Skip to main content

Al carajo la belleza que duele

por Ana Cristina Franco Varea

belleza duele columna
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta

Es raro pensar en todas las cosas que he hecho, y sigo haciendo, para parecer (o ser) bella.

El algoritmo conoce mi fragilidad y me envía soluciones: blanqueamiento dental, cirugía con láser para bajar la panza, rutina de ejercicio para mujeres de más de treinta, depilación definitiva, pestañas pelo a pelo, lifting facial, rinoplastia no invasiva, reducción de medidas con masajes, terapia ayurveda, ayuno intermitente, manicura definitiva, crema antiarrugas de día, crema antiarrugas de noche.

Nunca he logrado ser una “lady”. Admiro a las amigas que se visten cool y siempre encuentran las cosas en sus carteras. Hay gente que, aunque sea pobre, se ve elegante; y otra que, aunque tenga mucho dinero, se ve hecho un desastre, haga lo que haga. La elegancia se tiene o no se tiene y yo nunca he podido llevar una manicura perfecta porque detesto lavar los platos con las uñas largas y, sobre todo, porque escribo. Pero, ¿qué me llevó una tarde a un horroroso spa para que me claven agujas en la frente y los cachetes inyectándome mi propia sangre? Había ido a buscar una buena experiencia, pero sentí como si miles de abejas me picaran a la vez, me dolía más que parir. Una mujer al lado mío se reía, histérica, diciendo que no le importaba sufrir “porque la belleza duele”, “porque la belleza cuesta”.

Yo detuve el tratamiento a la mitad y salí con la cara roja y picada por las agujas, y con treinta dólares menos en la billetera.

Maldecía a los estafadores de la belleza en mi cabeza y pensaba que eran unos idiotas… pero me equivocaba, la única idiota era yo.

El blanqueamiento dental fue tenaz. Mi dentadura se volvió loca y el rato menos pensado un nervio saltaba solito y sentí como si una aguja estuviera calándome los dientes, pensaba en el holocausto, en la locura. El taladro fantasma. Mi dentadura era un piano desafinado que desentonaba en silencio el rato menos pensado crispándome los nervios de la manera más cruel. Sentí enloquecer. ¿Por qué me sigo haciendo esto a mí misma? Detuve el tratamiento a la mitad y la doctora me prohibió fumar, tomar café y Coca-Cola. Es decir, mis únicos tristes vicios. Si ya no como carbohidratos ni azúcar, ni tomo alcohol, ¿cómo voy a dejar el café? De alguna manera tengo que soportar la idea de la muerte, ¿no?

¿Qué es ser bella? Mis padres decían que yo era linda. Pero una vez vi mi nariz con un espejo y no era como la de las Barbies.

¿Podrían amarme a pesar de la forma de mi nariz? Nunca pensé que el amor podría tener que ver con la forma de una nariz o de un ojo o de una pierna.

Quisiera ser como Lena Dunham, exhibir mi celulitis con orgullo y comer lo que me dé la gana, pero también creo lo que dice Phoebe Waller-Bridge, que si tuviera las tetas más grandes sería menos feminista. Así que, aunque odie a los estafadores de la belleza y al maldito patriarcado, seguro me volveré a depilar y seguiré un plan de dieta ayurveda y haré yoga facial. Pero eso sí, juro por lo más sagrado que nunca, nunca, me haré un blanqueamiento anal.

Imagen de perfil

Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Nací en 1985. Soy columnista en Mundo Diners. Estudié cine. Escribo guiones. Edito un documental sobre maternidad y desarrollo una película de ficción.
SUS ARTÍCULOS