Ay, Marie.
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Ay, Marie.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración: Maggiorini.

442 – marzo 2019.

Firma--AmpueroSi han estado últimamente en este planeta, saben quién es Marie Kondo. Si no han estado —por favor, llévenme la próxima con ustedes—.Yo les cuento: Marie Kondo es una mujer menudita, con un flequillo casi infantil y una sonrisa de anfitriona perfecta que se dedica a ordenar. Sí. La vida acomodadísima, pero minimal, que esta japonesa de 34 años debe llevar se la ha ganado diciéndole a la gente que arregle su casa: ordenando que ordenen. No acaba de aparecer, anda por ahí hace años con libros y tutoriales que enseñan a sus fieles —miles de miles— a tener un clóset donde nada desentone, esté viejo, descuajaringado, se mueva o sobre.

Dice que esa es la única manera de ser feliz. Dice, también, que el dios del orden le envió ese mensaje para la humanidad. Dice: “arregla tu cuarto para arreglar tu vida”.

Marie Kondo es, digamos, una mamá con followers en lugar de hijos.

Yo la odio hace tiempo y créanme que es un odio que me cuesta porque mide 1,43 y tiene esa piel de porcelana fina de las mujeres orientales que las hacen parecer preciosas muñequitas Lladró. Pero es que siendo yo la mujer más caótica del mundo, la superheroína Supercaótica, pienso que Marie es mi villana natural, un Lex Luthor que en lugar de arsenal nuclear tiene una funda gigantesca de basura para botármelo todo.

Me emputa que con esa sonrisa de colegiala y esa voz que es como la voz de una flor de Disney le diga a la gente que se deshaga de lo que le sobra, que libere, que haga limpieza y que le hagan caso, hipnotizados por esa dictadora tan delicada. Estoy segura de que esa misma gente mañana va a decir “ay, carajo, por qué boté, qué bruta”.

Si Marie Kondo viera mi clóset, pondría en su frente ese diminuto pájaro blanco que tiene por mano y se desmayaría.

Marie Kondo me haría ingresar en un sanatorio: yo soy un peligroso caso de acumuladora compulsiva que así como tiene la entrada de un concierto de octubre tiene fotos de compañeras del colegio, muñecos de plástico, monedas de quién sabe dónde, ristras de pastillas de alguna gripe del año 2000, pañuelos —¡pañuelos!—, gorras de marcas comerciales, frascos con una peliculita hecha engrudo de crema, collares que fueron dorados y ahora son grises, aretes chullos, libros terribles y tantas pero tantas mierditas que hacer esta lista exhaustivamente me llevaría una década.

Sí, Marie Kondo, mi archienemiga, mi némesis, querría destruirme.

A mí no me preocupa que esta muchacha triunfe en las redes porque también triunfaron, yo qué sé, las Kardashians, y Marie Kondo por lo menos hace algo. Lo que me despierta la fantasía es que la compulsión por el orden, lo que preconiza con tanta repercusión la japonesa, se ponga de moda y que hordas de creyentes, una vez purificadas las habitaciones de sus familiares y amigos, empiecen a tomarse nuestras casas para botarnos las basuras sentimentales, las zapatillas desfondadas y los pantalones con pinza.

Me suena una distopía a lo 1984 de Orwell: Mundo Kondo.

Si Mundo Kondo llegara a consolidarse, yo claramente estaría en la resistencia y haría adornitos basura con cualquier cosa —mocos, pelos, uñas— para desafiar el orden impuesto. Luego con un jeep tuneado recorrería la ciudad perfecta e impoluta donde en pantallas gigantes se vería la cara de Hello Kitty de Marie Kondo diciéndonos cómo doblar las camisetas en vertical y no en horizontal, cuántos vestidos debemos tener y que debemos conservar nada más treinta —¡treinta!—, fucking libros en nuestras casas.

Loca delirante, habría que destruirla.

Yo echaría miles de fotocopias de poemas y servilletas de restaurantes y tickets de metro y naipes y conchas de mar y monedas para que los niños las guarden bien en secreto en sus cuartos. Preferiría enfrentarme a una horrible, pero ordenada muerte a manos de la feroz policía KonMari que vivir en un mundo sin cosas inútiles.

Sí. No hay nada que me guste más que llenarme de pendejadas, no se trata de acumular por acumular, se trata de llenar mi vida de memorias en trocitos que me hacen feliz nada más mirarlas. Ahora que me mudo —otra vez— de país pienso con tristeza en todas esas cosas de las que me voy a deshacer porque no hay Marie Kondo más implacable que el sobrepeso de las maletas. Adiós huevaditas de catorce años. Pero, claro, también saboreo con ilusión esas primeras estanterías que se van a llenar de muñequitos y naderías que harán mi vida un poco más caótica y mi corazón un poco más rebelde.

¡Toma eso, Marie Kondo!

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