Luis Andrade, le pegó otra bala en el hombro pues los policías, para no darles a los choferes, disparaban a las ventanas).

Regresé shoqueado a la radio y conté esa primicia. Ibarra estaba hecha un incendio. Entonces a Velasco, como era también loco, se le ocurrió ir en avión a poner orden personalmente, como el que sabemos, y avanzó por la avenida Mariano Acosta, pero la gente estaba ardida y le iba cercando y cercando hasta que un coronel altote le subió en el jeep y ordenó al chofer: “¡Regrese a la pista!” y volvieron a Quito. Todo eso incendió al resto del país y en Cuenca fue el acabose.

—¿Cómo fue tu regreso a trabajar en Guayaquil?

—Ir a Guayaquil en esa época era como irse a Tokio: otro ambiente, otra forma de ser, la gente y todo lo demás estaba mucho más separado, la cultura, la sicología, todo era muy distinto y muy distante. (Luego de trabajar en dos radios, Alfonso se incorporó a radio La Prensa, que estaba naciendo). Como estaba ligada a diario La Prensa, tenías la posibilidad de dar noticias; el dueño me agarró gran cariño, rapidito me hizo director y yo armaba todo, tenía noticieros cada hora y hacía entrevistas, debates, que en esa época era una novedad.

(Continuando con nuestro folclore político, en julio del 63, los militares derrocaron a Carlos Julio).

—¿Cómo fueron las relaciones de la Junta Militar con el periodismo? 

—Todavía no había una gran discrepancia, como ahora, entre los medios y el poder político en general. Era una dictadura típicamente anticomunista, pero no se metió con los medios de comunicación.

—¿En esa época también declamabas?

—En radio La Prensa tenía un programa de versos que llegó a ser el más sintonizado. La primera vez que oí la palabra rating fue a propósito de este programa: Jimmy Maruri, de McCan Erikson me dijo que tenía “un rating salvaje”.

 

En la pantalla chica

(Hacia 1967 la televisión nacional iba cobrando vuelo. En Quito existían el canal 6 de Presley Norton y el 4 de la HCJB, y en Guayaquil había también el de Presley Norton que al principio se llamó Primera Televisión Ecuatoriana).

—¿Por qué diste el salto de la radio al nuevo canal de Xavier Alvarado?

—Hubo una coincidencia. Miguel Ulloa, el dueño de radio La Prensa y Xavier son muy buenos amigos. Xavier quería poner un periódico, pero en un viaje que hicieron a Lima le dijo Miguel: “Pon televisión, ese es el futuro”, y Xavier aceptó la sugerencia. Un día Miguel le llevó a la radio y ahí Xavier me conoció, era la época en que la gente me oía mucho en la noche. Por la voz pensaban que era un galán de telenovela, leyendo poemas de amor y todo eso (risas), solo tenía veintidós años y pesaba 118 libras, era un enclenque, como dicen los mexicanos, pero la radio estaba superbien ubicada. Xavier me dice que está poniendo un canal de TV, “y usted tiene que trabajar conmigo”.

(Alfonso estaba contento en la radio pero hizo una prueba para el canal y fue escogido. Todavía en las emisiones de prueba, lo llamaron a conducir un debate candente sobre la Junta de Beneficiencia, que parecía amenazada por el Gobierno. El éxito fue arrollador pues se veía eso, por primera vez, en Guayaquil). Total, ya me comprometí a trabajar de anchor, como dicen ahora, o sea que iba a dar las noticias y nada más, porque quería seguir en la radio y seguir estudiando, pero por los horarios dejé la universidad. Al poco tiempo, Xavier me nombró director de noticias y tuve que dejar la radio.

—¿O sea que te tocó la campaña del 68 con mi doctor Velasco Ibarra?

—Claro. Planeamos hacer un ciclo de entrevistas con los candidatos y con los políticos de moda, Pancho Huerta empezaba a despuntar con el Partido Liberal, era la gran promesa hecha verbo, era buenazo para discursear, en fin. Lo grave con Velasco era que, en la caída del 61, Vistazo le había sacado una portada con una alegoría de la patria, que era una mujer con dos cadáveres de los estudiantes del Vicente Rocafuerte en los brazos y una leyenda terrible. (El asunto es que lo invitaron pensando que no vendría, pero aceptó. Alvarado le dijo que no se iba a mover de la gerencia y que Alfonso lo trajera). Fue una cosa bien tensa y chistosa al mismo tiempo. Velasco venía con Galo Martínez, que luego fue su ministro. Llega un Mercedes blanco y el guardia abre la puerta. Entonces yo: “Doctor Velasco, buenas noches”, etc. Velasco da un salto como el salto del Alberto Acosta en Montecristi, porque era loco y entra, y a Xavier ya le tocó salir. Luego nos sentamos en la gerencia, pero Velasco no hablaba ni media palabra, como si estuviera ausente.

(Pasaron al set y Velasco seguía mudo, les tenía preocupados que, siendo su primera campaña en TV, confundiera el set con el clásico balcón y lanzara uno de esos discursos que no lo paraba nadie. Manuel de J. Real sugirió que le pasaran un cuestionario con los temas).

Ya estábamos en el set los dos solitos y los camarógrafos. Le digo: “Doctor Velasco, yo quisiera…” y el viejo me pone la oreja en la boca (risas) “… quisiera darle una explicación de que en la TV el tiempo es muy corto y, como nos interesa tratar todos los temas, he preparado un cuestionario” ¡Prum, me quita el papel!, y lee (lo imita): “¿Qué opina de los partidos políticos?” “¡Entelequias, señor, farsa, mentiras…!”. Era una cosa terrible porque estábamos al aire, así que pensé: “Tengo que quitarle el papel, no me queda más”. Un rato que alzó la mano, ¡zas!, le arranché el papel y dije: “Perdón, doctor, el periodista maneja las preguntas y usted por favor contesta”. Era joven, pero me puse también en un plano más agresivo y la entrevista fue supertensa, dijo que no iba a ganar las elecciones porque era la primera vez que su campaña no había sido organizada en la gerencia de los bancos. Al final se levantó, se fue directo al automóvil y me dejó hablando solito.

—Siguiendo con los cómos del poder, ¿cómo fue la relación con el quinto velasquismo?

—Fue fea, porque, primero, el Gobierno de Velasco fue caótico, la verdad sea dicha, era un Gobierno que pretendía ser de izquierda, sin un plan, y con gente de derecha, aunque puso como ministro de Finanzas a Guzmán Vanegas, que armó un plan para cobrar impuestos a los grandes de los grandes, a poco de eso se cayó no más. Velasco no tenía ideología, entonces iba cambiando y había gente que quería sacar plata con los famosos contratos. (Recuerda una gran denuncia que hizo Pancho Huerta y que lo puso en la mira cuando Velasco se declaró dictador y él era alcalde electo de Guayaquil).

—¿Quién controlaba la información desde el Gobierno?

—Había una oficina de comunicación de prensa adscrita a la Presidencia, pero no tenía un nivel de ministerio ni mucho menos. El 22 de junio Velasco se declara dictador y lo primero que hace es echar a la calle a Pancho Huerta y a Bucaram que era prefecto. Lo toman preso a Pancho en nuestro canal, en el pasillo entre el estudio y la recepción.

Nosotros seguimos la pelea contra Velasco, éramos más jóvenes, más apasionados y más irresponsables. Empezó a calentarse y nos mandaba a meter miedo, no había esa represión científica que hay ahora, mandaban unos carros plomos de la Marina que se ponían alrededor del canal y copaban el cerro de El Carmen donde ahora están todos los canales, en esa época había solo una torre de Ietel y nuestro canal. Casi siempre se bajaba un señor que era intendente y decía: “Por favor, piensen, están provocando”, no le hacíamos ni caso. Después las peleas eran fuertes, querían ver qué íbamos a decir y decidimos sacar del aire el noticiero, yo dije en la pantalla: “No hay las condiciones necesarias para ejercer la libertad de prensa y, frente a las amenazas que vivimos, tenemos que retirarnos”. Estuvimos tres meses fuera del aire, hasta enero del 71 en que el Gobierno empieza a hacer las movidas para que volvamos al aire, porque eso cayó como un puñete entre la gente. Galo Martínez le dijo a Xavier: “Tienes que volver a sacar el noticiero, esto está muy feo”.

 

La Totty, Bombita y Calderón

—Aparte de la política, hiciste unos cortos con Totty Rodríguez, cuando ella era la vedet que venía del cine francés.

—Con Alberto Borges teníamos la pretensión de hacer cine en la pantalla chica, imagínate. Pero Alberto era de la onda europea, sus ídolos eran Fellini, Antonioni. Él me decía Mastroianni, yo le decía Fellini, y escribíamos los libretos en los cafés, de noche, hasta las dos de la mañana. Y empezamos a hacer una serie que se llamaba Cartas de amor. Xavier Alvarado, con buen ojo, dijo: “Esto no van a poder sostener ustedes, hay que poner un equipo profesional”. En eso, ¡pum! Viene la Totty Rodríguez de París; primero, guapísima; segundo, famosa…

—¿Tú hacías de galán de la Totty? (Asiente y le vacilo). Pero le quedabas chiquito.

—¡Pucha! Pero hicimos el primer beso televisado del Ecuador. Nunca habían visto aquí a dos artistas nacionales darse un beso de verdad. Yo era un sicólogo, ella era mi paciente. Eso habrá durado unos seis meses, porque ya era director de noticias y eso me exigía mucho, la organización estaba en desarrollo, nadie sabía, había que formar equipos, todo eso lo hicimos nosotros; la tecnología evolucionaba, llegó la editora, que no conocíamos; antes simplemente poníamos los reportajes como los grabábamos.

(Por la misma época Alvarado creó con Jorge Mantilla el Canal 8 en Quito, que se adaptaba más a los capitalinos que duermen más temprano y tienen otros intereses culturales, otro humor. Luego de la muerte de Jorge Mantilla y otras peripecias, finalmente Alvarado adquirió a Cristina Mantilla todos los derechos del canal, que pasó a ser Ecuavisa).

—En esa década, ¿cómo fue la relación con la dictadura militar de Bombita?

—El Gobierno de Bombita respetaba, no había problema con los medios ni amenazas. Ahí sacaron una ley de comunicación que rigió hasta hace poco, en la que nos reconocieron un título a los periodistas con práctica. En esa época manejaba el asunto la UNP, pero manejaban políticamente, y tuve una pelea con Alberto Maldonado porque me dijo: “No puedes trabajar sin título”. Le respondí: “Sácame cuando quieras, pero yo no me voy a ir por mi cuenta”, y así llegamos hasta el Gobierno de Roldós, que en un acto público en Guayaquil dijo: “¿Quién puede negar que Alfonso Espinosa de los Monteros es un periodista? Ahí han manejado al antojo estas licencias”. Entonces, Galo García, que era ministro de Educación, me dijo: “Mándame a mí todos los papeles, olvídate de la UNP y te doy”. Antes, la relación con Bombita era normal.

—Siendo una dictadura militar eran más tolerantes que los de ahora.

—¡Uy! Primero, no tenían la tesis de este señor que quiere acabar con los medios porque dice que los medios son los enemigos políticos, que es la madre de todas las batallas contra los medios que han sustituido a la oposición. O sea, no le gusta la crítica, simplemente.

Mientras estuvo Bombita hubo otro problema porque denunciamos un negociado de Fertisa cuando decidieron comprar fertilizantes en tal cantidad que no tenían dónde guardar. Como había la plata del petróleo, ¡maravilla!, y no había fiscalización. Denunciamos y le seguimos al tema en el noticiero, también le agarró Vistazo, ahí se calentaron los militares. Pero, mientras el Gobierno de Bombita tenía una mística nacionalista, de izquierda, y sí tenía ciertos cuidados, los militares se dañaron con el triunvirato, terminaron poniendo a Jarrín Cahueñas de ministro de Gobierno. Hubo la detención de los obispos, la matanza de Aztra, el caso Calderón. Incluso a mí me amenazaron de muerte. Luego del atentado contra Abdón Calderón, me pasé toda la noche y la madrugada en la clínica Santa Marianita. Me fui a mi casa, me di un duchazo y regresé al canal; a las 7:30 me llamaron, dijeron que esto sucede porque en el Ecuador no puede haber retorno a la democracia. (Le dijeron que después de Calderón le tocaba a él, porque dentro de la misma dictadura estaban boicoteando el plan de retorno). Pero nosotros peleamos al punto que la justicia en el caso Calderón se hizo por nosotros.

—Yo reproduje en uno de mis libros la portada de Vistazo que preguntaba de quién era la mano asesina, sobre una foto de Calderón.

—Esa portada fue de una toma nuestra para un documental que hice con anticipación y que sacamos al aire cuando murió y fue de un impacto terrible. Además, ‘superpanfletario’, como para decirles de todo a los militares. Pero los militares no se metían en los medios. Nosotros hicimos una campaña abierta; finalmente, ya no le pudieron defender a Jarrín Cahueñas y terminó condenado.

 

De Febres Cordero a Correa

—¿Cómo fue la relación con el Gobierno de Febres Cordero?

—Mala. Aunque Febres Cordero no llegaba a los niveles de Correa, que ya tiene una estrategia elaborada contra los medios, tenía hígado y le molestaba cualquier cosa que decían. Vistazo publica siempre un artículo cuando empieza un Gobierno con ‘los hombres del presidente’, los que van a ser ministros y tal. Febres Cordero se valió de eso para reclamar y se peleó con Vistazo.

—Pero me acuerdo de una portada espectacular de un Febres Cordero risueño, hasta con sombrero de paja, me parece.

—Sí, cuando ganó. Y en la campaña, como todos los políticos, tuvo buena relación con nosotros, pero yo le previne a Xavier Alvarado que él iba a tener problemas con los amigos, con los empresarios, con los poderosos cercanos, porque no le gustaba la sombra de nadie. Y Xavier es un empresario de comunicación bien parado. ¡Claro, en la primera oportunidad se pelearon!

—¿Cómo era en las entrevistas?

—Yo tenía una relación muy buena con él cuando era presidente de la Cámara de Industrias. En el noticiero de la una, entrevistaba en vivo a los personajes de Guayaquil. Como Febres Cordero siempre estaba en la palestra, lo entrevisté muchas veces, nos llevábamos muy bien, él venía a mi oficina y conversábamos. Yo le hice decir por primera vez que era oligarca: dijo que si a él le acusaban de ser oligarca por ser un hombre trabajador, entonces “yo soy un oligarca”. De ahí se hizo candidato a la Cámara de Representantes y ganó con las justas.

—Luego fue creciendo con el juicio de las muñecas.

—Claro. Ya de presidente, me hizo un reclamo muy airado cuando la rebelión de Vargas. Nosotros logramos meter una microonda en la base aérea en la segunda toma, cuando volvió de Manta. Era difícil porque eran unos platós grandotes, pero un reportero narraba acostado debajo de unos muebles, o algo así, lo que iba pasando, y yo le tuve al aire una hora siquiera. De repente una llamada: el señor presidente. “Aló, León”, digo yo. (Va imitando la voz airada). “¡Qué León ni qué León! ¡Soy el presidente de la República!” Ah, bueno, señor presidente, ¿pa’ qué soy bueno? “¡Yo voy a clausurar los dos canales!”, eran el 23 de Quito y el 2 de Guayaquil, “¡estamos en estado de emergencia y la ley me faculta a cerrar todo medio que esté transgrediendo, porque es subversión lo que está haciendo Vargas y ustedes le dan bandera!”. La verdad es que ya hemos transmitido bastante, ya vamos a cortar, le dije. Y cortamos porque ya el lío se acababa también.

Otra vez programé un debate, por el lío de las fundaciones, entre Jamil Mahuad, que era el abanderado de las fundaciones, y Aquiles Rigail, que era el ministro…

—El que se volteó, claro, que antes estuvo con Borja…

—Y antes con el PCD de Jaime Roldós. El programa iba a ser en vivo y me llama Pancho Swett, con quien soy amigo desde hace fu: “Te cuento que el presidente está preocupado de tu imparcialidad”. Le dije que si él se preocupa es problema de él, yo no tengo que dar explicaciones a nadie, el público me conoce. “Sí, sí, pero él me dijo que te llamara”.

—Estaba haciendo lobbing.  ¿Qué viste en el ascenso de Rafael Correa al poder?

—Lo primero que vi claramente, y desde antes, con Gutiérrez, era que estábamos finalizando un ciclo político, el de la partidocracia, por la corrupción. Los partidos en el Congreso manejaban todo. Y los socialcristianos más que todos. Y la Izquierda Democrático cometió un error histórico porque la tendencia del centro, que es la que el país quiere, la manejaban ellos, pero hicieron el febres-borjismo y la gente perdió confianza. (Dice que la gente votó por el cambio y pudo ser Gutiérrez pero no dio la talla).

Correa ya llega con una base más organizada, tiene su equipito de amigos de izquierda que le dicen qué hay que hacer porque tienen un plan y un enfoque económico; también busca la ayuda de los de la Flacso, donde están los intelectuales de izquierda en su mayoría, y empieza a gobernar. Sumado el petróleo, que es el motor clave. Llega como un mesías y forma esta mezcla de todo que es Alianza País. Además de sus atributos personales: inteligente, joven, guapo, carismático, gran comunicador, estudiado en Europa y Estados Unidos, con una visión del mundo amplia.

Yo voté por Correa y le defendí en las conversaciones, no en la televisión porque nunca he caído en eso, pero un amigo de Guayaquil me dijo: “El problema es que es necio, apasionado, hepático; se va a cerrar, no va a cambiar”. No se equivocó con el temperamento impulsivo de Correa. Febres Cordero era así, estuvo dirigiendo personalmente el operativo de rescate de Isaías. Tienen ese espíritu rambolesco que les empuja. Eso, con una necedad izquierdista, le vuelve un fanático.

—Pero en temas como el aborto, por ejemplo, es de derecha.

—Porque es fundamentalista y siempre ha sido católico y boy scout. Ya electo, en una entrevista con un cubano de Miami que le presionaba, dijo, entre otras cosas, que la prensa pone y tumba presidentes. No es cierto porque los presidentes se han caído porque no servían para nada: Bucaram, Gutiérrez, Mahuad. La prensa no ha necesitado hacer nada, solo contar.

—¿Cuándo fue el último enfrentamiento tuyo con el Gobierno?

—Cuando pusieron esas cuñas que decían que me debo retirar por viejo. Entrevistaban en la calle, pero todas eran contra periodistas de trayectoria: Diego Oquendo, Gonzalo Rosero… A mí, que me digan viejo, no me hace nada; lo que me molestaba era el interés malévolo de la campaña; lo que quería la Secom es irnos desacreditando a los periodistas de más llegada.

(Cuenta que una noche le llamó Alfredo Pinoargote a decirle que habían programado la cuña contra él para las siete de la mañana). Le llamé a Xavier Alvarado y le dije: “No podemos poner una cuña que vaya contra nosotros mismos. Por qué diablos, por qué van a tener derecho de ofendernos de esta manera. Me parece dañino y tramposo, así no se le quita la credibilidad a un periodista”. “De acuerdo”, me dijo Xavier, “pero busquemos una justificación legal”. Se reunió con los abogados y encontraron que me estaban discriminando por la edad. (No pasaron la cuña y mandaron la carta de protesta).

Me llama Alvarado, el de la Secom: “Don Alfonso, cómo va a creer, no ha sido con intención de hacerle ningún daño a usted”. Le digo: ”Un ratito, cómo no quiere hacerme daño y me pone con nombre y apellido que debo irme a mi casa”. Me dice: “Mire, yo estoy dispuesto a rectificar esto, le pido todas las disculpas, usted no se merece”. (Dijo que le podía mandar una carta). “Está bien, póngame por escrito lo que me está diciendo y yo lo leo en el noticiero”. (La reacción de respaldo había sido una cosa abrumadora pues se llenaron las redes. Finalmente, la Cordicom reconoció que había discriminación).

—Poco después vino lo del récord Guinnes, que parecía que estaba programado.

—¡Exactamente! (El asunto estaba en marcha por iniciativa de un funcionario de Ecuavisa que hizo todo el trámite). Justo me lo dieron y otra vez las redes sociales, otra vez tendencia yo, ¡púchicas!, fui subiendo y subiendo, en lugar de lo que ellos querían, que era bajarme.

—Volviendo atrás, la mejor noticia que dabas era: “Mañana no hay clases”.

—¡Ah, sí, esa era la noticia de oro porque todos los niños se ponían felices. Las amigas de mi mujer llamaban: “Dice mi hijo que le digas a tu marido que diga que mañana no hay clases”. (Risas). Creían que yo decretaba.

—¿Y cuáles son las peores noticias?

—Las de las guerras han sido feas. Otra que me impactó mucho fue el hundimiento de la motonave Jambelí que iba a Puerto Bolívar y murieron cientos de personas ahogadas porque la sobrecargaron. Yo fui al malecón porque esa época yo mismo reporteaba y ahí estaban como doscientos cadáveres rescatados, ¡qué terrible!, fue un 25 de diciembre.

—Para terminar, si comparas a Velasco Ibarra, Febres Cordero, Abdalá, Correa, ¿en qué se parecen y en qué se diferencian?

—En el espíritu populista. Velasco era el súmmum del populismo; Febres Cordero era un afiliado socialcristiano pero de mentalidad liberal, él mismo decía que no se afilió al Partido Liberal porque estaba muy dividido; tenía una idea del que el Gobierno hay que manejarlo como una empresa o una especie de hacienda. Él hizo un Gobierno populista, no del neoliberalismo, no vendió una empresa como hacían los Gobiernos de la época; él improvisaba, y también fue alcalde populista. ¿Abdalá? Ni hablar. No llegó a proponer nada, no hacía nada.

Aunque siempre en nuevos estilos: Velasco Ibarra era un populista que no entendía el país, no tenía un plan ni una idea real de la administración. Rafael Correa es un populista más avanzado, un populista de izquierda que elabora un plan y lo sigue en la medida que puede, pero, en la práctica, más importancia le da a mantener los subsidios, a que la gente esté contenta con esto. Ahora que estamos en crisis económica no quiere corregir esto que como economista sabe que hay que hacer, pero pierde votos. Es un presidente más capacitado, más ordenado, de los pocos que han hecho una planificación, pero basa su gestión en la comunicación y a los medios que somos independientes nos quiere alinear a la brava.

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