
Un VHS rayado, un fanzine que todavía huele a fotocopiadora, una portada de Vistazo con la foto de los atracadores de Ceibos Norte. Guayaquil tiene la costumbre de conservar su historia en cajas de cartón o en el estudio de algún artista. En la exposición Rebelde, marginal y revoltoso este material salió del encierro y se instaló en el Museo Nahim Isaías.
Tres salas, sin cronología
El curador Oswaldo Terreros organizó la muestra Rebelde, marginal y revoltoso: entre la metáfora y el panfleto en tres espacios: Sala crónica, Tracalada de herméticos y Durmiendo con el enemigo, que reconstruyen el mapa de las escenas autogestionadas de Guayaquil entre el retorno a la democracia, en 1979, y los años previos a la pandemia.
Nada de líneas de tiempo prolijas. En una misma pared aparecen fotos de prensa, portadas de revistas, o fanzines punk; también objetos y obras de artistas renombrados como Jorge Velarde, sin que nadie explique por qué están allí. Todo funciona más como un collage de imágenes y sonidos que como un archivo con etiquetas.

Ahí conviven las portadas de Pancho Jaime, el caricaturista que usaba el chiste sexual como arma política —lo torturaron durante el gobierno de Febres Cordero, lo mataron en 1989 y el caso sigue abierto—, junto a piezas que alguna vez incomodaron en salones oficiales, como La adolorida de Bucay, de Hernán Zúñiga Albán. También hay registros de la escena punk que casi nunca terminan en un museo porque se hicieron para circular por fuera, no para colgar bajo una luz de galería.
El nombre de la exposición, que no suena a frase de catálogo, sale de un verso de Represión policial, una canción de la banda guayaquileña Notoken: "me llaman rebelde, marginal y revoltoso, solo porque quiero libertad".
Detrás de la curaduría hubo, sobre todo, gente que durante años guardó cosas: casetes, fanzines, discos, afiches de conciertos, fotos que nadie más iba a conservar. Terreros los llama informantes. Habla de más de setenta nombres involucrados, entre archivos, colectivos y personas: Chivolo Discos, Gabriela Serrano Soto, el Archivo Cartagena Faytong, Ricardo Bohórquez, Amaury Martínez y Fernando Mieles.
Rebelde, marginal y revoltoso
Lugar: Museo Nahim Isaías (lobby y salas 1 y 2)
Dirección: Pichincha entre Aguirre y Clemente Ballén.
Horario: de martes a sábado, de 09:00 a 17:00.
La exposición estará abierta hasta febrero de 2027, el ingreso es libre.

La gente que no botó nada
Terreros explica que todo lo que se exhibe en esta exposición se guardó porque le importaban a alguien, y que muchas veces ese alguien también guardaba cosas de otros. Guayaquil, que suele borrar su memoria a punta de demolición y de "renovación urbana", no anda sobrada de esos gestos.
Una parte importante de los documentos expuestos proviene del Archivo Cartagena Faytong, que supera los 5.000 ítems entre revistas, libros, fanzines, fotografías, afiches y stickers. "Yo no creo que estaba tanto guardando recuerdos, sino que estaba acumulando cosas que otros podían tocar algun día", dice María Isabel Cartagena Faytong.

Pedro Gavilanes. Valores sobre la degradación. Franelas de betunero. 2008.
Su trabajo empezó en 1998, cuando un fanzine y un ejemplar de Thrasher le revelaron que cualquiera podía hacer una revista. En 2014 empezó a recorrer librerías de viejo y mercados de objetos usados para buscar publicaciones ecuatorianas que otros habían dejado atrás. Sin proponérselo, estaba construyendo un archivo.
"Me di cuenta de que quería que la gente pudiera acceder a estas cosas. Me encanta que Pancho Jaime esté en un museo". Su colección nació de esas búsquedas, de las huellas que dejan otras vidas: bibliotecas dispersadas tras una muerte, cajas de cartón vaciadas por familiares, colecciones que perdieron a quien las cuidaba. "Para mí estos objetos son un pedazo de tiempo", dice. "Te permiten entrar a un mundo que ya no existe".
Antes del algoritmo que hoy decide qué ver, la contracultura porteña circulaba distinto: fanzines fotocopiados, casetes duplicados a mano, revistas que pasaban de mochila en mochila. El Museo Nahim Isaías, que alberga colecciones coloniales y arqueológicas, hoy le presta sus salas a esa misma contracultura que durante décadas se movió lejos de cualquier institución.
Suena raro, pero cuadra: buena parte de esa producción vuelve a circular desde un museo sin perder del todo el origen casero al que volverá, sea una camiseta de Las Chepas o un fanzine anónimo. Nadie la puso ahí para que se admire bajo vidrio. La pusieron porque alguien, contra toda lógica de archivo oficial, decidió que no se podía dejar morir.

