
Pablo Moscoso fue un artista plástico total. Su vida personal y el deseo de crear fueron uno; experimentó con todas las técnicas, hizo teatro y escribió; no claudicó a los principios de una existencia consciente, exultante y sensible.
También fue hombre iluminado, cuya consciencia abierta le permitió canalizar un permanente diálogo visionario entre el Ser Supremo y el habitar en la tierra como humano, animal o vegetal, sin distinción alguna. La muestra Yo soy de la Tierra, como la Tierra es de Dios -abierta en el Museo Pumapungo de Cuenca- reúne alrededor de 30 obras realizadas entre 1980 y 2005.
Fueron seleccionadas de un vasto universo de piezas dispersas en colecciones privadas y en su familia. Escogimos aquellas que hablan de su pasión por los personajes mágicos y míticos, la memoria: arlequines, shamanes, animales humanoides, el Homotauro, caballos alados (pegaso), los recuerdos de un pasado indígena, o el personaje de ficción Mr.Spock. La exposición cierra a fines de noviembre.
















Pablo Moscoso
'Papo', como se conocía a Pablo Moscoso es parte de la aparición, desde fines de 1980, de un grupo de ceramistas jóvenes que brotan de la estela dejada por la tradicional cerámica popular azuaya, la pujante industria cerámica de la región y la creación y presencia de la Fundación cultural Paul Rivet en Cuenca, que apoyó la labor de artistas, artesanos y diseñadores del fuego.
Moscoso estudió en el Colegio de Artes de la Universidad Central en Quito; alumno del escultor Jesús Cobo y gran admirador y amigo de Enrique Vásconez, uno de los ceramistas escultores más destacados del país. Volvió joven a su tierra natal y junto a Juan Guillermo Vega, Quintín Paida, Pablo Cordero, más tarde Tomás Carpio, consolidaron -entre otros y otras- la escena cuencana de la escultura cerámica contemporánea, poco conocida y valorada.
Como muchos otros artistas, Moscoso trabajó en varios talleres alquilados, lugares que se convertían en parte del circuito de la bohemia cuencana ligada a las artes. Sendos espacios, como la Casa de la Cultura Ecuatoriana donde trabajaba la bailarina Sara Constante o la celebrada Pájara Pinta, títeres para niños y adultos, y otros habitués como el músico Wilson Bacacela.
Estos lograron convertirse en sitios informales de reunión donde se cocinaron proyectos de un arte nuevo. Estas eran las “huecas” de entonces; el teatro, parte de los andares. Así, Moscoso aceptó un encargo del actor Pablo Aguirre para una obra de Isidro Luna presentada en la misma CCE.
Vínculos con el teatro y la música
Estos contactos permanentes con teatreros, titiriteros, músicos y bailarines, personajes de la farándula, debieron haber influido enormemente en la selección de temas para sus obras y en la fascinación por recoger y valorar una diversidad de materiales como la fibra de vidrio, el metal, la chatarra, el cuero, las piedras, materiales que incorporó a algunas de sus esculturas en cerámica, como la central de la muestra: Rumi-Huma-Runa.
Recoger materiales usados, basura para muchos, con historias valoradas por pocos, fue una forma activa de luchar tempranamente contra el consumo, de estar atento a lo natural, a lo que la naturaleza nos ofrendaba y a bregar siempre por una sociedad más justa.
Es muy probable, que el gusto por la música también se haya manifestado en medio de estas experiencias de vida y la cercanía de amigos músicos como Vladimiro Andrade. Acompañado siempre de su armónica, el interés de 'Papo' por el jazz clásico de Miles Davis y otros, fue creciendo a lo largo de su vida, al igual que por el rock clásico.
Su colección de vinilos pasaría a ser parte del repertorio de otro lugar de entretenimiento que logró gran éxito en la ciudad: el UBU Bar en los bajos del Museo de los Metales. Algunas de las piezas como las dos Mandolinas de rayos nos remite a este importante renglón en la vida del artista.
El rakú y el culto a lo milenario
Los quiebres y requiebres de la música nos recuerdan sus ocurrencias diarias en su lenguaje de códigos que solo los íntimos conocían. “Era un anarquista puro”, señala su gran amiga Juana Carpio. Lo imprevisible marcaría su vida asociada -por obvias razones- con el discurrir del fuego que transformaría de manera fortuita decenas de piezas de cerámica que introducía en el horno.
Cuando conoció la técnica japonesa del rakú, compartida por su colega el citado Juan Guillermo Vega, se unieron varios universos históricos milenarios en un perpetuo diálogo en su obra. En 1999 ambos compartieron la exposición de grato recuerdo -Rakú- en este mismo Museo Pumapungo.
De entonces, la instalación Esperando el día y Ofrenda, reensamblada, vuelven a ver la luz. En esta última, se pretendía rememorar y celebrar el abstracto lenguaje de los quipus incas, sus platos cerámicos de doble asa y en algunos, cuyas imágenes hacen alusión al mundo del pastoreo y el duro bregar del indígena a quien debemos el gran sustento colonial, la producción textilera.

