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Mundo Diners al día

Miguel Betancourt o el arte de reescribir

por José Luis Barrera

TIEMPO DE LECTURA 6 MINUTOS

Miguel Betancourt en su muestra 'Palingenesia'.

El pintor Miguel Betancourt nació en Cumbayá. Los recuerdos de esa parroquia aparecen a menudo en su trabajo y, justamente, son el motivo de su muestra ‘Palingenesia’ donde retoma el bahareque, la cabuya y otros materiales que descubrió allí para reescribir con ellos la historia. La suya y la nuestra.

El diccionario define a “palingenesia” como “regeneración, renacimiento de los seres”. Pero además es la palabra que Miguel Betancourt escogió para nombrar su nueva muestra. No es arbitrario: las obras que incluye representan la evolución de sus diferentes etapas de creador, desde el joven que miraba con asombro las puertas de las casas antiguas hasta el artista que viaja por el mundo.

En esta exposición aparecen sus viajes -por la vida, los libros y la geografía-, ya que gracias a ellos su universo pictórico se llenó de motivos del Siglo de Oro español, de la América aborigen o hasta de las cavernas australianas. ‘Palingenesia’ se mantendrá abierta en la Alianza Francesa hasta al 25 de octubre de 2025.

Las obsesiones de Betancourt

Con ‘Palingenesia’ Miguel Betancourt excavó un agujero en el espacio-tiempo para espiar su pasado. Pero no se trata de una retrospectiva de su obra, sino de una reinterpretación de los temas y obsesiones que lo han perseguido durante décadas. Están sus primeras acuarelas con los balcones, puertas y ventanas del Cumbayá de antaño mezcladas con trabajos actuales que recuperan el yute, la pizarra y el bahareque. Dichos materiales mutan en meninas, valdivias o huellas de manos al estilo de las que hacían los nativos australianos.

Betancourt cuenta que desde niño le atrajeron un par de elementos: el cielo y la tierra. Es decir, una contraposición entre azules y marrones que aún se mantiene en su trabajo y que ya no solo se manifiesta a través del óleo o la acuarela, sino también del cartón o el barro.

En sus primeros dibujos la imagen se encuentra atrapada en el papel, pero en los de ahora los materiales nuevos dotaron a la obra de tres dimensiones, con texturas que tientan al espectador a tocarlas, como si estuviera metiéndose en la cabeza del autor para robarle los recuerdos. Adheridos al cuadro aparecen envases de pintura, trozos de tuberías, cajas de madera, pero también siluetas, letras -a la espera de que el espectador les otorgue un significado- y el firmamento. Siempre el firmamento.

La parte central de la exhibición es una pequeña y antigua ventana cuyas puertas, al abrirse, muestran la palabra ‘palimpsesto’ que lo resume todo: la idea de que uno está allí con el fin de tomar el pasado -el del artista y de la humanidad- para escribir sobre él.

Palimpsestos

Antes del uso generalizado del papel en el mundo occidental, el pergamino era el soporte para la escritura. Fabricado con piel de animales, el material es muy resistente, pero caro y laborioso de producir, de modo que muchas veces la alternativa era reutilizar los rollos escribiendo encima. Tal es el origen del palimpsesto.

Los monasterios medievales de Europa contienen muchas de estas obras, pero el de Santa Catalina del monte Sinaí, en Egipto, es uno de los repositorios más importantes porque guarda alrededor de 160 ejemplares en los que se han rescatado obras del médico griego Hipócrates, Evangelios apócrifos y textos clásicos.

Esta técnica se retoma en diversas épocas, pero en los tiempos contemporáneos lo hacen, sobre todo, con una finalidad expresiva. Por ejemplo, Doris Salcedo en 2017 colocó agua sobre concreto para escribir los nombres de emigrantes de África y Medio Oriente muertos en su viaje a Europa a través del Mediterráneo. O Margarita Garcés Echeverría, quien en 2020 usó la técnica para superponer capas de pintura en sus propios cuadros y producir efectos nuevos y más coloridos.

Palimpsesto de Arquímedes
Palimpsesto con una obra de Arquímedes bajo un manuscrito del siglo XIII. Foto: AP.

La poesía de Miguel

Probablemente el interés de Betancourt por la plástica empezó de forma inadvertida al observar los materiales de construcción y los colores de Cumbayá durante su infancia, pero se convirtió en su oficio en la época universitaria y gracias a la literatura.

Estudiaba aquella carrera y en sus clases le hablaron del Siglo de Oro. Su maestro de entonces, Diego Araujo, le hizo notar que en aquel periodo convivieron dos revolucionarios del arte: Miguel de Cervantes y Diego Velázquez. Sus principales trabajos -el ‘Quijote’ en el primer caso y ‘Las meninas’ en el otro- trascendieron su tiempo y hasta los límites del lienzo o del papel para ser símbolos culturales en cualquier disciplina.

Egresado de la carrera, Betancourt dio clases de Literatura en colegios sin olvidar aquella idea hasta que la curiosidad por la pintura no pudo posponerse más: la palabra, para él, no fluiría a través de los versos, sino de los pinceles.

migue
Betancourt ha participado en la AQ Arte Feria de Quito, cree que es un espacio necesario para comunicarse con otros artistas. Foto: Víctor Vergara.

No hubo fallo. Llegaron después la portada en la revista Diners de enero de 1985 acompañada de un ensayo de Hernán Rodríguez Casteló y las exhibiciones por Ecuador, el resto de América, Europa y Asia.

Han pasado algunas décadas, aún así, subsiste la convicción de que la escritura también se pinta. Y esta resurge ya sea en forma de letras regadas dentro de los cuadros, en técnicas como el palimpsesto o en conceptos al estilo de la palingenesia. Betancourt concluye:

El traslape, es decir, la superposición es fundamental para mí. Quiero decir que siempre está presente en la literatura, la plástica, el arte en general porque es importante mantener las ideas acumuladas a lo largo de los siglos, pero enriqueciéndolas. Creo que eso es la vida: ciclos en los que nacemos y luego nos transfiguramos como en los relatos de Oriente donde hoy uno puede ser pájaro y mañana, flor.

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