A Jennifer Lam siempre le apasionó jugar con la tela. Después de viajar por varios países, decidió quedarse en Ecuador, aprender español y también alta costura. Esta artista autodidacta es hoy una de las diseñadoras más prometedoras del país. Está al frente de la marca Lacole eishon y acaba de debutar en la Quito Fashion Week 2025.
Jennifer Lam es una presencia atenta, dulce y silenciosa. Quienes la conocen la llaman Jenn. La Jenn. Está sentada en el mueble de su casa, en Tumbaco. Tiene los pies desnudos. Recoge las rodillas y las dobla cerca del pecho. Hace calor y sostiene un café helado que bebe a sorbos lentos.
Frente a ella, sobre una mesa de madera, hay flores secas, la tablet con forro verde manzana que usa para diseñar y fotografías desordenadas de sus padres, de su infancia, de sus viajes como mochilera. Acaricia las fotos con los dedos y se detiene en la imagen de su madre. “Ella me cosía toda la ropa”, recuerda, con una voz tenue y un espanglish juguetón de acento quiteño.

El origen: los sueños
La historia de Jennifer Lam comienza en Asia. Su padre fue soldado durante la guerra de Vietnam y conoció a su madre mientras ella vendía café en la calle. Tras el conflicto, él fue enviado a un campo de prisioneros comunista, donde pasó diez años en condiciones extremas. Al mismo tiempo, su madre vivía el genocidio camboyano. Cuando la pareja logró reencontrarse y establecerse, tuvo dos hijos e inició un difícil proceso migratorio que los llevó a Estados Unidos. Jenn nació poco después, en Jacksonville, Florida.
Allí, Jenn creció en un conjunto de departamentos pequeños destinados a migrantes, un espacio amenazado por la violencia de las pandillas. En casa, sus padres eran imponentes y estrictos. Hablaban solo vietnamita. No le permitían jugar afuera ni relacionarse con otros niños. La calle era peligrosa; el mundo, impredecible.
En Estados Unidos, el sistema de educación pública asigna el centro educativo según la zona de residencia. Por azar, o fortuna, Jenn asistió a la Pine Forest Elementary, una escuela especializada en artes visuales y escénicas que le cambió la vida. El dibujo se volvió su reino. Como su madre cosía su ropa y la de sus hermanos, y esas prendas no se parecían a las de los otros niños, Lam se veía a sí misma con la impotencia y el deseo de quien quiere pertenecer al grupo. Así, empezó a imaginar sus propios atuendos. Dibujaba siluetas, telas, vestidos fabulosos e imposibles.
Mientras Jenn crecía, aprendió a pintar uñas y así, a punta de manicura, ganó el dinero que luego usaría para viajar. El plan inicial consistía en recorrer Nueva York con su mejor amiga y buscar pasantías de moda, pero el itinerario se desvió. Sin planear demasiado, llegó a Kaş, Turquía. Allí, en una finca donde cambiaba trabajo por comida y hospedaje, conoció a Antonio Cadena, Toño.
Durante los meses siguientes se reencontraron varias veces. El amor surgió y empezaron a viajar juntos. Atravesaron Grecia, Francia, Nepal, India y Vietnam. En ese tránsito vertiginoso e incesante, Jenn no dibujaba. Viajaba sin rutas fijas, caminaba hasta el desvanecimiento, dormía en parques. Permanecer en un solo sitio parecía una fábula carente de sentido.

Diseño Jennifer Lam.
Ecuador y la moda lenta
Lo que vemos ante las prendas de Jenn es un universo donde el dibujo es el gran protagonista. La artista recrea en papel y lienzo cuerpos etéreos, caras alargadas y fúnebres que parecen personajes de una época antigua. Tal vez lo que más llama la atención de esas figuras son los ojos demacrados, congelados en miradas graves y enigmáticas.
Esos mismos trazos migran a materiales textiles naturales -algodón, cuero, lana- y se funden en estampados de tonos beige, ocre y tierra. Con ellos, Jenn cose corsés, lencería y prendas que se deleitan en la sensualidad del vientre, el torso y las caderas. Pero tomó mucho tiempo para que ese mundo textil existiera.
Cuando Jennifer llegó a Ecuador, a los 21 años, de la mano de Toño, se encontró con un embarazo que detuvo el frenesí de los viajes y sus revoluciones, pero le entregó el paisaje bullicioso de Quito, el calor de Manglaralto y el viento amazónico de Tena, lugares donde vivió.
Fue durante el embarazo y en la depresión posterior al nacimiento de su hija Amisha cuando volvió al dibujo. Entre tutoriales de YouTube y clases con el pintor Fernando Artigas, se dedicó a aprender anatomía artística, cuidar a Amisha, ejercitarse y batallar con el lenguaje.
Su ingreso al mundo de la moda fue paulatino. En 2018 se presentó como modelo en Dismanagement y, durante una sesión fotográfica, conoció a la diseñadora de alta costura Lía Padilla, con quien más tarde tuvo una pasantía en la que aprendió costura y patronaje. “Como era autodidacta, era muy interesante ver su curiosidad por los detalles”, recuerda Padilla.
Tiempo después, Jenn participó en el concurso de moda vanguardista organizado por la diseñadora con un vestido hecho con recortes de lona y plantas recogidas en el sendero El Chaquiñán. En esa pieza dibujó a sus padres, sumando un componente autobiográfico. Ganó.

Diseño Jennifer Lam.
Jennifer Lam y sus creaciones
“Su propuesta era muy intimista, profunda y, al mismo tiempo, tenía una dimensión transgresora en el uso de los materiales. A mí eso me sorprendió porque no tenía una formación académica formal”, explica Lía. Ese primer reconocimiento fue el estímulo que llevó a Jenn a explorar técnicas de tejido y a conocer la costura lenta, una práctica centrada en la labor artesanal, donde las prendas son pocas y de alta calidad, porque saborean el tiempo y la relajación de las manos de quien las crea.
Lejos de las demandas de la inmediatez, el consumo acelerado y la lógica de las redes sociales que valoran la pulcritud de la imagen, Jenn se deleita en lo asimétrico, lo lento y la belleza insospechada de lo cotidiano.
Por eso, en 2025, fascinada por la riqueza visual de los pequeños puestos de comida callejera, presentó ‘Las huecas’, proyecto que fue parte de la convocatoria ReinventArte de Etafashion, donde sus dibujos recrearon elementos del desayuno tradicional ecuatoriano e imitaron un mantel familiar y desgastado. A finales de ese mismo año, presentó la colección de su marca Lacole eishion en la Quito Fashion Week (QFW).

“Se nota que los trabajos de Jenn son personales e introspectivos”, señala Gorki Molina, diseñador de joyas de la marca homónima, quien creó los accesorios que acompañaron las prendas de Lam en la QFW y colaboró además como su asistente de estilismo. “Lo más especial es el proceso artesanal, porque crea desde cero. En el mundo de la moda donde todo parece hecho por máquinas, ella se toma el tiempo de ver cada detalle, y eso es admirable”, agrega.
Hoy, Jennifer Lam trabaja desde el taller de su casa en Tumbaco rodeada por las manos de su hija, su esposo, dos perros y un gato gordo que se pasea ante la puerta. “Cada vez que produces una pieza de arte es única y tiene más valor y más sentido”, reflexiona.
Por esa razón, su sueño es construir una casa de moda que no la aparte de su búsqueda artística. No se trata de crecer más rápido ni de producir más, sino de sostener un modo de trabajo donde el tiempo y la sensibilidad humana sean parte de la identidad de cada prenda.


