Barro y sangre. ADN sonoro del taller La Bola.
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Barro y sangre. ADN sonoro del taller La Bola.

Por Diego Pazmiño.

Fotografía: Quarzo Films.

Edición 456 – mayo 2020.

Dicen que nos pasamos la vida entera buscando nuestro verdadero destino, pero a veces es el destino quien nos encuentra, a menudo sin avisar. Esta familia de músicos no ha podido escapar de una historia que parecería haber sido escrita para ellos siglos atrás.

ELLOS TE HABLAN

“Yo recogía a los músicos de sus casas para llevarles a ensayar, y luego les llevaba de regreso… Cuando nos presentábamos, les pagaba de mi bolsillo. Me saqué la mierda persiguiendo un sueño que ahora es la realidad de mi familia”. Así contaba Luis Oquendo Robayo, músico y restaurador de arte en metal, una ocasión en la que estaba ensayando con una banda de rock, en 2011, tres años antes de morir. Hablaba de su más grande proyecto, tanto profesional como personal: el taller La Bola, una agrupación en la que convergen sonidos prehispánicos y ritmos contemporáneos, en un género bautizado por sus músicos como “audaz urbano”. La mixtura de ocarinas, silbatos, cascabeles e instrumentos armónicos pertenecientes a culturas anteriores a la inca, con guitarra, bajo, sintetizador, flauta traversa, batería y tambores, resulta poco ortodoxa, y a decir del grupo, hay que cortarse la cabeza y cambiar de lógica para abrirse a su sonido.

Este taller reúne a varios artistas dentro de un espacio en el que se llevan a cabo actividades en torno al conocimiento de estas piezas, la práctica musical y el estudio de su sonoridad y procedencia. El lugar es también el hogar de una familia que se ha dedicado por completo a esta labor. Las paredes están llenas de máscaras de distintas culturas del Ecuador y del mundo, de afiches de eventos pasados, ilustraciones y reproducciones de obras de arte, dibujos y cartas que los hijos escribieron a su padre y varios, muchos, instrumentos musicales. Es una casa de tres pisos ubicada al sur de Quito, en el barrio de Chimbacalle. Ahí ensayan en la sala y a veces en la terraza.

LA FAMILIA

Los tres hijos de Luis Oquendo son muy parecidos entre sí: Nicolás, Miguel y Ada llevan una cabellera larguísima, al igual que lo hacía su padre, castaña y crespa, a excepción de Miguel, quien marca la diferencia por su cabello liso. Son cálidos al responder las preguntas, y al final de cada oración sueltan una pequeña risotada que define la camaradería con la que se refieren a su trabajo. En el taller me reciben con confianza, pero son reservados en cuanto al contacto con los instrumentos prehispánicos porque creen que estas piezas tienen vida, escogen a sus intérpretes y si se les trata sin respeto se resienten, se caen y se rompen.

Luis Oquendo defendía apasionadamente la validez musical de estos instrumentos. Debatía al canon académico, que los considera simples e imitativos y decía que “no son pobres ni microtonales, no solo reproducen notas y sonidos de la naturaleza. Son complejos, porque tienen vida y secretos”. Sus tres hijos han sido parte del taller desde la infancia. Conocen y nombran a cada una de las 33 piezas de su colección y las han estudiado durante décadas; están convencidos de que les hablan, de que tienen personalidad e identidad, y basan su método de aprendizaje en una comunicación intuitiva. “Son seres”, repiten Nicolás, Miguel y Ada, quienes también heredaron de su padre la relación espiritual con los que llaman “prehispánicos”.

Esta familia ha llevado su proyecto a los escenarios más disímiles, guiados por un afán didáctico que busca difundir el sonido, la historia y la estética de estas piezas arqueológicas. Han dado conferencias, han ido a pequeños bares en Guápulo y La Mariscal; tocan en colegios y teatros, en conciertos de rock y en eventos de formato acústico. Tocan con músicos académicos y empíricos, con bandas de metal, pop y hip hop; se presentan en las calles del Centro Histórico, en grandes festivales nacionales y en pequeños conciertos en varias provincias del país. Se consideran voceros de las culturas autóctonas y dedican su vida a este trabajo de difusión.

Sobre el sonido de las piezas, dicen que parte del viento, en una mezcla de barro y el aliento de quien las interpreta. Es única y multifacética la sonoridad de cada instrumento, y los Oquendo piensan que debieron guardar un objetivo ritual. En la colección hay piezas con sonidos dulces, melódicos, armónicos y delicados, así como fuertes y estridentes. Sin duda se inspiran en la naturaleza y fácilmente pueden imitar las enredadas afinaciones de, por ejemplo, el canto de un pájaro; sin embargo, no dudan de su complejidad y sus posibilidades, marcadas por la atmósfera terrosa que les otorga la cerámica. 

Manejan estos instrumentos con habilidad y cariño. Verlos tocar es acercarse a una experiencia que pone sobre la mesa la relación que tenemos con nuestra historia.

EL MÉTODO ES TOCAR

Basan su aprendizaje en la relación con el instrumento, escucharlo y aprender de este tocándolo. Son músicos empíricos, a excepción de Nicolás, quien tiene una amplia formación musical. Pero consideran que lo aprendido en la academia no es suficiente para tocar estas piezas. “Nosotros no rescatamos nada, ellos son los que nos rescatan, ellos nos escogen para contar su historia”, repiten los integrantes, que se consideran aprendices de estas piezas provenientes de las culturas Bahía, Jama Coaque, Huancavilca o Tejar-Daule, y que son guardianas, en su barro, de miles de años de historia. La memoria de estos pueblos ancestrales queda registrada en figuras antropomórficas de cerámica (los propios instrumentos), con detalles de vestimenta, ritos, rangos sociales y creencias de la cultura que representan.

Nicolás de veintinueve años, Miguel de veinticinco, y Ada de dieciocho, han tocado los prehispánicos desde que tenían cuatro años y ensayan cuatro veces por semana. Cada uno ha generado una relación particular con alguna pieza específica. Dicen que son sus compañeras de vida, y mientras más tiempo comparten con ellas, más misterios les revelan. Tocar estos instrumentos, para ellos, es un privilegio y una responsabilidad asumida mediante la gestión de un grupo dinámico, que cuenta con cinco discos, varios videos, sesiones en vivo, notables fusiones musicales, y de cuya amplia trayectoria hay un extenso registro audiovisual y varios estudios académicos.

Contar con piezas ancestrales de carácter museable hizo que Luis Oquendo Robayo las validara en sus estudios, oficialmente, como instrumentos musicales y las registrara en el catálogo del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) instituyéndose como su “custodio”. De su colección, dice la familia que destinarla a las vitrinas de un museo las enfriaría y silenciaría, que el calor del aliento y el espectáculo les da vigencia. Pero no se niegan al uso de nuevas tecnologías.

ROL Y HERENCIA

Para que el taller funcione los hermanos se reparten responsabilidades que su padre ya les había dejado encargadas: Nicolás, el mayor, a quien Luis Oquendo llamaba el segundo de a bordo, se encarga de la gestión y las relaciones, a más de ser parte fundamental en la composición musical. Después está Miguel, a quien su padre le dio el título de instructor y la responsabilidad de velar por el bienestar de los integrantes. A pesar de contar con otros músicos que no comparten lazo sanguíneo, todos se consideran una gran familia. Él también trabaja la línea gráfica, diseña los discos y afiches, y maneja la publicidad y las redes sociales. Ada, llamada por su padre La chispa del espectáculo, es la presentadora.

Los hermanos continúan la labor de su padre, quien, además, estableció un evento anual llamado Córtate la cabeza, que cuenta con la bola de colaboraciones artísticas de diferentes disciplinas y géneros musicales, dentro de un show didáctico, interactivo e interdisciplinario. Se han mantenido activos y han crecido dentro de la dinámica del taller, que antes era un vínculo con su padre y ahora también es su actividad profesional.

“Un rato era un amor, y al siguiente se volvía un diablo”, dice Nicolás, cuando recuerda la intensidad de su padre al hablar. Luis Oquendo era un hombre de sentimientos a flor de piel, reía y lloraba con facilidad, miraba a los ojos e interpelaba de manera directa e intimidante. Es, ahora, un referente del conocimiento sobre culturas prehispánicas, luego de haber trabajado diecinueve años en el Laboratorio de Restauración y Conservación del Banco Central.

JAM Y ENSAYO

Durante los ensayos y presentaciones la conexión musical entre los hermanos Oquendo y los artistas invitados es igual de cálida que sus personalidades. Cruzan miradas y ríen, bailan, silban, aplauden y saltan. Pueden improvisar por mucho tiempo. Nicolás piensa que el lazo con sus hermanos está programado genéticamente para que sus voces empaten y sus ideas se tejan en un lenguaje que él considera telepático.

Ada maneja un silbato bifonal de la cultura Bahía bautizado como Corazón pulmón. Tiene un orificio en la parte delantera y uno en la parte trasera. Ella lo ha tocado varios años y dice que es con el cual se siente más cómoda para seguir a sus hermanos en las sesiones de improvisación. Miguel maneja con destreza a La Tere, la pieza más antigua, un instrumento armónico de la cultura Bahía, de 2 500 años de antigüedad, nombrado en honor a la madre de Luis Oquendo. Representa a una guerrera de alto rango, hecha en molde, con bastón de mando y varias joyas. Nicolás, por su parte, ha generado una relación cercana con la que llama Mi pana, una ocarina Jama Coaque que lo ha acompañado en circunstancias personales difíciles, como la muerte de su padre o el fin de una relación amorosa. Dice que tocarla siempre le hace sentir acompañado.

Manejan estos instrumentos con habilidad y cariño. Verlos tocar es acercarse a una experiencia que pone sobre la mesa la relación que tenemos con nuestra historia y nuestra familia. Son la segunda generación de un proyecto musical que los ha llevado al oficio de custodios. Ahora componen un sexto álbum y gestionan varias participaciones en eventos nacionales e internacionales, como la gira por Bolivia que dieron en marzo pasado, durante un mes, en la que ofrecieron conciertos, charlas y talleres acerca de estos instrumentos, representando al país y hablando de nuestras culturas ancestrales.

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