Cuando conocí a David Cerezo en primero de bachillerato de un colegio fiscal sabía que era diferente. Algunos del curso le decían “el raro” porque prefería estar solo, caminaba rápido y estaba absorto en sus pensamientos. Sin embargo, cuando hablaba con él podía darme cuenta de que era la persona más sincera que había conocido y eso me agradaba. No decía mentiras, tenía muy buen sentido del humor y cuando se obsesionaba con un tema no podía parar de hablar de eso.
Teníamos doce años y a esa edad nunca supe lo que era el autismo. No volví a saber de él hasta después de diez años cuando ya era periodista, me escribió por Facebook y me dijo: “Hola cómo estás?, ¿te acuerdas de mí?... Quiero pedirte que me hagas una entrevista”. Me dio mucho gusto leerlo y al preguntarle la razón para ser entrevistado me dijo: “Quiero que la gente conozca qué es el trastorno del espectro autista (TEA), desde una perspectiva que no te da un libro médico, porque entonces entenderán que somos iguales al resto, solo que distintos dentro de una misma humanidad”.
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