La libertad es colorada

Una nueva generación opta por la paz y una vida desenchufada de la actualidad. ¿Será posible?

Bicentenario Independencia.
Ilustración: Adn Montalvo E.

Al lado de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador hay un mural. Nada espectacular: Simón Bolívar sobre un caballo, el hombre levanta la espada y el animal, gordo y rubio, levanta las patas delanteras. El mural es igual de emocionante que una notificación en el celular, salvo por un detalle memorable. Alguien escribió la palabra “Mentiras” sobre el libertador.

Soy quiteño y el próximo 23 de mayo cumpliré veintiséis años. Ambas circunstancias me acercan a la batalla del Pichincha. Proyecto mi memoria sobre los granaderos de Tarqui, me pregunto qué habrán sentido al escabullirse de los españoles, qué piensa un hombre la noche antes de pelear con otro en nombre de un sueño desesperado. Yo, que cargo con las consecuencias de esa batalla, soy también una secuela de la guerra.

La guerra parece ser la condición del mundo libre y es difícil aceptar que mis experiencias me acercarán a ella mucho más que el recuerdo de las luchas independentistas. En octubre de 2019, durante las manifestaciones, fui en bicicleta hasta el Ágora de la Casa de la Cultura para llevarles fundas de leche a las amigas que estaban protestando, ellas se echaban la leche en la cara para mitigar el efecto del gas lacrimógeno que tiraba la policía. Hasta ahora no sé qué sacamos estando ahí, en el Paro Nacional.

Hace un par de años me uní a la marcha por el Día de la Mujer (#8M). Caminé en paz junto a familias con niños y punks basuqueros. Un grupo de mujeres que intentaba llegar al Palacio de Carondelet fue reprimido con brutalidad por la policía, iban rayando las paredes, tumbando barreras y llevaban antorchas en las manos. La policía las recibió con toletazos y gas directo a la cara. Hoy leo que en la marcha feminista del pasado marzo, bajo la administración del Gobierno del encuentro, pasó lo mismo.

¿Qué valor tiene el ideal del Bicentenario y la sangre que corrió en su nombre, si nunca ha dejado de correr sangre a nuestro alrededor? No acusen a mi generación de cristalina ni de ansiosa por pensar que todo lo que nos dicen son mentiras.

En febrero de 2021, a comienzos de los comicios presidenciales, decidí que anularía mi voto y dejaría de ver y leer noticias. Ninguno de los dos candidatos me inspiraba confianza (nada, ni un gramo) y la crisis carcelaria, que empezaba a estallar, me revelaba el síntoma espantoso de la corrupción que el ejercicio electoral pretendía maquillar. Escogí montar en bicicleta y tratar de reconocer Quito como algo propio, como algo que es mío o que también es mío. La montaña marcó la vereda de mi camino alzándose majestuosa en el oeste.

Mi bicicleta se llamaba La Colorada. Digo se llamaba porque me la robaron en la explanada de la Plataforma Gubernamental de Gestión Financiera, donde fui a realizar un trámite en el SRI para poder cobrar por un trabajo hecho hace meses. El trámite fue inentendible e inútil, no pude cobrar el dinero que gente mayor que yo, adultos responsables, me debía. Un colega que se dedica a escribir guiones, producir películas y comerciales, también mayor que yo, me dijo: “Tener que rogar por tu dinero es típico”. Qué alivio.

Podríamos hacer una película que se llame La batalla del Pichincha continúa, y escribirla sabiendo que vamos a ganar, aunque la crítica la ataque por romántica y cliché. Igual prefiero ganar.

Por cierto, no crean que los videos de vigilancia les devolverán sus pertenencias o revivirán a sus seres queridos. Yo vi cómo tres choros se llevaban a La Colorada y solo me queda pensar que no la deshuesaron, que ojalá otro sea igual de feliz con ella y surque el espacio sin tocar el suelo.

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