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Ayllu

por Redacción Mundo Diners

Por Diego Pazmiño

Edición 460 - septiembre 2020.
Fotografías: La Flor y El Ojo, Karina Terán

Cada familia cuenta una historia que no es la propia sino la de una pequeña y compleja civilización en sí misma. Algunas heredan a sus descendientes títulos, posiciones, contactos. Y otras simplemente siguen un camino que parece trazado por un orden superior, tan maravilloso como inevitable.

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Clan Cachimuel

Cada vez que me acercaba a la puerta del cuarto en el que estaban reunidos los hermanos Cachimuel, escuchaba la canción que estaban tocando al otro lado. Son once personas y nunca dejan de tocar sus instrumentos. Necesitaba hablar con ellos, pero sentía que estaba interrumpiendo una celebración. Igual me contestaron de la manera más entregada; tomándose su tiempo, pensando y desarrollando cada respuesta. Pero yo, francamente, prefería retrasar mi entrada. Primero porque me gusta escucharlos y, segundo, porque no se puede competir con un sanjuanito.

El trabajo del grupo de danza y ensamble musical Yarina, de Otavalo, resulta más que inspirador. En un principio, se trató de un proyecto compuesto íntegramente por miembros de la familia Cachimuel, pero desde hace varios años cuenta con la colaboración de otros artistas: fusionan ritmos andinos, africanos y contemporáneos, y escriben en kichwa. Cada hermano domina varios instrumentos musicales; algunos forman parte de grupos que exploran géneros como el jazz o el hip hop, y por los que también son ampliamente reconocidos.

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Hablan, desde el orgullo, de sus inicios en calles y plazas, y de los viajes que, a una temprana edad, los llevaron a Quito primero, y a Estados Unidos y Europa después; ya fuera para estudiar Música o para tocarla en giras que pasaban por varias ciudades del mundo. “Uno no sabe el impacto que puede llegar a tener sobre otro ser humano”, dice Roberto Cachimuel, director musical del conjunto, con quien conversé una mañana de Carnaval, en la gobernación de la parroquia de Zámbiza, cuyas fiestas cerraban aquella noche con la presentación de Yarina.

Mientras el Carnaval dejaba en las calles su rastro de espuma, fiesta y aglomeración, la familia descansaba en los camerinos, es decir, las oficinas que les cedió la organización. Esperaban la prueba de sonido. Así pasaron varias horas, en las que dejaron de tocar apenas en tres cortos momentos: dos veces para abrazar a sus fanáticos y fotografiarse con ellos, y el tercero, cuando Roberto y yo conversamos. Él dirigía las respuestas, y de cuando en cuando interactuaban sus hermanos Ati y Rumiñahui. Al menor de mis descuidos, los hermanos menores y sobrinos empezaban otra copla carnavalera, otra cumbia.

Hablamos de su proyecto actual en Otavalo (una escuela donde se enseña música y kichwa a niños y jóvenes); me contaron sobre Estados Unidos y Europa, sobre pluriculturalidad y el olvido del kichwa o de ritmos de distintas culturas. Pero, sobre todo, hablamos de música. De instrumentos, de géneros musicales, de ensayos y presentaciones, y de su dinámica —personal y en conjunto— dentro de este idioma universal. Vienen de la comunidad Monserrate, en la provincia de Imbabura, en el monte del que salieron impulsados por José Manuel Cachimuel, padre de los once hermanos y líder de Yawuar wauki, que luego se convertiría en Yarina.

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No pretenden implantar el kichwa como lengua oficial; saben que eso no es posible en una sociedad que deja poco espacio a lo ancestral, pero sí plantean la necesidad de esquivar el olvido de manera enfática.

(Uchilla-llaktapak Monserrate

puchu pachapakman)

De la comunidad Monserrate al mundo

Anita Cachimuel, representante de la banda y cantora, me habló de los orígenes. Yawuar wauki se traduce como “hermanos de sangre”, pero dice que por motivos fonéticos (el público no podía pronunciar el nombre del grupo) decidieron cambiarlo a Yarina a inicios de los noventa. Pero todo empieza una década antes, cuando el padre, con la intención de que sus hijos aprendieran a tocar, invitó a los músicos mayores de la comunidad a su casa. “Les alentaba con un traguito, y cuando se animaban tocaban por horas”, me cuenta. “Mis hermanos mayores memorizaban las posiciones de los dedos para reproducir sus sonidos luego, en los instrumentos que mi papá conseguía; ese fue el origen de Yarina”, dice Ana.

Se preparaban con la intención de llegar a las plazas del Centro Histórico de Quito, para cantar, vender casetes y gestionar presentaciones. “Tocar en calles y plazas ahora suena como una aventura excitante, pero para nada era fácil, teníamos que pelearnos con los municipales, con otros grupos que venían de países como Bolivia y Perú”, dice la cantora al recordar estos viajes a la capital; cuando ella, siendo más pequeñita que el bombo, ya lo tocaba a diario. Ese trajín era duro para los hermanos menores, que debían regresar los domingos en la noche a hacer sus deberes de la escuela. Entre semana, ensayaban por horas, según la norma del padre, para de nuevo viajar los viernes a Quito. Dormían y comían en un asilo de monjas ubicado en El Tejar, el centro del centro de Quito. Ana cuenta que compartían fila con cargadores del mercado, mendigos y personas que pedían limosnas. “En el mejor de los casos, después de un día de trabajo, comprábamos un pollo asado, que era una comida de lujo”.

Para 1983 Yawuar wauki ya era conocido en mítines sociales y políticos donde José Manuel, líder comunitario, lograba colarlos. Luego de diez discos y cientos de giras, la banda reparte su tiempo entre Boston, su centro de operaciones en Estados Unidos, y el Ecuador, país al que regresan algunos hermanos con la misión autoimpuesta de velar por el fortalecimiento de la cultura kichwa-otavalo. “Somos una cultura viva, no pertenecemos a un museo”, dice Ana.

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Llegaron a Estados Unidos de uno en uno. “Primero fueron los mayores, Rimay y Manuel. Roberto viajó por una invitación de Oxfam International y se quedó para estudiar en Berklee College of Music”, dice Ana, y me cuenta que no todos pudieron viajar y formarse en Música, pero que todos se han preparado en distintas áreas. “Escuché en un parque de Boston a un grupo de músicos que estaban tocando un sanjuanito; me agradó que no fuera el Cóndor pasa que lo tocaban hasta el cansancio todos los grupos de migrantes latinos. Me llevé una sorpresa al ver a Roberto, aún pequeñito, tocando el violín con harta destreza”, cuenta Álex Alvear, músico ecuatoriano que colabora permanentemente con esta familia.

Ana, ahora radicada en Otavalo, dirige la escuela de música andina Yarina, que complementa la educación formal de niños con actividades que intentan rescatar el kichwa y las tradiciones musicales de los pueblos originarios del norte mediante clases de música, formación de coros y lecciones de idioma. La educación es un espacio importante para trabajar en su propuesta y volver a su tierra, la que encuentran cambiada en varios sentidos. Por eso plantean el fortalecimiento del kichwa que, a pesar de no ser una opción pragmática en un mundo globalizado, contiene, según la familia, una intención de resistencia cultural que busca evitar la desaparición de la diversidad del país. Ahí la importancia de hacer lo que hacen y decir lo que piensan en el escenario y en los distintos espacios del ambiente cultural ecuatoriano en el que se desenvuelven.

Cantan la mayoría de su repertorio en kichwa, suben al escenario con trajes típicos y hablan abiertamente de su propuesta. Ana, al respecto, dice: “Creemos que el escenario no es un lugar donde salimos como estrellas, sino que pensamos que es un medio de comunicación directa con el pueblo”. Mediante ritmos como fandanguis, ojajas y sanjuanes, le cantan a la vida y a la alegría; así como a la protesta, a la tristeza, a la nostalgia. Pero son positivos y ven al presente con esperanza.

Sapan runa kan shuk pacha

(Cada cabeza es un mundo)

Rimay, el hermano mayor, cuya forma de tocar es descrita como “muy particular” por Ana, está encargado de los vientos andinos. Después viene Manuel, el segundo hermano, encargado, además de los vientos, del bandolín. Ambos son de la vieja escuela, aprendieron viendo a los taitas de la comunidad, a los que José Manuel invitaba a su casa a beber una copa y tocar durante horas. Ana dice que a veces puede ser un poco incrédulo con la banda, “pero a los hermanos menores nos ha tocado demostrarle que se puede seguir cantando para vivir”.

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“Mis hermanos mayores memorizaban las posiciones de los dedos para reproducir sus sonidos luego, en los instrumentos que mi papá conseguía”.

Roberto, violinista y voz principal, es el director musical y, por así decirlo, encargado de la innovación, al fusionar la música tradicional con la que conoció durante su formación académica; también incorpora instrumentos de otras tradiciones como el saxofón o la batería. Es un músico perfeccionista: en los ensayos, por ejemplo, detiene todo cuando identifica notas o cuerdas desafinadas. “Es multiinstrumentista, al igual que casi todos mis hermanos. De los diez álbumes de Yarina, ocho los ha compuesto él, y en cinco se encargó por completo de la grabación de todos los instrumentos”, dice Ana.

Kaya Cachimuel es la hermana menor, cantora y escritora, tiene un proyecto solista y acompaña a su hermana en la presentación de las canciones sobre el escenario. Su sensibilidad poética se manifiesta en temas cargados de ternura, como Mamitagu, en el que evoca a la madre desde la distancia, o Urpigu, en el que poetiza sobre la pérdida de su hijo: “¿Dónde te habrás ido, con quién estarás jugando?”, se pregunta Kaya en un canto dulce de Yarina. Ana dice que cuando su hermana les presenta sus canciones, todos terminan llorando por la sensibilidad con la que escribe sobre temas familiares con los que se identifican de manera profunda y personal; pero que a su vez despierta el mismo sentimiento en teatros o plazas abarrotados de gente.

Rumiñahui es el bajista, el más puntual y el más exigente de los hermanos. Empezó bailando, no le gustaba, se sentía obligado, se enojaba, pero si José Manuel decía que tenía que bailar, tenía que bailar. Ana comenta que Rumiñahui heredó el carácter fuerte de su padre, así como ese rostro de piedra que justifica su nombre.

Curi Cachimuel es “vientista” (una palabra que usan mucho) y baterista, “un hiperactivo total, nunca para”, dice Ana. Él ha generado el proyecto Runa jazz, de música afrokichwa, con estudiantes de la Universidad San Francisco de Quito, donde estudió Música.

Ati Cachimuel es guitarrista, bailarín, compositor, y el más serio de los hermanos. Casi nunca habla, pero infunde admiración y su contundencia al componer le ha valido el respeto del ensamble. Acompaña a su hermana en la gestión y manejo de la escuela de música Yarina, donde pone en práctica una investigación acerca de métodos relacionados con la forma de tocar el violín andino y el bandolín.

Tupak toca el bandolín y es el bromista de la banda, “no se le escapa una”, dice Ana; pero yo no entiendo esas bromas porque las dice en kichwa y funcionan como “chistes internos” y en voz baja. Su hermana piensa que es el más mimado porque, de niño, casi murió ahogado en un tanque de agua y pasó quince días en un hospital. Tupak me recuerda a Buster Keaton, nunca suelta una sonrisa, pero genera carcajadas.

Sumay se encarga de los teclados, está en el grupo de danza y formó, junto con varios de sus hermanos y otros músicos otavaleños, la banda de los NIN, agrupación de rap con la que explora este género junto a ritmos tradicionales ecuatorianos, entre beats, tornamesas, charangos y zampoñas. Es serio y silencioso, pero una metralleta como MC (maestro de ceremonias) al momento de rapear en ambos idiomas (español y kichwa).

Finalmente tenemos a Alic, quien estudia Ingeniería Acústica y se encarga de un espectáculo que involucra a más de veinte artistas en escena. Su trabajo es complejo, pues las pruebas de sonido conllevan una gran cantidad de instrumentos sobre el escenario. Alic, a sus veintidós años, tiene una gran responsabilidad, pero así ha funcionado la familia desde siempre: el que puede trabaja y mucho.

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Dicen los hermanos Cachimuel que la base de Yarina es un líquido: la sangre. Según ellos, si no fueran hermanos, ya no habría ensamble. A pesar de no ser esta una regla tallada en piedra y de existir varias familias que no se caracterizan por su unión y transparencia, entre ellos se percibe respeto, admiración y camaradería. La mayor parte del tiempo que estuve con ellos todo fue música y bromas: la música para todos; las bromas, a veces en kichwa, entre ellos, y a veces en castellano para todos.

Fidel Minda, músico que acompaña desde 2019 a Yarina en la percusión, dice, “siento que los amo”, cuando me habla de su experiencia ensayando y tocando con ellos. Los ensayos son distintos a lo que cualquier músico acostumbra, empezando porque se dan cita en Otavalo, a dos horas de la capital. “Llegas, te preguntan si comiste, si no comiste te llevan ese rato a hacerlo. Te tratan hermoso, y luego te sientas a ensayar de largo. Semanas enteras, con una estructura bien marcada”. No un día de ensayo, sino semanas enteras de ensayos. Fidel va y vuelve contento, “te bulean full, pero te cuidan y son unos capos”, dice entre sonrisas.

Antes de subir al escenario, se abrazan y se dan aliento; se enfocan, se alinean y, luego, bailan. El zapateo en círculos al son del sanjuanito, la melódica, los violines, guitarras y tambores integra a un pequeño público que los acompaña tras camerinos, en un pequeño Inti Raymi donde los músicos sacuden sus nervios. Suben con la energía elevada y elevan así al público, que corea sus canciones a voz en cuello. El espacio es festivo y alegre. Cuando terminan una canción, presentan la siguiente entre reflexiones y mensajes como el de mantener vivo su lenguaje, su cultura. No pretenden implantar el kichwa como lengua oficial; saben que eso no es posible en una sociedad que deja poco espacio a lo ancestral, pero sí plantean la necesidad de esquivar el olvido de manera enfática. La música de esta familia, cultivada desde hace 35 años, es de alta calidad: la llaman “música del mundo” porque es de todos, pero, sobre todo, nuestra.