
George Clooney se tiñó las canas y provocó un alud de protestas. Ahora anónimos y famosos empiezan a abrazar el pelo blanco desde los 30 por estética, convicción y personalidad.
Échenle la culpa al irreversible declive de los melanocitos. Estas células ubicadas en los folículos pilosos son productoras tenaces de melanina capilar, hasta que, a partir de la cuarta década de la vida, empiezan a declararse en huelga de brazos caídos. La enzima que los nutre, la catalasa, empieza a menguar con la edad, el peróxido de hidrógeno al que combaten se acumula en los folículos blanqueándolos desde la raíz y los melanocitos, sencillamente, abandonan sus trincheras y permiten que el gris ceniza se extienda por todo el cabello.
Por supuesto, la genética, el estrés y las alteraciones del sistema nervioso empático influyen en el ritmo y la intensidad del proceso de blanqueamiento, pero las canas, esa sinécdoque pilosa del paso del tiempo, son siempre la consecuencia directa de la perdida de brío de los melanocitos. Algunos estudios apuntan a que pueden responder también a un mecanismo de respuesta biológica contra el cáncer, pero se trata de un magro consuelo.

En la Edad Moderna, tal vez para compensar siglos de persecución inmisericorde de la cana, el pelo grisáceo o blanquecino se puso brevemente de moda entre las élites. De ahí la súbita popularidad de las pelucas albinas y de ese decolorante poderoso que resultó ser la sosa cáustica, peor enemigo de los esforzados melanocitos. Pero las aguas volvieron pronto a su cauce. El siglo XIX impuso la dictadura de amoníacos y nitratos. Y el XX trajo tratamientos de restauración o alteración química del color tan eficaces como la parafenilendiamina, invento del fundador de L’Oreal, el parisino Eugène Schueller.
Como la historia es cíclica, hoy hemos vuelto masivamente a las tinturas “naturales”, herederas de ese formidable arsenal de recursos (musgo, ruibarbo, nuez de agalla, corteza de abedul) que venimos manejando desde la revolución neolítica para evitar que nuestro cabello sea un permanente recordatorio del paso del tiempo. Yute, lana, argán, cáñamo o seda se han convertido en el último grito en la secular guerra contra la canicie.
Sin embargo, si algo parece ser tendencia ahora mismo, a juzgar por lo que se escribe en redes y medios digitales, es dejar de resistirse a la huelga de los melanocitos y secundarla con entusiasmo. Lo están haciendo las mujeres, empezando por las muy ilustres, de Salma Hayek y Katie Holmes a Sarah Jessica Parker, y era cuestión de tiempo que una parte al menos de ese 20% de hombres de más de 40 años que se tiñe las canas empezase a dejar de hacerlo.

La tendencia es firme. Entre las mujeres, se asocia a un cierto proceso de empoderamiento y autodescubrimiento que permite resistir a la presión social. Entre los hombres, son precisamente los canosos precoces los que están dejando de considerar el pelo blanco un síntoma de obsolescencia prematura y lucen sus canas, si no con orgullo, al menos con mucha más naturalidad que hace unos años.
Este verano, George Clooney, el galán canoso por excelencia, se tiñó por exigencias del guion y él mismo describió el efecto en términos tan catastróficos como los que le dedicó el público: “Parezco un traficante de droga con un teñido cutre”. El peluquero parisino Brice Gollard se despachaba sobre el asunto en Vanity Fair: “A partir de cierta edad, especialmente cuando empiezan a aparecer las canas, los hombres deberían evitar teñirse. Si el objetivo es parecer más joven, suele ocurrir lo contrario. No queda ni elegante ni natural”.

*Contenido publicado el 16 de diciembre de 2025 en El País. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.

