Black is beautiful: Kerry James Marshall
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Black is beautiful: Kerry James Marshall

 

Por María Fernanda Ampuero

Fotos: Archivo y cortesía del museo

 —Y nosotros, ¿dónde estamos?

Esa fue la pregunta que se hizo Kerry James Marshall después de haber visitado decenas de museos en los que no figuraba ni una sola persona negra y él, que entonces era un chico negro del sur de Estados Unidos con sensibilidad social y amor por la pintura, pensó que no era justo que su raza no estuviera representada en la historia del arte, ni en la clásica ni en la contemporánea ni en ninguna.

Esa invisibilidad de una porción tan enorme de la población, sobre todo en el caso estadounidense, estremeció a ese joven aprendiz que entonces esbozaba estudios de anatomía a lo Da Vinci. No había negros protagonistas en los largos pasillos de las galerías. Quizás estaban como guardias de seguridad. Y punto.

Eso simplemente no estaba bien.

Como él mismo dijo en una de sus primeras entrevistas: “Uno no puede nacer en Birmingham, Alabama, en 1955, y criarse en el sur de Los Ángeles, cerca de la sede del partido de las Panteras Negras, y no asumir cierto tipo de responsabilidad social”.

Heredero de la tradición reivindicativa de Charles White, fallecido en 1979, otro gran pintor afroamericano muy conocido por su muralismo a lo Diego Rivera, sobre todo por The Contribution of the Negro to American Democracy, un mural que se encuentra en la Universidad de Hampton o por Five Great American Negroes, Marshall decidió dedicar su vida a romper estereotipos raciales y representar la negritud (blackness), su belleza y también sus contradicciones.

Negro sobre negro

Kerry James Marshall: pintura y otras cosas, que se exhibió hace poco en el Palacio de Velázquez del Museo Reina Sofía de Madrid, es una de las muestras más importantes del pintor norteamericano que se realizan fuera de Estados Unidos. La exposición, trabajo conjunto de cuatro instituciones museísticas: Reina Sofía, M HKA (Amberes), Kunsthal Charlottenborg (Copenhague) y la Fundació Antoni Tàpies (Barcelona), reunió, según los organizadores, “una selección de obras en torno a los diversos temas y motivaciones que el artista ha tratado a lo largo de su carrera y en la que es visible su compromiso estético y político”. Lo cuento como lo vi.

El Palacio de Velázquez, en el corazón del parque del Retiro de Madrid, con sus colosales paredes blanco cal y sus techos infinitos coronados por una cúpula no puede ser más perfecto para albergar la obra de Kerry James Marshall. Ha llegado el otoño, llueve y decenas de paraguas de diferentes colores se amontonan en una especie de tanque para peces surrealistas.

Nada más entrar: el chillido. Un video (Doppler Incident, 1997), realizado por el artista, se repite en loop interminable y hay alaridos que salen de la garganta aterrada de una víctima y sirenas de policía y algo innombrable, inidentificable: tal vez la lluvia que borbotea, necia, sobre la cúpula; tal vez el desasosiego de la historia (la esclavitud, la violencia, la segregación racial, la pobreza, la guerra, la muerte) que, como sabemos, suena por dentro como un tambor africano.

Oh, brother

A pesar del color, de la purpurina con la que ‘adorna’ marcos y ribetes, de los corazones rosados, cursis (por ejemplo, en Wishing Well, 2010) de ese kitsch tipo high school que todos conocemos por las películas, hay algo perturbador, sombrío, triste, violento que se repite en varios cuadros de este artista. Hay muerte o cosas peores. Un aire de peligro, de que todo —todo— se puede torcer en cualquier momento.

Como sacado de una película de Quentin Tarantino (Pulp Fiction, por ejemplo), Robert Rodriguez o Spike Lee, Domingo 7 de la mañana (2003) es un fotograma, lo es a tal punto que la luz se refracta en la cámara (que es el pintor). En el cuadro no pasa nada: un hombre cruza la calle, dos más conversan afuera de una tienda de licores, pero algo pasa, va a pasar. Tal vez hemos visto demasiadas calles así en las películas. Tal vez las películas han visto demasiadas calles así.

Es Chicago, señores.

 

Orgullo negro

Dijo Kerry James Marshall en una entrevista: “El estilo es una parte tan esencial en lo que hace la gente negra que solo caminar se convierte en algo que no es tan simple. Tienes que andar con estilo. Tienes que hablar con cierto ritmo, tienes que hacer las cosas con cierto talento. Así que en mis pinturas trato de representar esa tendencia a lo teatral que parece ser una parte esencial del lenguaje corporal de la cultura negra”.

El pintor, modernísimo al punto de haber creado un cómic protagonizado por un superhéroe negro, Rythm Mastr (Maestro del Ritmo), que conjuga toda la mitología urbana del Estados Unidos negro, lleva la ideología del black is beautiful, el movimiento que durante los sesenta movilizó a miles de personas a favor de los derechos de los afroamericanos, a la altura de los grandes de la historia del arte.

Los cuadros Dark and Lovely y Dark and handsome son un tratado absoluto sobre la desmitificación del ideal de belleza clásico. No hay que decir más: el negro con el que Marshall pinta a sus protagonistas es intensísimo y los envuelve en resplandor, como a deidades.

Volver visible lo invisible, mostrar las tradiciones de su raza, el sincretismo, la homologación al american way of life y confrontar la calle, los medios de masas con la alta cultura occidental, es el motivo que se repite en casi toda la obra de este artista, uno de los afroamericanos más reconocidos del mundo, al punto de que, cosa inédita, la Fundación MacArthur le dio su beca para genios en 1997.

De Style (1993), un cuadro imposible de describir por la cantidad de detalles, muestra una peluquería en la que un peluquero con aureola, casi un Jesús negro, corta el pelo a parroquianos con anillos de oro, peinados imposibles llenos de brillantina y elegantes aunque estrafalarios trajes. Por momentos, al ver cuadros aislados, parecería que Kerry James Marshall quiere profundizar en los estereotipos, pero al terminar el recorrido y ver la exposición como un conjunto, la impresión general que queda es únicamente de respeto, de cercanía y conocimiento, de haberse asomado por una ventana al universo afroamericano con su contradicción: belleza y violencia y su búsqueda, a veces despiadada, a veces dulce, por encontrar un lugar en el mundo.

Como yo. Como tú. Como él. Como nosotros.

Si me pintan, existo

Hemos dicho que Kerry James Marshall quiso —quiere— llenar el vacío referente a su raza en la historia del arte. “Si no estás pintado, es que no has existido”, dijo el artista en una de sus primeras entrevistas. Así que la idea de la retrospectiva de Madrid y de todas las exposiciones que de él se han realizado es que el público blanco sienta las sensaciones que le producen a una persona negra entrar en los museos de Europa y escuchar el alarido sordo de la ausencia de figuras que la representen.

Marshall quiso romper con todo eso. Apreciar lo bello tiene una frontera: cuando te excluye a ti. Así lo explica en una entrevista con el Smithsonian American Art Museum: “Yo me he comprometido con un proyecto sobre la representación de las figuras negras y las distintas formas en que pueden ser tratadas y representadas. Existe una espectacular historia de la representación en la tradición europea. Yo no me siento parte de ella, pero tengo que orientar mi obra dentro de esa tradición porque la historia del arte se estructura en torno a ella, como una especie de origen que establece qué es bello y qué es importante. En esa tradición, la presencia negra es marginal. Aunque me gusten muchas cosas, existe un límite para apreciar las cosas que no te incluyen como parte fundamental de su sistema de valores”.

Por ello sus cuadros, además de mostrar la lucha histórica del pueblo afroamericano con sus personajes más destacados, busca también mostrarlo en su vida cotidiana, normal, un espacio en el que casi nunca se lo ubica; la violencia, la droga, el drama, la muerte, la corrupción rodean demasiado a esta raza en el imaginario del país como para que un grupo de chicos conversando esté haciendo únicamente eso: conversando. También esa normalidad del negro en la obra de Marshall es un acto subversivo. Quizá la gran revolución de este tiempo ya no es la de las Panteras Negras sino la de “soy tu vecino”, “soy tu compañero de habitación”, “soy tu presidente”. No en vano, en 2013, el presidente Barack Obama nombró a Kerry James Marshall presidente del Comité de Artes y Humanidades de su administración.

No más invisibilidad.

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