La danza y el teatro han jugado a complementarse y nutrirse. Han bailado y actuado de la mano sobre escenarios que se han enriquecido de su intercambio. Este es un recuento del tránsito de las artes escénicas de las últimas cuatro décadas. ¡Rómpase una pierna!
Danza. Teatro. Sí: se pueden escribir las dos palabras separadas por un punto. O se las puede escribir (y asumir) unidas por un guion: danza-teatro. Teatro-danza. O inevitablemente juntas, como en un acto de amor creativo: danzateatro. Y entonces vienen a la memoria Daquilema de Patricia Aulestia, y Santa Juana de América de Andrés Lizárraga, protagonizada por Isabel Casanova, considerada como la mejor puesta en escena de Teatro Ensayo, dirigido por Antonio Ordóñez.
¿Y si las separamos con un punto y aparte?
Danza: Wilson Pico, una de las figuras fundacionales de la danza moderna ecuatoriana. En la década de los setenta, incómodo con el ballet clásico y tocado por la influencia de Wigman y Grotowski, creó su propio lenguaje, particular y moderno, con más de un centenar de obras cuyo referente es lo social, dejando así su legado a la danza ecuatoriana.
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