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Mundo Diners al día

Todos los caminos de Oswaldo Viteri

por Gabriel Flores Flores

Oswaldo Viteri
Uno de los espacios de la exposición 'En una encrucijada del cielo', dedica al maestro Oswaldo Viteri Foto: Víctor Vergara.
TIEMPO DE LECTURA 6 MINUTOS

Oswaldo Viteri no solo fue uno de los grandes maestros del arte ecuatoriano del siglo XX, sino un investigador y lector inagotable. Estas son solo dos de las muchas facetas de su vida que saltan a la vista en la exposición ‘En una encrucijada del cielo’. 

La muestra, que se exhibe en el Museo Nacional del Ecuador (MuNa) desde el pasado 11 de junio, reúne obras y objetos personales del maestro Oswaldo Viteri que han sido vistos por muy pocas personas, y contó con la participación en el montaje de su hija Ileana Viteri, galerista e historiadora del arte. Ella conversó con Mundo Diners sobre la obra y el legado de su padre. 

En la exposición hay ‘altares’ con obras de su padre y otras de su colección. ¿Siente que esta muestra es una especie de ofrenda para él? 

En la exposición hay tres altares a modo de gabinetes de curiosidades. Y sí, de algún modo, son una especie de ofrenda para él. En cada uno hay obras y objetos de épocas distintas, pero que entran en diálogo. Creo que en la exposición hay un espíritu de ritualidad que se percibe cuando la recorres y eso tiene que ver con la dimensión poética que quisimos darle con Lucía Durán y Mónica Vorbeck, que fueron las otras curadoras de la muestra.

Para mí, era importante sacar a mi padre de ciertos clichés alrededor de las tintas taurinas, los desnudos y el folclorismo, para mostrar su esencia, esa curiosidad y ese multifacetismo que tuvo hasta el final de sus días. También quería compartir todos los redescubrimientos que hice en estos últimos años, cuando empecé a abrir cajones y baúles llenos de documentos. 

-En el altar que está en la entrada de la exposición hay piezas como ‘Hiroshima, mon amour’ (1961), que la crítica de la época llamó “obra degenerada”, una muñeca precolombina de la cultura Chancay, dibujos en trozos de cartón, una tinta donde aparecen Sancho Panza y Rocinante, un candelabro diseñado por Viteri y una alcancía de Pujilí, entre otros objetos y obras de su colección. 

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Uno de los tres 'altares' de la exposición. Foto: Víctor Vergara.

El nombre de la exposición tiene un aire poético, ¿de dónde salió? 

El nombre de la muestra salió de una obra de mi padre, de 1978. Lo tomó de un verso de un poema de Jorge Reyes, mi abuelo. Ese fragmento dice: “En una encrucijada del cielo me espera una casa con luceros”. Para mí, esta es una pieza muy significativa porque en ella, el sincretismo cobra una fuerza extraordinaria. Busqué que lo acompañara hasta el último momento de su vida. La llevé al Museo de la Ciudad, cuando se hizo el homenaje antes de su entierro, y estuvo detrás de su féretro. Entonces, tenía que estar aquí. 

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Obra “En una encrucijada del cielo me espera una casa con luceros”. Foto: Víctor Vergara.

La exposición tiene muchas obras de arte pero también objetos personales de su padre. ¿Así se la pensó desde el inició? 

Cuando me llegó la invitación de Fernanda Ponce, directora del Museo Nacional del Ecuador, para montar una exposición, la idea original era hacer una retrospectiva. A mí eso me pareció inviable, por cuestiones de tiempo y de espacio. Así que propuse abordar esta muestra desde la intimidad y la memoria, recurriendo al multifacetismo en la obra de mi padre. Me interesaba que se lo conozca de una manera más íntima y que exista más cercanía con ese ser curioso e inquieto que siempre fue. Al final de su vida trabajaba sobre cualquier material; un día encontraba una caja de galletas, le daba la vuelta y se ponía a dibujar. 

-Viteri pidió que lo enterraran en un ataúd hecho por el carpintero del barrio, pero como murió de forma intempestiva un 24 de julio de 2023, su hija se acordó de la cama que estaba en su estudio. La recibió como regalo de las monjas del Convento de San Diego, allá por el año 1972, en agradecimiento por ayudarlas a recuperar unas piezas robadas. En esta cama de madera y cuero del siglo XIX, que también se exhibe en la muestra, Ileana lo envolvió con tejidos de arte popular y de herencia europea; capa por capa, hasta que al final colocó el capote de torero. 

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En el fondo, la cama en la que Ileana Viteri colocó a su padre el día de su muerte. Foto: Oswaldo Viteri.

¿Qué redescubrió alrededor de la obra de su padre con el montaje para esta exposición?

Me volví a encontrar con un montón de documentos y bocetos que estaban guardados en baúles y en cajones y comencé a ordenarlos y a clasificarlos. Entre esos papeles estaba el proyecto que presentó al Guggenheim, en 1974. Una propuesta de arte conceptual que debía hacerse en la Mitad del Mundo, aprovechando la caída del sol. La idea era hacer una escultura interna debajo de la tierra. Fue un proyecto importante para mi padre, que luego terminó en una polémica. 

-Ileana cuenta que este proyecto fue la razón de la pelea de su padre con Oswaldo Guayasamín. “Él le contó sobre el proyecto y Guayasamín, sin pensarlo dos veces, lo hizo en la Capilla del Hombre. Fue terrible, porque mi papá se lo contó con mucha ilusión y cuando se enteró casi se muere”. 

Ha dicho que le molesta que asocien a su padre solo con las tintas taurinas y los desnudos, ¿por qué?  

Porque su pasión por la tauromaquia y los desnudos es solo una parte de su multifacetismo. Parte de esta idea de arte expandido que hoy es muy cuestionado. En esta exposición van a ver pocos desnudos y casi nada de lo taurino; porque me interesaba muchísimo que se pudiera mostrar y experimentar esa necesidad permanente por descubrir que tenía mi padre, a partir de todo... de una etiqueta, de un pedazo de la primera página de un periódico o de una cuchara de palo, que fue parte de alguna de sus muchas investigaciones. 

Uno de esos amores desconocidos que tenía su padre era El Quijote.

Mi padre volvió a leer El Quijote en 2016, y decidió ilustrar varios pasajes del libro. Varias de esas láminas se exhiben en la muestra. Él siempre tuvo amor tanto por lo popular como por lo erudito, por lo de aquí y por lo de fuera. Siempre fue un lector insaciable y tenía una afinidad especial con ciertos autores, como García Lorca. Si hay algo que recitó hasta el final de sus días fue el ‘Romancero gitano’, que se aprendió de memoria en el Colegio San Gabriel, cuando era interno. “Verde que te quiero verde…”. También siempre se interesó por la riqueza del mestizaje y ese fue el sustento de su obra y de sus preocupaciones sobre la identidad. 

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Ilustraciones de pasajes de El Quijote hechas por Oswaldo Viteri. Foto: Víctor Vergara.

¿Por eso su interés tanto por la antropología como por el arte pop? 

En 1968 estuvo a punto de dejar la pintura por la antropología, porque se dedicó a investigar mucho sobre el mestizaje y la identidad ecuatoriana. El universo de mi padre era el de las otredades, donde podían confluir el arte cristiano y lo pagano; América con España o el arte moderno con lo popular. Esa era la vida y la cotidianidad con la que mi hermana y yo también crecimos. Podías escuchar a Bach en la mañana y flamenco en la noche; pasillos un día y otro a Janis Joplin, a Raphael o a Maler. Si hay algo que agradezco a la vida es haber tenido una existencia tan poco ortodoxa. 

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'Cabeza de danzante'. Foto: Víctor Vergara.

Han pasado dos años de su muerte, ¿cómo lo recuerda? 

De alguna manera él siempre está presente, no solo porque voy a la casa donde todavía vive mi madre y me encuentro con toda su obra, sino porque lo llevo siempre conmigo. Por ejemplo, cuando veo una piedra en su taller, me acuerdo del día en que la recogimos y que para nosotros eso era un tesoro. Me hace falta su voz y verlo dibujar todos los días, pero ahora lo acepto. 

-Ileana Viteri cuenta que actualmente existe la Fundación Oswaldo Viteri, pero que ha sido difícil lograr que la casa-museo en la que vivió su padre se abra al público. "Dado el nivel de inseguridad que vive el país hasta dejamos de aceptar las visitas bajo cita, como se hacía antes. Espero que la situación cambié porque el museo no debe morir".

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Maqueta del museo diseñada por Oswaldo Viteri. Foto: Víctor Vergara.

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